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Tinta Insomne 0

Diminuto elogio a la nada

· agosto 30, 2019

Fabiola Morales Gasca

La naturaleza aborrece el vacío. Aristóteles

Sein zum Nichts. Heidegger

En noches tibias no hay nada mejor que contemplar el cielo tachonado de estrellas y pensar en el extenso número de galaxias que nos rodean. Fumar un cigarro y observar con parsimonia cómo las volutas de humo se dispersan es parte de la ociosa velada. Por un instante todo se detiene para ser diminutos seres sobre esta esfera terrestre flotando eternos en el vacío. Somos polvo de estrellas pensando en materia estelar y detenemos la mente en el vacío, en la nada que la rodea. Nada: ¿qué significa esta reveladora palabra que nos persigue incesante?

El pensar en la nada ya la convierte en algo, y por ello este concepto tan subyugador ha intrigado a los hombres durante miles de años. La nada es definida como ausencia e inexistencia de cualquier objeto. Para la ciencia la nada como tal no existe. El filósofo griego Aristóteles consideraba que era imposible el vacío como tal, para él la naturaleza siempre tenía algo que manifestar y aborrece el espacio. Aristóteles concibió la idea de un vacío, si es que lo hubiera, como algo uniforme, simétrico, sin un arriba o abajo, sin diferencia entre frente, fondo o los lados. “Si te imaginas un objeto en esta nada, no se podría mover ni caer, porque el concepto de ‘caer’ no significaría nada. Estaría en un estado permanente de quietud, no podría haber movimiento.” Aristóteles además se preguntó: “¿Podría ser algo el espacio vacío? Y decidió que no, porque si el espacio vacío es algo y si pones algo en el espacio vacío tendrías dos algos en el mismo lugar, lo que para él era ilógico”, explica Frank Close, físico de partículas y profesor de la Universidad de Oxford.

Para la ciencia de la física la nada no existe. Tuvieron que pasar cientos de años de teoría y experimentos para entender que la nada como tal no está en el universo. Desde Newton, las esferas de bronce de Otto von Geuricke, al experimento de Maxwell, la teoría de la relatividad de Einstein a la partícula bosón de Higgs (la llamada partícula de Dios) la nada es imposible, asevera el cosmólogo Andrew Pontzen, porque siempre hay algo en esa “nada”. Siempre hay algo “incluso en el espacio profundo”. Así, para los físicos, la nada no existe.

En la filosofía, pensar en “la nada” ha sido motivo de largos tratados desde la antigüedad. El ser y su anverso, la nada, han sido discutidos por pensadores a través de los siglos. Parménides, como otros filósofos de la antigüedad, sostenía que sólo el ser es, y el no ser, no es. Platón consideraba que la nada tenía una función en la concepción de los entes. Sostener el hecho de que de la nada no sucede nada elimina la concepción cristiana de que Dios creó el mundo a partir de ella. Esto trajo una transformación en el pensamiento filosófico. Friedrich Hegel consideraba la indeterminación del ser y la nada. Esta idea parte de vaciar al ser de toda referencia tras el objetivo de alcanzar la pureza absoluta: así, purificado, el ser y la nada son lo mismo. El ser y la negación del ser están en el mismo plano.

El filósofo y escritor francés Henri Bergson plantea que la idea de la nada no se puede imaginar ni pensar. La representación de un objeto como inexistente incorpora la idea de exclusión. Para Heidegger la negación de un ente no es sino aquello mismo que hace posible la negación. La nada es el “elemento” sobre el cual se sostiene la existencia y al descubrimiento de la angustia. Así, “la nada anonada”. Es el asombro mismo que nos queda frente a lo que ya no puede retirarse; para algunos esto es inaceptable porque quebranta reglas sintácticas del leguaje. Con Jean-Paul Sartre, filósofo existencialista, la nada proviene de la enunciación del propio ser llevándonos a una impotencia lógica.

En el budismo la nada tiene un equivalente llamado vacuidad. Al igual que en la cultura occidental, es uno de los conceptos más difíciles de comprender porque implica potencial de transformación y de realización. Para los budistas la “vacuidad no es la nada, sino la naturaleza real de los fenómenos”.

Una historia budista cuenta que un maestro pidió a su joven alumno meditar sobre la vacuidad. Éste, asustado, abrió los ojos y confesó aterrorizado que no lo haría, pues tenía miedo. ¿Miedo a qué?, preguntó el maestro, a lo que el alumno contestó: Si hay vacuidad no sabré donde es arriba ni abajo, no habrá izquierda ni derecha. Estaré perdido. Y entre más lo pienso más terror me da. No hay por qué temer, dijo el sabio maestro, si no hay nada, puedes construirlo todo. Sólo a través de la vacuidad, es decir el vacío, podemos calmarnos y llegar a la iluminación total.

Y es aquí donde debemos detenernos a pensar por un instante nuestra efímera existencia. Nos aferramos a la vida como principio biológico —y hasta divino—, nos aferramos a lo material como una forma de ser, algo señalado por muchos filósofos. Nos llenamos de propiedades que pasan de cumplir nuestras necesidades reales a necesidades institucionales. Nos asimos a todo lo que nos señalan como necesario. Creemos que el poseer sólo nos puede posicionar frente a nuestra vida y la de los otros; pero en realidad toda esta saturación es mala.

Ignorar la naturaleza real y la verdad última, atiborrando la existencia de bienes, no ayuda a otorgarnos nuestra identidad. Al contrario, nos llena de temor a los cambios, a ladrones, a revoluciones, a lo nuevo o desconocido. Nos lleva a lo más vil del ser humano: la pretensión, el egoísmo, el amor al poder y posesión. Perdemos lo que somos al desear y tener más. Ya el apóstol Mateo lo señalaba: ¿qué aprovechará al hombre, si ganara todo el mundo y perdiera su alma? Es certero afirmar que la Nada es la puerta a la Libertad.

Inclusive el conocimiento y su acumulación son perjudiciales si no se concibe como un medio para ser productivos, para ayudar a otros, sobre todo a nosotros mismos, para trascender el egocentrismo. Erich Fromm en su libro Tener y ser lo manifiesta: “Así pues, el conocimiento empieza con la destrucción de las ilusiones, con la desilusión. Conocer significa penetrar a través de la superficie, llegar a las raíces, y por consiguiente a las causas. Conocer significa ‘ver’ la realidad desnuda, y no significa poseer la verdad, sino penetrar bajo la superficie y esforzarse crítica y activamente por acercarse más a la verdad.”

Es precisamente la desnudez de las cosas la que nos permite apreciarlas como son. Así como el silencio es necesario para renovarnos, el vacío, tal y como lo expresó el sabio maestro budista a su temeroso alumno, es el puente para construir todo. Aprender a proyectar nuestra mente más allá de nuestros deseos y sentidos es parte del sendero hacia la verdad última. El Ser y la Nada se funden en nuestro espejo cada uno de nuestros días. No hay que temer cuando contemplamos el vacío, contenedor de lo inconmensurable.

 

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