Gerardo Lino
Una leyenda refiere que Santo Tomás de Aquino, el Buey, como le apodaban sus cofrades por su corpulencia y apacibilidad, cuando estaba por dar punto final a una de las obras rotundas que haya emprendido hombre alguno: la Summa Theologiae —junto con la Summa contra Gentiles—, que reúne todas las discusiones medievales con sus debidas refutaciones, donde hallaban resolución discrepancias y dudas, donde residía la interpretación última de la verdad, es decir la teología, el comentario racional de la Palabra Revelada, tuvo una visión beatífica —étimo: hacerse con la felicidad absoluta, volverse bienaventurado—; después de aquella epifanía o manifestación de la divinidad —acaso le diría: “Muy bien por tu lectura; pero no olvides que siempre será posterior”—, dice la leyenda que toda esa obra de exégesis y dogma, de dialéctica, crítica y hermenéutica, de ilustración doctrinaria perspicaz, no le pareció al Doctor Angélico otra cosa que mera paja.
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Suele decirse, a pesar de los más penetrantes ensayos, que la mejor crítica de un poema es otro poema.
El Norham Castle, Sunrise de Turner (imagen que atravesó su trabajo desde 1797 hasta 1845 y nunca quiso exhibir), un Cuarteto de Beethoven, la Oda a una urna griega, están ahí, listos para tocar con su lanceta el nudo de lo que somos. Irremisiblemente queremos explicarnos la experiencia —si tal hubo—, pretendemos comunicar un entusiasmo (ese estar poseído por el dios); entonces: o se escribe el poema, o vienen las interpretaciones: el poema como contraparte de un diálogo, una filosa concurrencia de afinidades, una admiración agradecida con sus individuales diferencias, o los concienzudos análisis, las entrañables interpretaciones, el fervoroso comentario sagaz. Mientras, el objeto sigue ahí, en su libertad inmutable.
Con una gracia que a unos ofusca y a otros clarifica, escribió Keats:
When old age shall this generation waste,
Thou shalt remain, in midst of other woe
Than ours, a friend to man, to whom thou say’st,
‘Beauty is truth, truth beauty,’ —that is all
Ye know on earth, and all ye need to know.
Ni modo: “Toda reflexión situada entre el cero y el infinito es mortal para la gracia.”
Quien bien te quiere. Si la mejor crítica de un poema es otro poema, no con ello se elimina la importancia de los estudios literarios ni los esclarecimientos críticos. No es menor la secuela de las interpretaciones: suscitan la discusión y, mientras no se olviden del texto que las ocupa, facilitan el abordaje de otros lectores. Álvaro Mutis lo entiende así:
“Lo que es importante es que un crítico con imaginación, con poder creador y adivinatorio, entre a campos, a extensiones de un determinado poeta y los ilumine con relámpagos de visión rigurosa, inteligente, pero que necesitan este especial fuego, esta especie de instantáneo genio que vemos por ejemplo en los ensayos de Eliot sobre el Dante, en los ensayos de Cernuda sobre la poesía de sus contemporáneos.”*
Leer, contra lo que suele parecerles a los extrañados, no es aislarse sino un modo de dialogar, de escuchar con los ojos, como decía Quevedo (después de escucharlo, también lo diría Sor Juana: “óyeme con los ojos”, es decir “léeme”: descíframe). Por tanto, si el que escucha tiene algo que decir, pues lo dice —incluso por escrito.
También por eso la escritura —el acto, la ejecución— es un dominio de la libertad: en el comentario puede uno disentir, aportar otro modo de ver, o comunicar un asombro, esa admiración por la que el poema nos lleva a la palabra o nos cierra la boca. No se trata de una obediencia ciega: la poesía no se hace de dogmas; respira y crece mejor en las tierras de la heterodoxia.
Al referirse a la función del crítico, que debe ser fiel al texto pero también ser capaz de contradecirlo —quien a todo siempre te diga que sí, no es un amigo—, Tzvetan Todorov hizo esta comparación: “Es un poco como sucede en las relaciones personales: la ilusión de la fusión es dulce, pero es una ilusión y su fin es amargo; reconocer al otro como diferente permite amarlo mejor.”
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* “Álvaro Mutis: escribir es un continuo corregir”, entrevista hecha por Miguel Ángel Zapata en marzo de 1986.









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