Javier Padilla
En la cordillera del Himalaya un alpinista cayó a un barranco, y quedó colgando de su cuerda. Era una tarde de mucha neblina; no podía distinguir la profundidad del precipicio, tampoco podía subir por sus medios, necesitaba ayuda de quien estuviera arriba.
Comenzó a rezar, a pedir a Dios que lo iluminara. “¡Alguien que me diga qué debo hacer!”, gritaba con desesperación.
Insistió tanto que una voz de trueno le contestó desde lo alto, diciendo: “¡Suéltate de la cuerda!” El hombre echó un vistazo al abismo y no logró ver el fondo. Oscurecía y la neblina se cerraba cada vez más. Desesperado, cuestionó: “¿No hay alguien más, arriba?”
La atronadora voz volvió a resonar. Repitió: “¡Suéltate de la cuerda!” Pero él se negó a obedecer.
Cuenta la conseja popular que a la mañana siguiente el cielo se había despejado y un grupo de alpinistas que pasó por el lugar, sorprendido encontró el cuerpo de un colega congelado, suspendido en su cuerda a medio metro del suelo.









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