Fernando Sánchez Clelo
Los casos de infidelidad le afligían a Alydia, la detective privada; eran un recordatorio del tiro de gracia que le dio a su matrimonio cuando —por no soportar la culpa— le confesó el affaire a su ahora exmarido.
Después de unas horas de espera en su automóvil, observó a la sospechosa trigueña salir a escondidas de un motel, tomada del brazo de un espigado hombre maduro. Alydia alcanzó a tomar las últimas fotografías y llamó por teléfono a su cliente para citarlo en la oficina y darle el informe. En la voz de Alydia había amargura: también acababa de descubrir que sus genes adúlteros eran herencia de su padre.









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