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Dejarla que despierte sueños idos

· junio 26, 2015

Gerardo Lino

 

Desde la recuperación de la memoria íntima hasta la soberbia de hacer un texto sobre nada, el poeta busca en los lenguajes de su tiempo, en el mundo verbal que ha recibido y en la lengua legada por su madre, poner en claro ese tiempo, ese mundo, esa madre a través de las historias, del ritmo, del canto propiciatorios.

En sus averiguaciones por lo informe, bien puede el escritor hacer un palimpsesto de los relatos míticos vivientes, soterrar su ritmo, resistirse al canto; pero, a menos que sea otra cosa, el poema, objeto del oído, figura visible, no deja de ser una forma.

Si, como se ha dicho hasta la saciedad, la poesía es conocimiento, sin duda se debe a que saca de lo oscuro: revela. Estas líneas se proponen tantear algunas alusiones de ese término.

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En diversas entrevistas, Antonio Gamoneda traza los rasgos de una “sustancia del pensamiento inexplícito”, pensamiento no planeado ni reflexivo, que ocurre sin que se sepa nada de él hasta que aparece en el poema, es decir, hasta que se transforma por el arte de la escritura. Esa sustancia es la “causa musical” que luego desencadena el poema, “ese imprevisible ser de palabras”. Es entonces cuando se revela el pensamiento.

“En la generación del poema, yo no sé lo que pienso hasta que no me lo dicen mis propias y ya escritas palabras.”

Aun así, el poeta sabe un mínimo axioma: apenas salida de un caos, una imagen armónica, una insistencia de ritmo, alguna melodía, sostiene la generación del poema.

Aunque suele no detectarse este otro dato: en cuanto la música es pensamiento no verbal, no se sabe lo que significa todavía en la ocurrencia interna del cerebro. Ese pensamiento aún no tiene palabras en su seno —ninguna de las que usamos, con las que intentamos explicárnoslo, las pragmáticas, las informativas, aun las especulativas y siempre posteriores—: esa esfera generatriz del poema constituye, dice Gamoneda, “el espacio de un pensamiento que se desconoce”, y al fin, siempre en la confusión propia de esa clase de estado mental, no sabemos decidirnos si la causa específica del poema es ese sonido, esa “música” (sin serlo del todo sino en su origen), o su contraparte inherente, el silencio. Entonces puede sobrevenir alguno de estos efectos: o se escribe el poema, o se queda uno callado.

En el instante en que el poeta pulsa el lápiz, pues ya fluyen las palabras primigenias, acaso es una bestia completa, se vuelve casi un vegetal, parecido más al filósofo y al creyente que al tenista de un explosivo Vallejo,* y el nuevo amanuense, el trasgresor, como poseído, despliega su poema poco más o menos en estado de deseo, como decía Valéry que se hallaba el Cementerio marino cuando se vio un tanto forzado a publicarlo (recuérdese que lo abandonaba durante largo tiempo a la indeterminación).

 

Como un barco calcificado en un país del que se ha retirado el mar,

escuché la rendición de mis huesos depositándose en el descanso;

escuché la huida de los insectos y la retracción de la sombra al ingresar en lo que quedaba de mí;

escuché hasta que la verdad dejó de existir en el espacio y en mi espíritu,

y no pude resistir la perfección del silencio.

 

En la llaneza de estos renglones de Gamoneda, extirpados de Descripción de la mentira, se guardan precipicios; en su resplandor, lo oscuro; en su contemplación de los objetos terrenales, un corte preciso por donde se ve la irrealidad, y acaso la razón del animal impulso de escribir. Extracto de Arden las pérdidas:

 

¿Estoy yo en mí y peso sobre la tierra? Es extraño.**

 

Animal impulso de escribir. Tal extrañeza se comprende cuando el poeta regresa de haberse apartado del mundo, lejos de cualquier modo de exterioridad, incluso de la conciencia de sí: se ha ausentado a tal grado en el único lugar del silencio, donde ningún sonido perturba el ser, ninguna idea puede colegirse, ni imagen alguna lo ocupa, ni hay palabra que lo suplante: el pensamiento.

Escribe Hannah Arendt: “Si se pretendiera medir por sus resultados el pensamiento en su estado vivo, inmediato y apasionado, este correría la suerte del velo de Penélope — de manera inexorable separaría por la noche lo tejido durante el día para poder empezar de nuevo al día siguiente.”***

Al empezar de nuevo, el pensamiento destruye sus resultados: esa crítica de sí “forma parte, necesaria y permanentemente, del pensamiento”, anotó Heidegger al hablar de Nietzsche.

 

“Además —sigue Arendt—, el pensamiento, tal como Hegel observa a veces respecto a la filosofía, es ‘algo solitario’, y no sólo porque estoy en el ‘diálogo insonoro conmigo mismo’ como señala Platón, sino porque en el diálogo siempre vibra también algo ‘inefable’ que el lenguaje no hace sonar del todo ni, de hecho, hace hablar y que por tanto no sólo no se comunica al otro, sino tampoco al afectado.”

 

Si bien el comienzo del pensamiento es el asombro ante lo cotidiano, lo natural y conocido, como consideró Platón, se apodera de uno sin apaciguarse como cualquier otra pasión, y se acepta como un modo de estar, Hannah Arendt asimismo nos recuerda que para Heidegger la morada del pensamiento es un “lugar de silencio”. Luego —posterior, casi concomitante— adviene un irrefrenable impulso.

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“Toda reflexión situada entre el cero y el infinito es mortal para la gracia.”

Eso dijo Adrián Leverkühn en uno de sus diálogos más inspirados. Mencionado el pensamiento no verbal, distinguida la ausencia de significado en las intrincadas incumbencias cerebrales, aludido el verbo ‘revelar’, bajo la advertencia de la reflexión de Leverkühn tomo el riesgo de las explicaciones.

Si algo nos revela un poema, tiene que ser anterior a sus palabras (o bocabajo, supino, sedente), pero en ellas se sostiene, y perdura su resonancia después de haberlo dejado. Cernuda: “Sonando en las ruinas del cielo de los dioses.”

Por ello las etnias arcaicas usaban los relatos, la música, la danza en sus rituales: concitaciones de la catarsis, vislumbres epifánicas, éxtasis salvajes. Por ello las civilizaciones del Libro —Torá, Biblia, Corán— no requieren más poesía sino versiones, si acaso, pues todo lo que había de revelarse halla su asiento en la Sagrada Escritura (por eso manan los clérigos indoctos; por eso salen los poetas por sus propios fueros; por eso escribir parece apostasía).

——

* Para qué resistirme; va con todos sus lances el poema de César Vallejo:

En el momento en que el tenista lanza magistralmente

su bala, le posee una inocencia totalmente animal;

en el momento

en que el filósofo sorprende una nueva verdad

es una bestia completa.

Anatole France afirmaba

que el sentimiento religioso

es la función de un órgano especial del cuerpo humano,

hasta ahora ignorado y se podría

decir también, entonces,

que, en el momento exacto en que un tal órgano

funciona plenamente,

tan puro de malicia está el creyente,

que se diría casi un vegetal.

¡Oh alma! ¡Oh pensamiento! ¡Oh Marx! ¡Oh Feuerbach!

——

** Esta luz (poesía reunida, 1947-2004), Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, 2004.

*** Todo esto se ha extraído de Hannah Arendt / Martin Heidegger, Correspondencia 1925-1975 y otros documentos de los legados, edición de Ursula Ludz, trad. de Adan Kovacsics, Herder, Barcelona, 2000.

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