NARRATIVA
Ivonne Vira
Mientras la mujer reza los demás tratamos de no escucharla. Cosa más rara, nunca antes había visto algo semejante.
Trato de no pensar en el tráfico ni en el tiempo que me voy a tardar en llegar.
Antes sí me molestaba, me parecía la tarea más irritante de cumplir; con el tiempo he aprendido a esperar, a no desesperar, a no pensar en las cosas que podría hacer de no estar en la fila del banco, de la tienda, de la multa, de la vida.
Hubo un tiempo en el que me dedicaba a contar. Primero el tiempo que me tomaba salir de casa. Segundo, el tiempo que esperaba a que pasara el bus. Tercero, el tiempo de trayecto hasta mi parada. Cuarto, el tiempo que me tardaba caminando hasta llegar al punto final. A veces contaba el tiempo que les tomaba a los demás llegar. Yo no era así, el método de la contadera se lo copié a una de mis hermanas, quién sabe a quién se lo copió ella. Un día comenzó a contar mientras se planchaba el cabello, después cuando se lavó los dientes, cuando sacó el dinero para pagar el camión y así todo el trayecto hasta que nos dijimos adiós.
He de ser honesta, yo no siempre terminaba de contar, me distraía y trataba de recordar en qué bendito número me había quedado. Nunca estuve segura del tiempo que pasaba o de los números que dejaba atrás. Aprendí a retomar la cuenta desde el punto que mejor me placía.
Después de tanto contar y dejar pasar los segundos decidí hacer algo de provecho (así te dicen los adultos cuando te ven mirando a la nada). Comencé a leer. Al principio sólo llevaba un libro. Era una lectura por puro placer. Debo aclarar que la mayoría de las veces deseaba que el camión se retrasara, que se fuera al demonio la clase en turno, la cita, el café, el cine, todo podía esperar. Comencé a sentir ansiedad y pánico. Hubo días en los que el libro me duraba un día y varios retardos. Tuve que remediarlo; entonces fue peor. Cargaba con una novela y poesía, con cuentos y poesía, con novela y cuentos, con cuentos y cuentos, con novela y novela, con poesía y poesía. De dos libros pasé a tres. De una bolsa pequeña pasé a una grande. De la mochila chica a la mochila grande. De la mochila grande a cargarlos en la mano. Me volví ágil. Nunca le pegué a nadie en el bus, no pedí el asiento, supe esquivar a la gente por las calles, aprendí en dónde estaban los baches, coladeras y demás obstáculos a lo largo de la calle. Por un tiempo odié llegar a las esquinas y encontrarme con el siga peatonal cuando yo sólo quería esos segundos de más para avanzar mi lectura. Después de muchas visitas a la biblioteca entendí que lo único que tenía era miedo. Miedo a no leer todo con lo que me encontraba y ansiosa anotaba en una libreta. La lista se hacía cada vez más y más larga; también (tarde) entendí que tenía miedo a estar a solas y en silencio con mi mente. Me aterraban los trayectos largos en los que pensaba en accidentes, en los que veía una y otra vez cómo las llantas se pinchaban y todo moríamos; veía como sospechoso a cada individuo. Tarde, siempre tarde, aprendí a contarme historias: sí las había llenas de sangre, pero también las había sólo de suspenso; entonces encontré otro método para hacer que el tiempo me pareciera menos amenazador, menos terrorífico.
Aprendí a disfrutar de la espera. Aprendí que ese tiempo era todo de lo que disponía para crear.
La señora del bus reza, su Ave María me parece melodioso, me arrulla un poco, al final de los rezos un hombre se persigna. El chofer sube el volumen de la música. Cuento los segundos que nos toma llegar al semáforo, hoy no traigo libros. Cierro los ojos, la historia comienza.









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