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Del respeto a la naturaleza

· abril 27, 2019

Leszek Kolakowski

Como dijo Kant, el respeto no es un sentimiento, como el amor, la amistad o la fascinación. Tampoco es una creencia ni una postura o actitud intelectual. Se sitúa a mitad de camino entre los dos, en una clase específica. Los sentimientos no necesitan justificarse, aunque a menudo podamos aportar razones para explicarlos. Las creencias, por otro lado, salvo que sean evidentes, sí requieren justificación. Pero ¿puede el respeto ser justificado y, si es así, qué clase de razones podemos dar para decir que algo merece nuestro respeto? Si me dijese usted que todas las personas merecen nuestro respeto y yo le preguntase que por qué, ¿qué me contestaría? Podría decirme, simplemente, que por el solo hecho de ser personas. Pero, en tal caso, yo replicaría: “¿Ah, sí? ¿Qué significa decir que una persona es una persona?” A lo que usted, mi humanista interlocutor, podría quedarse sin saber qué contestar.

Ciertamente, ¿por qué habrían de merecer nuestro respeto las personas, Dios, la ley moral, la naturaleza, el arte, la verdad? Dios quizá sí, porque es eterno, y posiblemente la verdad, por la misma razón (no, por supuesto, todas y cada una de las proposiciones verdaderas —eso sería pedir demasiado—, sino la verdad como una propiedad eterna de cada verdad individual). Y, probablemente, también las personas, pues creemos, por más difícil que resulte en determinados casos, que todos somos portadores de una chispa divina y que, como nos dicen las Sagradas Escrituras, estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. La idea de Dios es la fuente del respeto a nosotros mismos. Como dijo Hegel, sin Dios no podemos realmente respetarnos. También tenemos la costumbre de respetar los cuerpos de los muertos, quizá porque conservan rasgos de aquellos que los habitaron. En el mismo sentido, respetamos a la naturaleza y a la vida en sí porque vemos en ellas la mano del Creador. ¿Por qué, si no, íbamos a extender nuestro respeto a ciertas posiciones sociales, como la de un rey, papa o presidente, con independencia de quién ostente tal posición? Durante mucho tiempo se creyó que los reyes y los papas ascendían a sus tronos por derecho divino y podría ser que nuestro respeto por jefes de Estado laicos, a quienes nadie podría concebir ungidos por Dios, pueda ser un residuo de esta vieja creencia, extinguida ya hace mucho en su interpretación literal.

En resumen, es lo sagrado lo que respetamos y este respeto, un pálido reflejo de una reverencia más antigua, lo sienten incluso aquellos que se han olvidado de Dios y de lo sagrado. 0, por lo menos, cabe la posibilidad de que así sea. Podemos conservar vestigios de creencias extintas mucho después de que la creencia haya desaparecido, al margen de sus orígenes. Pero, aunque estos vestigios puedan permanecer durante mucho tiempo, no pueden perpetuarse. Los cánones de nuestra civilización, enraizados en el cristianismo y en la Biblia, exigen que respetemos a todas las personas. Pero una civilización dominada por el espíritu del racionalismo y del “cientismo” no podrá conservar durante mucho tiempo un lugar a lo sagrado. Terminará por aceptar la creencia, aunque sin expresarlo con tantas palabras, de que una persona es reducible a su función; aceptará, en suma, que toda persona es enteramente sustituible. Una civilización semejante marcaría el final de la humanidad tal como la conocemos. Lo único que, de momento, neutraliza esta amenaza es la creencia de que no hay en este mundo bien mayor, ni nada más valioso, que el placer.

Imaginemos que usted quiere continuar la discusión. Podría decirme: supongamos que nuestro respeto por las diversas obras de la Creación procede del respeto hacia Dios y supongamos también que Dios existe y que es el Creador del mundo. ¿Por qué —podría preguntarme usted— tendría yo que respetarlo? A esto sólo se puede responder de una manera: no respetamos a Dios por considerarlo una especie de ser metafísico; lo respetamos como fuente y proveedor de lo sagrado. Pero, si sigue con el tema y me pregunta por qué lo sagrado debería merecer nuestro respeto, su pregunta no tendría sentido, porque el respeto y la sacralidad son una sola sustancia, son dos caras de una misma realidad, como el amor y la persona amada.

