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Diez años sin ti: reflexiones en voz alta

· julio 28, 2016

 

Lilia Vélez Iglesias

 

Alfonso Vélez Pliego: Décimo Aniversario Luctuoso

 

Para Ana, Verónica y Alfonso, quienes también viven con tu ausencia a cuestas…

 

La ausencia permanente de los que amamos nos obliga, de una u otra manera, a replantear la vida o lo que es igual: a vivirla de forma distinta, adaptándonos a las nuevas circunstancias. Así, la ausencia de unos reconfigura el sentido de la existencia de los otros.

Tú ausencia física, que no tu presencia constante, reconfiguró mi vida y la de todos por aquí. En estos diez años también se han reconfigurado el país, la política, Puebla y su Universidad, esa que tanto amaste. Desearía poder decir que en todos los casos ha sido para mejorar, pero estoy convencida de que no es así; por el contrario, en muchos aspectos la regresión es brutal y las circunstancias dignas de cualquier filme de terror.

¡Qué falta me has hecho! para entender, dimensionar, analizar, proponer, luchar en un país que se nos desmorona un poco más cada día, mientras las élites se disputan el poder y la posibilidad de hacer negocios que éste trae consigo.

¡Qué falta nos has hecho! en este México nuestro en el que, a los sucesos kafkianos de todos los días se han sumado los de un horror demencial.

 I Sobre el sufrimiento

Una semana después de tu partida, estallé en llanto: “No puedo vivir sin él”, susurré. Deambulaba como sombra en los pasillos de la UPAEP intentando entender. Amanecía esperando tu llamada para intercambiar opiniones sobre las noticias del día y para conocer nuestras agendas; me dormía sollozando por tu ausencia.

En esas andaba cuando, 58 días después de tu partida, mi mamá corrió a alcanzarte: su cuerpo mostraba las huellas de la dura batalla contra el cáncer y se negaba a responder. Pese a todo, ella estaba preocupada por nosotros y pensaba en ti.

“¡Qué bueno que tu papá no me vio así! No hubiera aguantado”, me susurró, antes de hacerme prometerle que mis hermanos y yo permaneceríamos siempre juntos.

Es curioso que ella tuviera la certeza de que tú, que enterraste compañeros de lucha asesinados, buscaste desaparecidos, recibiste exiliados chilenos, argentinos, guatemaltecos y de cualquier otra patria chica que los hubiera expulsado por el terror, enfrentaste gobernadores, marchaste frente a militares y policías, fundaste partidos y construiste instituciones que hoy te sobreviven, no habrías podido tolerar su sufrimiento. Eso, ni duda cabe, te pinta de cuerpo entero.

II La Universidad

La Universidad, así con mayúsculas, fue el eje esencial de tu vida, de la nuestra, de la de todos los que te rodeamos. Estabas convencido del papel estratégico de la educación en la transformación de las sociedades y tenías la certeza de que las instituciones universitarias no podían conformarse con ser meras transmisoras de saber:

“Las universidades de orientación progresista tenemos objetivos comunes y afinidades. Entendemos al quehacer universitario no reducido a la investigación y la enseñanza tradicionales. Partimos de una concepción científica de la realidad y sabemos, por tanto, que la práctica social es el origen y el fin del propio conocimiento” (1987).

Fuiste, asimismo, un creyente de la educación pública. La defendiste con pasión y argumentos frente a todo tipo de embates.

La Universidad en la que tú creías y a la que dedicaste tu vida tenía como misión fundamental incidir y cambiar la realidad social. Una Universidad así concebida nunca podría ser “sorda, ciega o muda” ante el contexto en el que se encuentra inmersa; por el contrario, es un espacio público fundamental para analizar, debatir y proponer.

En tiempos de rankings y mercadotecnia, ¡cómo se extraña una universidad pública que no tenga miedo de querer transformar la realidad, por compleja que ésta sea!

Una Universidad, un poquito crítica, democrática y popular, aunque hoy estas palabras se encuentren proscritas del vocabulario universitario. Sería pertinente, una Universidad que “tenga algo que decir”, que lidere y se solidarice con un país sumido en una profunda crisis social, política y económica.

Así lo pensabas tú: “Como parte de los problemas de la sociedad mexicana, el de la democracia es algo que nos preocupa particularmente, en la medida en que rechazamos las formas educativas conservadoras y nos resistimos a convalidar el conjunto de concepciones dominantes en la sociedad, asumimos al mismo tiempo una posición crítica y formamos filas con los contingentes del pueblo en lucha” (1987).

 

III. De política y otros demonios…

Tal vez la mejor definición que podría dar de ti es la de un ser político, pero cuando te defino así, me refiero a la Política, como una actividad digna, inteligente, vinculada a principios y convicciones y a las mejores causas del interés colectivo, y no a la política y los pequeños “políticos” que hoy pululan en México y en Puebla y que son la mejor muestra de que en esta época se ha instalado de lleno la cacocracia, es decir, “el gobierno de lo malo, lo sucio, lo sórdido y lo deshonroso, aunque tenga apariencia de legalidad” (Orozco, 2012).

