Daniel J. León Islas
Despertó. Sus dolencias habían desaparecido.
Su mirada recorrió la habitación. Le extrañó no ver a la enfermera. Abrió la ventana y una ráfaga de viento la envolvió desde la punta de la cabeza hasta la planta de los pies. Era una sensación placentera, de brisa limpia. Con pasos tímidos recorrió la casa; parecía levitar en medio de un sospechoso silencio.
Sus sentidos se habían intensificado. Ya no tenía temor. La paz resurgía en su corazón.
Salió al jardín para sentir el contacto de sus pies con la tierra húmeda. Intentó abrir los aspersores para sentir el agua, pero sus manos frágiles y transparentes no lo consiguieron. No le importó. Se sentó y en seguida se recostó… Quería disfrutar cada acción, cada movimiento, como si estuviera reconociendo el mundo, su mundo. Escuchó voces, pero no ubicó de dónde provenían.
Se levantó y siguió recorriendo la casa. Cada movimiento le producía una sensación de gozo que la cautivaba y la hacía vibrar, al grado de sentirse renovada.
Le extrañó no ver a nadie y salió sin rumbo fijo a buscar a su madre. Caminó jubilosa. ¡Era la calle! Al pasar por el parque sintió que sus percepciones se conectaban con la esencia de los robles, de los fresnos, de las begonias. Y se llenó de vitalidad. Siguió caminando. Estaba en la calle.
Llegó a un campo florido con esculturas y estelas. Escuchó llantos. Al acercarse reconoció a su familia. Fueron lamentos que estiraron el hilo de su éxtasis hasta casi romperlo.
Se sobresaltó al escuchar su nombre, vio el féretro, vio que no estaba entre ellos. Súbitamente una luz intensa comenzó a brillar, y sintió la necesidad inminente de ir hacia allá, donde por fin se diluyó y grabó su última historia.
Era el ocaso de un atardecer colmado de serenidad y placidez.









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