Estas explicaciones no aclaran un aspecto: el origen de nuestro respeto por la naturaleza. Según la Biblia, fue intención de Dios que el hombre dominase la naturaleza. Esto implica que el hombre puede utilizar, para sus propios fines, todo aquello que la naturaleza proporciona y el hecho de que Dios nos autorizase a alimentarnos con los animales y las plantas (aunque al mismo tiempo le impusiera, al pueblo elegido, una amplia gama de complicadas restricciones y tabúes, cuyo objeto, a decir verdad, sigue siendo un misterio) confirma claramente esta intención.

Y, sin embargo, en la actualidad se nos insta continuamente a que respetemos la naturaleza porque nuestra continuada e irreflexiva devastación del medio provocará nuestra destrucción. Pero estas afirmaciones constituyen una simplificación abusiva. Si queremos proteger a la naturaleza, en aras de la salud y del bienestar propios y de futuras generaciones, todo lo que tenemos que hacer es una valoración racional de los costes y beneficios que ello implica. El respeto nada tiene que ver en ello. Sin duda, a nadie se le ocurriría aducir que la destrucción de la naturaleza es irrelevante si resulta perjudicial para el hombre. Pero no tiene sentido insistir, como los lemas ecológicos que nos arengan de continuo, en que debemos proteger y respetar a la naturaleza por su propio bien. Es a la humanidad a la que debemos respetar. La naturaleza, por sí misma, considerada al margen de los costes y beneficios que su conservación signifique para el hombre, no merece respeto. Éste es el punto de vista bíblico y kantiano. Una posible réplica al mismo es que, pese a ello, debemos inculcar el hábito del respeto a la naturaleza como un fin en sí mismo, pues sólo de este modo podemos garantizar que las personas traten a la naturaleza adecuadamente, desde el punto de vista de los intereses humanos. Pero esta réplica es una petición de principio, pues no aborda el verdadero problema.

Es absurdo decir que debemos respetar todo tipo de vida. Esto significaría respetar al bacilo de la tuberculosis y al virus de la viruela. Pues no estamos hechos sólo de espíritu; somos organismos vivos y no podemos vivir sin destruir otras formas de vida.

Sin embargo, cabe objetar que la perspectiva de una Tierra sin elefantes, gorilas y tigres resulta desoladora, con independencia de que podamos obtener algún provecho de estos extraños amigos o enemigos. Esto es verdad, pero también lo es que el factor de provecho para los humanos subsiste, aunque sólo sea en el plano estético. Porque el placer que sentimos al contemplar la belleza y variedad de la naturaleza es un privilegio exclusivamente humano. Y es un placer al que no se renuncia fácilmente. Nos hemos resignado, porque no hemos tenido más remedio, a la desaparición de millones de especies, que jamás veremos, salvo como pobres vestigios muertos exhumados por los arqueólogos, pero esto no es razón para asentir dócilmente al exterminio de las especies que subsisten, aunque nuestras motivaciones sean puramente estéticas.

El respeto a la naturaleza, por considerarla valiosa en sí misma, no tiene profundas raíces en las religiones de origen bíblico. Es un elemento del que se puede prescindir. Está más presente en las religiones orientales, que proclaman la unidad de toda la vida en la Tierra. Hay algo atractivo y bueno en estas creencias y quizá puedan aportarnos algunas enseñanzas. Por lo pronto, son una prueba de que el respeto a la naturaleza puede ser un precepto religioso.

Se dice, a veces, que la propia diversidad de la naturaleza es algo bueno desde el punto de vista humano, ya que los científicos descubren de continuo nuevos e insospechados beneficios que distintas especies de plantas y animales pueden proporcionar. También es verdad que esta prodigiosa diversidad protege por sí misma a la naturaleza de la destrucción. Como escribió Teilhard de Chardin, la vida se abre paso por donde puede. Pero, a menudo, nos satisface contemplar las maravillas de la naturaleza sin pensar en ninguna clase de beneficio humano, asombrados de que sea como es y complacidos por formar parte de ella. Aunque, muy a menudo, nos veamos en la alternativa de defendernos de su indiferente e irreflexiva fuerza destructora. Se diría que entrevemos un rasgo de divinidad en la naturaleza, aunque no tengamos ni idea de la verdadera relación entre ese rasgo y el presumible Creador de la naturaleza.

Deberíamos concluir entonces que, aunque sería difícil encontrar un buen argumento para respetar a la naturaleza como un fin en sí mismo, no hay nada malo ni poco razonable en respetarla.
Por el contrario, podría ser que respetar más a la naturaleza nos ayude a comprender mejor nuestra propia humanidad.

 

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