Gerardo Lino
“En la creación de un universo en el que la poesía, disfrazada de ‘locura’, atiende a lo Desconocido; en la transgresión, ‘no sabida’ o sabida inconscientemente, de las pautas convenidas en sus días para la narratividad; en la figuración increíble y cierta, Cervantes impulsa la tradición en un sentido determinante de modernidad. Su poder anticipatorio consiste en la creación de claves liberadoras que, siglos después, serán activas en la obra poética (sigo insistiendo: poética) de un Kafka, de un Joyce, de un Faulkner y de otros muchos creadores importantes dentro y fuera de nuestra lengua.”*
Leer es necesario, para el escritor; es un vicio impune de los lectores; aunque contagia el deseo de la aventura, y su peligro consiste en que a muchos los empuja a escribir. Cosa más natural. Esa locura, esa trasmutación de letras vistas por letras puestas, desciframientos que se convierten en nuevos enigmas, ese trastrocamiento de una cabeza tranquila en una mente activa, genera intercambios estimulantes, tráfico de ideas, en fin, favorece un ambiente donde da gusto respirar. No obstante, aunque así lo sueñen tantos, no se puede tasar por igual cualquier cosa que se escriba. Se ha dicho de otros modos: el mucho haber leído no necesariamente garantiza una escritura.
Dante de la Estrella, personaje tomado por el novelista de Domar a la divina garza (recuérdese que Sergio Pitol inventa un novelista que se propone hacer una ficción a partir de un “personaje” real, burdo, abigarrado de pesadez y fatuidad) de un tipo que había leído todo-lo-que-había-que-leer, estaba al tanto de las últimas noticias de la cultura, y sin embargo tantos libros no le habían servido para hacerse libre, lúcido dueño de sí: nada más se servía de ellos para rellenar sus esperpénticos discursos. Por ahí puede uno presenciar los inflados gestos referenciales de un tipo pagado de sí mismo, fiasco de fiascos, pero con múltiples recursos para dárselas de listo, de crítico y sabelotodo del mundillo cultural. (Bowles, por otras razones, dice que aquellos —creo que fue después de su estadía en Alemania— que se llenan la boca de “cultura”, que para todo están hablando de cultura, es porque no la tienen.)
Claro: cuando pensamos en el acto de leer, sabemos que nos referimos a otra forma de la respiración que puede trasmutarse en obras; no meros acopios para pasar un examen, como se figuran los ilusos, accesos de verba para engatusar al incauto.
Legitimar. Este verbo, usado en sus dos o tres acepciones, sirve para propósitos nobles o espurios, jurídicos o políticos, incluso monetarios, pero también sirve para los despropósitos.
Para empezar, designa el acto que corresponde a la ley. Cuando un objeto se conforma a lo legal, tiene la cualidad llamada ‘legitimidad’. En los tiempos monárquicos no había distinción importante entre legitimidad y legalidad. Reyes y papas justificaban su poder por la ley divina. A partir de las ideas de la Ilustración comienza a distinguirse ambos conceptos, puesto que ya se había pensado que la soberanía proviene del contrato social: de la decisión del pueblo. Así llegamos a nuestros días, donde existen casos en que un presidente —no sé por qué se me ocurre este ejemplo— asume el poder de modo legal, pero se pone en duda su legitimidad.
Qué diferencia con los olmecas: el señor en el poder, según los expertos, que se halla encima de una escultura pétrea, es sostenido por su ancestro desde las profundidades de la tierra —simbolizada por una especie de caverna— con los brazos abiertos y las manos hacia arriba: así se explica monumentalmente la legitimidad de quien se encuentra en el lugar principal. Quizá para nosotros esto no diga mayor cosa, pero hay que volver a considerar la importancia de la tierra, del submundo desde donde los ancestros mantienen el vínculo divino con los vivos; no es que los muertos quisieran seguir sobre la superficie, pues en realidad no han dejado de existir, sino que nutren, vivifican, como ocurre con la materia mineral respecto de las plantas y luego en relación recíproca con los animales, el aire, las nubes, la lluvia y el sol. En aquellas civilizaciones no se había roto en dicotomías prácticas ni racionales la unidad del mundo.