Tu convicción en la política como mecanismo de transformación de la realidad en una época en donde muchos, hartos y desilusionados de ella, optaron por las armas, te acompañó hasta el final de tus días. No en vano fuiste fundador de todos los partidos que se pueden ubicar en el espectro de la izquierda, hasta el Partido del Centro Democrático, el último en el que participaste, siempre con la intención de contribuir a la democratización de este país.

Quienes te acompañaron en aquellas luchas dicen: “La convicción de Alfonso era que la transformación del país y de sus instituciones requería que los ciudadanos conquistaran el ejercicio de sus libertades fundamentales de orden político, social, gremial y cultural. Asimismo, estaba convencido de que la reivindicación de la democracia, en un entorno cuyos rasgos distintivos eran el autoritarismo, la represión y el control corporativo, la construcción de los espacios democráticos constituían el más importante paso hacia la transformación del país…” (2007).

Yo también lo creo así, pero he optado por luchar desde la sociedad civil, que no es, como dijo alguna vez Carlos Castillo Peraza, “esa señora de la que todos hablan, pero nadie sabe dónde vive y qué hace”, sino como la definió Walzer (1992), “una arena de arenas”, en la que ciudadanos, asumidos como tales, luchan y reivindican derechos fundamentales. Los partidos, con sus generosas prerrogativas a costa del erario, sus privilegios indecibles y sus cotizados espacios de poder, se han convertido en verdaderos “cárteles”, que se alían, sin importar las incongruencias ideológicas, para defender sus privilegios en un país con 50 millones viviendo en pobreza extrema.

Por cierto, nunca lo creerías, pero hemos visto lo imposible: el PRD y el PAN en alianza electoral. El botón de muestra de que hoy no existe ideología ni proyecto, sólo intereses y negocios.

 IV La historia y el patrimonio

Puebla, su historia y su patrimonio fue otro de tus amores eternos. No había destino alguno en la ciudad al que no se llegara por la ruta del Centro Histórico. Cada vez que arribábamos al zócalo en el trayecto a otro lugar de la Angelópolis, mi mamá ironizaba:

“Tenías que venir al Centro a comprobar que no le falte un ladrillo al Carolino o al Palacio Municipal, ¿verdad?”

Dicen que hechos son amores y no buenas razones, así que tu amor se reflejó en acciones concretas, como tu participación en la integración del expediente para que Puebla fuera nombrada por la Unesco “Patrimonio Cultural de la Humanidad”, así como en el rescate, durante tus diversas gestiones, de edificios monumentales que se sumaron al patrimonio de la Universidad, igual que la edición de libros sobre el tema o la creación de espacios para salvaguardar y difundir los diversos patrimonios de la Universidad y del estado.

Apenas un mes antes de tu partida, el ICOMOS te hizo entrega del Premio Federico Sescosse 2006, “por una vida dedicada a la defensa y promoción del patrimonio histórico”. En tu discurso sostuviste que “el patrimonio no sólo son los inmuebles históricos, sino también las lenguas, las costumbres y el medio ambiente”; y enfatizaste que “tanto los gobiernos como la ciudadanía en general estamos obligados a rescatar nuestra identidad que nos da presencia en todo el orbe y es lo que conforma la cultura de los pueblos, por lo que no debe ser cosa menor”.

Una de tus últimas luchas fue justo por la defensa del zócalo capitalino, cuando a un alcalde albiazul se le ocurrió que realizar un estacionamiento subterráneo bajo la plancha del corazón del Centro Histórico sería una buena idea. Después de tu partida, me enteré de cómo articulaste la lucha opositora en acuerdo con el entonces arzobispo de Puebla, don Rosendo Huesca y Pacheco.

Diez años después, un gobernador priista disfrazado de blanquiazul, ha hecho lo propio.

¡Qué falta le han hecho a Puebla don Rosendo y tú, en estos seis años de ocurrencias demenciales, destrucción del patrimonio y gobierno autoritario en Puebla!

De algo estoy segura: si ambos anduvieran por aquí, otra hubiera sido la historia.

 

Posdata

En algunos meses más, espero, defenderé mi tesis doctoral en el Ponchito.

Aún no sé qué me llevó a tomar la decisión de inscribirme en el Doctorado en Sociología; lo que sé es que cada vez que entro a la Aduana Vieja o a la Casa Amarilla, sedes del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”, siento tu presencia. Estás ahí, casi puedo imaginarte subiendo las escaleras, platicando en el patio o trabajando en algún cubículo.

Seguro te reíste mucho cuando cursé Teoría Crítica con Carlos Figueroa y tuve que leer El Capital y buena parte de la producción de Marx. Tu biblioteca me fue de gran utilidad. Por cierto, Daniela me acompañaba a las sesiones y hoy es una experta en plusvalía, lucha de clases y capitalismo.

Cuando nos encontremos de nuevo, podemos discutir al respecto. Mientras tanto, papá, ten la certeza de que en todo lo que hacemos mis hermanos y yo están siempre tus enseñanzas, tu amor y los principios que tú y mi mamá nos inculcaron con el ejemplo.

@lvelezi

 

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