Mónica Larissa
En muchos lugares vemos relojes. En las salas de la casas, ya sea adornando una pared o en presentación de escritorio junto a un cuadro; en el extremo inferior izquierdo de la pantalla televisiva mientras se transmite el noticiero o el programa de revista. En el transporte público es común que el chofer lleve uno cerca del volante, quien posee un automóvil seguramente lo tiene a la vista en el tablero. Los encontramos dentro de algunos templos, como el del Espíritu Santo, mejor conocido como La Compañía de Jesús, en el centro de la ciudad de Puebla; en su zócalo, y ahí mismo vemos caminar o casi correr a algunas personas que portan uno, además del que les recuerda la hora en el teléfono celular o en el smart watch.
Relojes por todas partes, como verdugos que sonríen cruelmente ante nuestro gesto de angustia cuando salimos con tiempo para llegar a algún lugar y nos encontramos con una calle cerrada y otra al empezar a buscar “vías alternas”… y otra más. Los números marcan los segundos tan rápidamente que no alcanzamos a enfocarlos con la vista, son la risa silenciosa de los contadores del tiempo.
En un mundo lleno de actividades demandantes, caos vial y emocional, desorganización, violencia, codicia, ruido, estrés, ¿qué utilidad tienen los relojes? Ya sabemos que indican la hora, pero el punto no es su función, sino su utilidad. ¿Sirve de algo ver qué tan tarde llegaremos —después de salir con una hora de anticipación a un lugar que generalmente nos toma tan sólo treinta minutos— gracias a la flamante manera en que una patrulla queda estacionada a media calle, justo delante de nosotros, para desviar el tránsito obligándonos a dar vuelta precisamente cuando estamos a pocos metros de nuestro destino? ¿Modificará el humor del jefe, supervisor o posible cliente que nos espera y que por curiosa broma de la vida, llegó diez minutos antes que nosotros? ¿Cambiará la retahíla de una madre enojada que le sentenció a su hija: “Te quiero aquí a las ocho (p.m.) en punto”?, seguida de la tan temida frase: “o vas a ver para qué naciste”. ¿Transformará los ánimos de una novia berrinchuda para quien da lo mismo esperar a su galán cinco minutos que cuarenta? ¿Hará el milagro de que le salgan alas al vehículo para llegar volando? ¿O será que solamente nos produce angustia, temor y frustración?
Claro que habrá quien al leer estas líneas afirme con la misma severidad de un tribunal del Santo Oficio: “Pues, hay que salir más temprano”. Pero no estamos hablando de la poca o mucha capacidad de organización de las personas, sino del efecto que los relojes tienen sobre cada individuo ante diversas circunstancias.
No podemos olvidar tampoco que más allá de lo que provoca en cada uno echar una ojeada para saber la hora, está lo que despierta en los demás, desde la envidia porque “ha de tener mucho dinero para comprarse un Rolex” o porque “de seguro es imitación china”, la burla ante el pretencioso porque se descompuso el primer día y qué podía esperarse, si es “made in Taiwan”, hasta el alertar los radares de cuanto delincuente experto o de poca monta abunda en la ciudad y que se fijó en alguien por “el relojazo que traía”.
También encontramos el insulto que representa al exhibir un reloj que cuesta seis u ocho millones de pesos frente a quienes ganan apenas el salario mínimo.
No se trata de satanizar el uso de estos artefactos: fueron creados con una función, pero les hemos dado un poder en nuestras vidas que valdría la pena empezar a cuestionar.
Sería un buen momento, ahora que el año es joven, de reflexionar acerca de la verdadera utilidad de un reloj y, tal vez, empezar a vivir con menos estrés al no convertirnos en esclavos del tiempo y sí en personas un poco más tranquilas o que aceptan deliberadamente la realidad: no importa cuántas veces se mire el reloj en un momento, eso no va a hacer fluido el tránsito ni a regresar el tiempo. Si viajamos tarde, tarde llegaremos.









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