Javier Padilla
Un gran amigo y condiscípulo, cuando terminó sus estudios en el Tecnológico de Massachusetts fue contratado para trabajar en el grupo científico del Dr. Norbert Linder, quien fue mi maestro de física y matemáticas y persona eminente y gran erudito.
El doctor en biología molecular Robert Crosswell fue nombrado asistente del eminente biólogo y laboratorista del Departamento de Investigación Científica de la Universidad de Berkeley, Dr. Tyrone Robertson. Crosswell era el arquetipo del científico americano joven; era la época de los viajes al espacio, de los grandes logros científicos. En una plática con el Dr. Norbert Linder éste expresó que no era creyente, que su religión era la ciencia.
Muchos de aquellos eminentes científicos que dominaban casi todas las áreas de la ciencia: la física, la química, la biología, las matemáticas y los asuntos cuánticos, entendían que el mundo, según los creyentes, se había creado por voluntad y el soplo de un Dios. Ellos mismos son devotos de un creador y los domingos asisten a los servicios bíblicos en sus comunidades.
¿Cómo pueden tener esa dualidad de pensamiento? Ellos son los creadores de grandes teorías, saben más que nadie sobre la materia y la antimateria… ¿Cómo aceptan teorías religiosas carentes de fundamentos científicos? Estos científicos creen que el mundo es creación divina.
Pero la realidad es que el planeta es una perfectísima maravilla mecánica, que se basta a sí misma en un movimiento continuo y perpetuo con el que “Dios” no tiene nada que ver. Charles Darwin, al explicar satisfactoriamente que el hombre era un animal como los demás; por una parte, ya que por la otra era el punto final de una evolución humana que había comenzado con una célula infinitamente pequeña, que tras millones de años se agrupó con otras iguales para formar un rudimentario ser unicelular que llamamos protozoario.
Éstos vivían en el fondo de las tibias aguas de baja profundidad. Posteriormente, al perfeccionarse y evolucionar acabaron convirtiéndose en primigenios peces, luego en reptiles, después en mamíferos y finalmente en un homínido que precedía al hombre actual.
Con esa teoría se daba un golpe de muerte a la imagen que las gentes sencillas tenían en su corazón, de un dios con una gran barba, sentado en las nubes, que había creado al hombre a su imagen y después siguió creando a los animales según el orden de su categoría.
Volviendo a la interpretación el mundo tal como lo admiten los teólogos en este tiempo, mi amigo se propuso hacer una comparación escrita muy particular e inventar un paralelismo, entre la narración bíblica del Génesis y los sucesivos estadios en la evolución del planeta y de sus habitantes, aclarando que sólo es divagación propia, no síntesis ni teoría.
Dios creó al hombre del barro de la tierra; es decir, la célula viva de la que todo procede nació de la materia inanimada en el limo del primigenio lodo. El primer día creó todo lo que vive en el agua, cosa que corresponde a la primera etapa científica, es decir, al paso del ser constituido por una sola célula, al ser de burbuja protozoica que vivía en la inmensidad del océano y que lo logró después de unos siete millones de años.
Siguiendo con el paralelismo, se llega a las etapas que coinciden de manera muy directa. Al punto final encontramos que la creación del hombre en el sexto día, que es la última etapa geológica o época actual, a la que la geología llama era cuaternaria, habían pasado varios millones de años.
El animal de cuatro patas y sangre caliente recién creado, se pone de pie y comienza a usar sus patas delanteras como manos. No todos los animales de pie lo logran, y los pocos que evolucionan se convierten en antropopitecos; su cerebro se agranda así como su cráneo se ensancha y se convierte en el hombre cavernario al sexto día del calendario geológico.
Por consiguiente, sólo hace falta poner a Dios fuera del juego, pero siempre cabe preguntar: ¿por qué los científicos creen en él, si saben que la vida se originó cuando por primera vez cierto número de elementos químicos se dan juntamente en el mismo lugar y en un orden determinado cada uno de ellos con relación a los demás. Por acción conjunta y el maravilloso azar estos inertes compuestos cobran vida, empiezan a desplazarse, alimentarse, crecer y reproducirse.
La física, la química y el azar enseñaron que de este modo se inició la vida, por lo que en una particular forma de entender este proceso larguísimo no se piensa que un ser supremo y divino lo haya hecho por voluntad propia y, si lo hizo, cabe otra pregunta más compleja: ¿quién lo hizo a él? Los teólogos no lo pueden contestar ni probar sus tesis de la creación.
En conclusión, éstas sólo son divagaciones ensayísticas propias y teorías científicas y revisiones de libros no laicos pero sí muy católicos, y cada quien puede creer lo que sienta más correcto. Unos creemos que entendemos las teorías el big-bang, la relatividad y los hoyos negros; otros creerán en el Génesis y en un ser divino hacedor de todo. Pero los humanos tenemos la disyuntiva de creer en Dios o no creer en Dios.









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