Fernando Sánchez Clelo
Los casos de infidelidad le afligían a Lydia, la mujer detective; eran un recordatorio del tiro de gracia que le dio a su matrimonio cuando —por no resistir la culpa— le confesó el affaire a su ahora exmarido.
Después de unas horas de espera, la sospechosa trigueña salió acompañada del motel por un hombre maduro. Lydia alcanzó a tomar las fotografías y llamó por teléfono a su cliente para citarlo en la oficina. En la voz de Lydia había amargura, también descubrió que sus genes infieles eran herencia de su padre.









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