Giuseppe Scaraffia
Si el dandi del diecinueve pudiera bordarse un lema en su impoluta camisa, éste sería sin duda: “Demasiado tarde”. Porque este excéntrico héroe, que consideraba el reloj sólo como un adorno, nace precisamente de un retraso; mejor dicho: el dandi es la expresión más completa de un retraso.
Y es que, de hecho, nace junto a su invencible adversaria, la sociedad de masas, que inaugura su hegemonía sobre la modernidad con la Revolución Francesa y la muchedumbre expectante frente a la guillotina. Mientras los cínicos intentaban dominar los humores sordos del vulgo, destinados a desembocar un siglo después en sanguinarias dictaduras, los dandis escogían la heroicidad, la de resistirse a esa nueva tiranía sin rostro, sabiendo de antemano que serían vencidos en el duelo. Como indemnización bastaba corroborar la banalidad de su vencedora. No hay drama alguno, escribe Malraux: lo que verdaderamente cuenta para un dandi es haber recitado bien su papel.
Para muchos de los grandes, desde César a Federico el Grande, nos explica Ernst Jünger, el dandismo era una postura transitoria, un entretenimiento, un preludio a sus auténticas obligaciones. Pero ser un dandi es un estado de gracia, fruto de una extenuante dedicación a sí mismo. En los instantes de pereza y de abandono, el dandi se degrada a simple esnob. Como decía Philippe Julian, el esnob es al dandi lo que cualquier beata a Santa Teresa de Ávila. Porque el dandi es una suerte de irónico santo, un eremita mundano, un mártir del lujo.
Es difícil definirlo. Para Maud Sacard de Belleroche, el dandi, sobre todo, se opone. Para Michel Onfray, la esencia del dandismo es la rebelión perpetua, el rechazo al gregarismo, el elogio de la individualidad, la insubordinación permanente. “Cuando la gente piensa como yo —sentenciaba Wilde— siempre siento que debo de estar equivocado.” Su disfraz ambiguo hace de esa característica la retaguardia del Ancien Régime y la vanguardia de la Posmodernidad. Es el gentil fantasma embebido de pasado que recuerda a sus contemporáneos hipnotizados por el progreso la posibilidad de vivir en un mundo antiguo y elegante. Pero es también obra de arte encarnada, una —diríamos hoy— “instalación” viviente.
En el siglo del Romanticismo, el dandi no sucumbe a las insidias del amor, se mantiene sin inmutarse en los ritos de la orgía: no sufre remordimientos ni nostalgias. Pero su melancolía, que le delata tras su aparente impasibilidad, es la propia de quien ha llegado siempre, siempre, demasiado tarde.
Los estudiosos de la moda exaltan la sobriedad del gusto de Beau Brummell, el juego sumiso de la corbata blanca sobre el frac azul y los pálidos pantalones de cachemir beis. El gusto de Brummell era notablemente diferente al fasto propio del dieciocho, tan en boga en el momento de su ascenso. El rey Jorge IV tuvo el mérito de saber reconocer en Brummell la profunda frivolidad de su renuncia a aquella pompa acomodaticia. Desde entonces, el dandismo huiría del gusto corriente, adoptando de vez en cuando el negro o quizá también el color, pero nunca sometiéndose a los imperativos de la moda. En el Antiguo Régimen, las modas vivían lentamente, como lentas transcurrían las horas de la aristocracia. Si para el dandi el tiempo no cuenta —para él siempre es demasiado tarde—, aún menos cuentan las estaciones. Nadie pudo ver a Wilde en Londres, ni siquiera en los meses más cálidos, abdicando de la almidonada elegancia de su atuendo.
En el siglo diecinueve comienza esa aceleración del tiempo de la que en el siglo siguiente dará cuenta Cocteau: “La moda muere joven.” A esta corriente impetuosa el dandi opone su resistencia cortés: va a rébours. Se ríe de las reglas, al tiempo que parece respetarlas, precisa Jules Barbey d’Aurevilly. Con frecuencia, en el devenir del dandi, a un comienzo exuberante de provocación le seguirá en su madurez la adopción de una especie de uniforme: azul y beis en Brummell, azul y negro en el Conde d’Orsay, negro en Baudelaire, gris en el Conde de Montesquiou.
Ahora bien, en ninguno de ellos, y bajo ningún concepto, el traje debe parecer nuevo, es decir, revelar su proximidad con el dinero que lo ha comprado. También porque, con frecuencia, el mismo traje no ha sido pagado, bien por distracción, por carencia de medios o por un sentido no contrastado del crédito en relación con el mundo. “No soy lo bastante rico como para comprarme cosas baratas”, finge lamentarse Próspero Mérimée.
“¡Qué desastre si un día descubriera que soy bueno!”, dice el autor de Carmen. Para él, como para el disoluto Duque de Morny, el verdadero crimen no es ser inmoral o insolvente, sino ser estúpido. “Usted que lo sabe todo, ¿qué es la nada?”, pregunta un pelma a Gabriel-Louis Pringué, quien le responde lánguidamente: “¡Usted, señor mío!”
A las asechanzas de la modernidad el dandi opone el escudo invisible de la discreción y una espada de madera. La fijación de los elegantes por el bastón de paseo, irónica alusión a la espada del noble, alcanza su cénit con Benjamin Disraeli, que los cambia al menos tres veces al día. Pero el mejor bastón para mantener a los demás a distancia siempre será, puntualiza Baudelaire, la extrema, la exagerada cortesía.
A la poética de la distancia pertenecen también los guantes, suave paréntesis que protege la mano desnuda del contacto indeseado. Marcel Proust no resiste la tentación de robar a James Whistler sus diáfanos guantes grises, exquisitos, sin duda, pero que jamás alcanzarán la altura de esos otros, del mismo color, de Wilde, delicados hasta el punto de parecer transparentes.
El sombrero de copa, mantenía Paul Bourget, debe ser liso y brillante, como la hoja de un sable. Una mujer, exige Maurice Donnay, debe poder mirarse en el sombrero de su amante como si lo hiciera en un espejo. Charles Haas, modelo del Swann de Proust, lo lleva gris y de una peculiar forma acampanada, forrado de un imprevisto cuero verde: un modo, explicaba el escritor, de afirmar la originalidad interior, desafiando la ironía de los demás.
——
Fragmento del prefacio del Diccionario del dandi (Machado Libros, España, 2009).









No Comments