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Dialogar para vencer

· abril 19, 2019

Gregorio Cervantes Mejía

Debemos a Platón nuestra concepción de “diálogo”. Esto, por supuesto, es una obviedad a juzgar por el título que abarca al conjunto de sus libros. Y desde esa obra fundacional hasta la fecha, el concepto parece haber cambiado poco: la confrontación de puntos de vista divergentes con la finalidad de esclarecerlos y llegar a una verdad lo más certera posible. O, por lo menos, a un punto de vista aceptable para las partes involucradas.

En buena medida, el desarrollo de esto que llamamos “Cultura Occidental” parece estar fundado sobre el diálogo. Galileo utilizó el mismo formato para presentar su teoría heliocéntrica. El extenso intercambio epistolar y de tratados entre Erasmo de Rotterdam y Martín Lutero también puede ser incluido dentro de este género.

Para la Ilustración francesa, el diálogo se convierte no sólo en un recurso importante para el desarrollo y propagación de las ideas, sino también en un derecho humano fundamental: el de la libertad de expresión y de pensamiento.

Presentar nuestros puntos de vista, escuchar los del otro, compararlos y extraer de ahí una síntesis, pareciera entonces el método básico utilizado en el pensamiento occidental durante los últimos 25 siglos.

Pero hay un pequeño detalle en la modalidad de diálogo instaurada por Platón que me gustaría presentar ahora: más que un intercambio de ideas, el fundador de la Academia nos presenta, en cada uno de sus libros, un combate del cual sale siempre vencedor Sócrates.

Platón, heredero de Sócrates —quien, según la tradición, no dejó ninguna obra escrita— construye sus diálogos como una suerte de homenaje a su maestro y estructura las situaciones de tal manera que en todos los casos el punto de vista predominante será el suyo. Así, en cada texto los personajes que confrontarán sus argumentos contra los de Sócrates desarrollan amplios discursos que son seguidos de manera atenta por el campeón —tomémonos la libertad de llamarlo de ese modo—, quien sólo de manera puntual hace alguna pregunta o intervención breve con la finalidad de mostrar las debilidades en la argumentación del ponente. Y siempre, siempre, están presentes esas debilidades.

Por supuesto, asistimos a un montaje. Ignoramos cómo se hayan llevado a cabo realmente los debates en la Atenas de Platón. Sólo podemos conocer, ateniéndonos al texto, la coreografía concebida por el filósofo, como si se tratara —permítaseme tan excesiva comparación— de esas peleas de las películas de artes marciales. Porque a final de cuentas, lo que le interesa al texto platónico no es el mecanismo de intercambio de ideas sino la victoria de la postura socrática que, en el fondo, es la postura enarbolada por Platón, pues Sócrates es tan sólo un ardid literario. Pero decir esto es ya un lugar común.

No existe entonces ese proceso de diálogo que tanto apreciamos. Sí, en cambio, una pelea arreglada para que el campeón no pierda la corona. Y tal vez por eso nuestros diálogos adolecen de esa búsqueda de la victoria. Porque cuando participamos en un debate, buscamos demostrar que tenemos la razón. Nuestros intercambios de ideas, salvo casos excepcionales, están hechos para consolidar, como dominante, uno solo de los puntos de vista involucrados.

Así como la tradición plantea que Sócrates, al interrogar a sus interlocutores y fingir ignorancia, sabía de antemano hacia dónde quería llevarlos y cuáles conclusiones pretendía que obtuvieran, nuestras argumentaciones parecieran estar amañadas desde el origen: ¿cómo demuestro que tengo la razón? Porque a final de cuentas, partimos siempre de ese principio. Asumir que uno puede estar equivocado es un resultado del debate, no un punto de partida.

Pero esta concepción está lejos de la posibilidad del intercambio. Tal como la estructuró Platón, las conversaciones que presenta en sus textos no son nunca entre iguales, aunque se precien de serlo. De otra manera, sería por completo innecesaria la figura de un campeón. Y a partir de ese modelo, si no parto del principio de que mi interlocutor es mi igual, sino tan sólo una figura para practicar, la estrategia de defensa de mis ideas, el intercambio es ilusorio. Escucho al otro sólo para encontrar sus deficiencias, para identificar aquellos resquicios a través de los cuales pueda derribar sus argumentos e imponer los míos como victoriosos.

Desde esta perspectiva, bien podríamos ver a la lógica aristotélica como la sistematización de esta modalidad de combate argumentativo: las reglas que los contendientes deben seguir, los golpes permitidos y los no permitidos, las combinaciones válidas, las estrategias riesgosas que le hacen perder a la confrontación su carácter deportivo. En resumen, el reglamento para que el debate de ideas pueda ser apreciado por el público como un intercambio civilizado, donde se observe con claridad quién gana o quién pierde. Sí, como las reglamentaciones para las peleas deportivas.

¿Por qué no pensarlo de esta manera? La genealogía Sócrates-Platón-Aristóteles nos habría legado también esta suerte de pugilismo verbal que da sentido a nuestros debates.

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