Fabiola Morales Gasca
La vida es la serie de eventos que ocurren en esa medida que llamamos tiempo, o puede verse de una manera más original y extraña. Se puede recrear la existencia como eso que flota en la medida que nos adaptamos de acuerdo a las circunstancias, por ejemplo, aquello que ocurre entre lecturas de libros (eso añade diversión al hecho de existir).
Había terminado de leer La montaña mágica y la mente extenuada de más de un mes intenso de lectura necesitaba algo más ligero. Un tipo de lectura relajante, lejos de la filosofía alemana, y el frío clima de las altas montañas sería un excelente compañero. Se dio la coincidencia de que tomando un nuevo libro, regalo anticipado de mi cumpleaños, me hallaba a unas horas de ser operada del brazo. Así que desde la cama preoperatoria no solté ese libro, me aferré a él como un náufrago a la última tabla del barco acabado de hundirse. Y es que: “A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior.”
Si el encanto de los libros es tan profundo como el de un pungi hipnotizando a una venenosa cobra, ¿por qué no diluir el miedo al bisturí con una buena historia? Un buen libro es un delicioso sedante.
Dos doctores generales, una anestesióloga, un especialista de enormes ojos verdes, dos enfermeras y una trabajadora social con palabras dulces se acercaron durante más de tres largas horas para dar detalles de cómo la operación se iba a efectuar mientras las historias de los personajes empezaban a despertar interés. Cuando dijeron que tenía que soltar el libro porque el quirófano estaba listo, dejé con gran pena la trama en la página ochenta y cinco.
Es curioso observar cómo la mente reacciona en momentos críticos. Antes de entrar a la sala de operaciones, como un susurro se me vinieron a la mente más líneas sobre una tempestad de arena: “Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.”
Pero si de grandes tormentas hablamos, sin duda me imaginé a un lado de Hans Castorp en medio de la tormenta de nieve que lo atrapó en la alta montaña. Ahí, recargado a un lado de las tablas de la cabaña que lo resguardaba, con sus esquíes e intercambiado las piernas. Al igual que Hans, en breves instantes que sumaron eternidades, del olor de la patria, perfume y plenitud de la llanura doy un salto abominable al mundo de los muertos. Tenía ante mí una invitación a dar un paseo por el Hades, un descenso al origen, una imitación de Thomas Mann tras Schopenhauer hacía la primacía de la voluntad, donde ésta y la naturaleza son las bases de la imaginación y el intelecto.
La camilla avanzaba lenta en el largo pasillo color verde agua. Con el rabillo del ojo alcancé a ver las puertas con número de quirófano correspondiente. Por algunas puertas abiertas veo a doctores con cubrebocas y guantes blancos. Es como si junto a Hans Castorp mirara el interior del templo donde las dos mujeres despeinadas, semidesnudas, con los pechos colgantes de brujas y pezones largos, despedazan y comen a un niño cocinado sobre el fuego… Pero Hans se despierta; yo apenas voy a dormir.
Entramos al quirófano cinco. La anestesióloga y dos doctoras están ya listas. Me pasan de mi camilla a otra que está dispuesta bajo el enorme reflector. Se escucha de fondo “Welcome to the jungle”, de Guns and Roses y luego “Sweet child o’mine”…, o al menos eso creo.
No puedo evitar una sonrisa de autocomplacencia, una nunca se imagina ser operada bajo cuerdas metálicas de un buen grupo de rock. Vibran al mismo tiempo mis temores… ¿y si no despierto más? Tal vez se nota en mi rostro desconcierto, pues me preguntan si quiero que cambien la música. “Claro que no, Guns and Roses es genial”, digo con una ligera sonrisa.
Un enorme reloj negro con manecillas blancas marca las cuatro cincuenta y cinco. Me colocan el brazo derecho y lo sujetan, limpian con un algodón la vena. Es curioso cómo los libros y sus indelebles marcas reclaman su espacio propio, como las miles de líneas que uno lee tras años se manifiestan en el momento justo tratando de revelarnos algo subconsciente. Pienso en el cuerpo del niño devorado por las brujas, en el esfuerzo de Thomas Mann por trasmitir el terror de Hans Castorp ante esa escena. Pienso en mis huesos molidos, en el espíritu, en mi dignidad y la creatividad con cuerpo de niño cocido bajo el fuego de la decepción y de la vida. Pienso en todo y en nada, pienso en los libros leídos: absorbidos con rapidez por cansada vista pero en latente permanencia en la mente y el espíritu.
Espero una aguja entrando en mi hombro izquierdo. Imagino una mordida fina de un vampiro en una noche de cuarto creciente sobre alguna secreta calle de Praga. Imagino decenas de historias de seres nocturnos, pero, como la espera es larga, cambio de escenario. Visualizo un callejón de Marrakech con hermosas telas y olores de raras especias seduciéndome; mientras contemplo alfombras de exóticos diseños presiento la mordida de una serpiente. Pero ni el reptil ni el vampiro llegan. La espera ha sido larga y el reloj sólo se ha movido cinco minutos. Guns and Roses sigue de fondo, y verme rodeada de sólo mujeres me reconforta de cierto modo. No sé por qué recuerdo algunas líneas de Mujeres de ojos grandes de Mastretta. Como una ráfaga más en la tormenta se viene a la mente que tal vez “Don’t cry” sea más acorde al momento.
Despierto, despierto con la terrible angustia que tal vez sintió Hans Castorp en la cima de la montaña, tras la tormenta. Hans era simple, pero a su vuelta del Hades y su duermevela consigue suficientes conocimientos profundos. El tiempo deja de ser una obsesión para dar paso a cosas más trascendentales: entiende que Vida y Muerte deben contemplarse conjuntamente. Quien reconoce el cuerpo y la vida, reconoce la muerte; viceversa, todo interés por la muerte y la enfermedad es una señal de interés por la vida. Al final del sueño, Hans Castorp se da la orden de no dar más poder sobre sus pensamientos a la muerte, termina de soñar y la tormenta ha amainado. Yo despierto con la boca muy seca. Esa sensación perdura; siento cómo me llevan a una cama de piso. El quirófano ha quedado atrás, mis huesos ofrecen la sutil promesa de la recuperación. Tras los efectos de la anestesia, el dolor se percibe leve. Como Hans, decido no dar más poder a la muerte: creo que he pasado un umbral. Hans Castorp vive atado siete años a una montaña, prendido a una enfermedad que todos tememos: enfrentar la vida. Quien diga que no teme, miente. El antídoto a esta enfermedad es la muerte. Cada uno encuentra a su Naphta y Settembrini, elige a quién alimentar. Ésta, a mi parecer es la enseñanza de más valor en la Montaña mágica.
En todo ese tiempo tuve la radiante certeza de que muchos de mis libros y sus lecturas hablaban con la franqueza necesaria. Las letras siempre están aprendiendo a bordar con delicadeza ese precipicio necesario entre la realidad y la fantasía que cada uno necesita. Tras la tormenta, tengo la certeza de que no me he equivocado de vida ni de profesión, me he rodeado de las personas y circunstancias precisas para crecer y fortalecer; aun en lo que parece despreciable. Errar es un privilegio, temer vivir es también una concesión que la vida nos ofrece. Abrí los ojos y la sonrisa de mi familia cercana me dio tranquilidad; la cama 307 era cómoda. Hans Castorp me ha enseñado a descender con dignidad. A un lado estaba otro libro esperando. Por primera vez no me precipité a tomar algo para leer, sabía que había más tiempo. Cerré los ojos cuando vi un tenue rayo de luna entrar por la persiana. Existe una eternidad para subir y descender montañas.









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