Otro campo puede aclarar la confusión. Llega una señora a tu casa, se presenta del mejor modo, explica que se encuentra en la necesidad de vender las joyas de la familia. Las muestra en un pañuelo de fina factura, te pide una cierta cantidad razonable. Sugiere que las lleves con un perito para valuarlas, pero sobre todo para que sepas si son genuinas. Cedes a la tentación y las llevas con un joyero prestigiado. Luego de un minucioso examen, el experto te dice “son legítimas y valen tanto más cuanto”. Mucho más de lo que se te pedía. Aceptas la operación, le entregas el dinero y ella, la pobre mujer, compungida, te solicita ver por última vez esos objetos tan preciados. Cedes otra vez, dándole el pañuelo de fina factura. La señora contempla con devoción alhajas y gemas, sortijas y collares. Te devuelve el objeto de sus recuerdos. Se va muy agradecida con tu dinero. Cuando pretendes venderlas, el mismo joyero te asegura que son puras baratijas.
Ya en sentido vulgar puede decirse “fulano es un legítimo ladrón”. En tal aseveración el aparente oxímoron se diluye cuando entendemos que ‘legítimo’ aquí responde a la acepción de ‘verdadero’, que puede traducirse por “auténtico ladrón”. También nos sirve la expresión: “con todas las de la ley”, que puede aplicarse a la hechura de una moneda.
Entonces, cómo un despistado de las letras, un advenedizo del conocimiento, una especie devaluada de zoon akademikón, pone por escrito —¡y se lo publican!— que cierto poeta se ha legitimado por haber recibido el “premio Equisyé”, por tener en su currículum tales y cuales becas y reconocimientos. Con razón pululan sus engendros. Van, de padres a hijos, por el brillo creyendo que es el oro; van por una nombradía que no acaban de llenar. Ignoran —por desvergüenza, por mentecatez— que el poeta se valida por su obra. Aún más —y peor para ellos—: lo único genuino de que el poeta puede preciarse ante sí mismo es el acto de escribir, que implica, obvio, ver que lo que hizo es bueno. Bueno por sí, autentificado precisamente por su propia factura, con aire suficiente para que otros lo gocen, sin espaldarazos espurios, interesadas porras y aplausos de los villamelones. Ya si después vienen premios o no vienen, eso es añadidura.
Ahora sí, el celofán: delicado es el espíritu. Sería absurdo llenar de palabras una noción que por sí sola habla de lo leve. En vez de deshacer la imagen con explicaciones hay que intentar escribirla. Allí está, aparecida, flotando en tu cabeza: espera, estate quieto; ahora con todo sigilo, no digas nada, trata de ponerla en el papel. Así lo hizo Steven Millhauser, en Dangerous Laughter, que por un azar encontré al paso: para el narrador de “Here at the Historical Society” (uno de sus relatos), después de considerar que “the sun glinting on a piece of cellophane lying in a patch of roadside weeds speaks more eloquently than the history of Rome”, el presente es “the only past we’ll ever know” —el destello solar en un trozo de celofán atorado en las hierbas de un camino habla con mayor elocuencia que la historia de Roma! y este momento, el único pasado que conoceremos!—. Durante meses ese trozo ha flotado en mi cabeza, o dicho de otra manera, la imagen de la delicadeza, que casualmente se atora entre las hierbas, y su reflejo dice mucho más por sí solo que los vastos anaqueles donde se guarda y se discute el sentido de Roma.
Un trozo de celofán que no me explico, pero sigue ahí (¿hasta cuándo? ¿por qué ese matorral y no otro? ¿y si nadie lo hubiera visto?), el destello, a la orilla de un camino.
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* Antonio Gamoneda, al recibir el premio Cervantes el 23 de abril de 2007.









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