Judith Castañeda Suarí
I
Hoy el espejo me ignoró. Subí, bajé, aguanté miradas, llené con trastos sucios y comida de ayer la mesa, vacié la tarja, tendí las sábanas y las camisas, salí al parque, a las compras, volví a mirarme de nuevo en la luna oval, esa de cuerpo entero, herencia de quién sabe qué tatarabuela, y nada. La superficie quedó lisa, tan quieta como si registrara el movimiento en una obra arquitectónica abandonada, los pasos de un vampiro.
II
Maneras de suicidarse, algunas observaciones. Ingerir pastillas, cincuenta, de Seconal sódico, llevó a una mujer de treinta y seis años a la tumba. Colgar de una rama, como la extraña fruta de aquella canción de los casi años cuarenta, esperando que al abandonar el punto de apoyo se rompa el cuello, pues cerrarle camino al aire y buscarlo y abrir una boca desesperada y no obtenerlo se traduce en una agonía sin nombre de tan larga. Saltar al vacío, no saber si la fricción del aire te mata entre el décimo y el cuarto piso, o mueres al quebrar el embaldosado. Llenarse de agua los pulmones, parecido a quien prefiere colgar de un árbol. Levantar la mano contra sí mismo y apuntarse con un cañón, habiendo buscado en los libros, en los catálogos y el internet, el calibre correcto para dibujar una rosa de sangre a media habitación.
III
Encuentran su cuerpo, de trapo, de agua, de nada. Se bautizó con una calibre .38 Súper, dicen, acordonan el callejón y estudian la trayectoria, entrada en el paladar, salida por encima de la nuca. Muerte por suicidio. Luego lo dejan sobre la plancha, le cuelgan una etiqueta para identificarlo, en el pie izquierdo, en el pulgar, lo cubren con una manta sucia de otras muertes y se alejan; sin ver lo huérfano de esa etiqueta, el vacío flotando entre el hilo y los bordes redondos, se van.









No Comments