UBÚ
Ismael Ledesma Mateos
El personaje central de la novela de Jean-Paul Sartre La edad de la razón es Mathieu Delarue. El apellido es muy sugerente, pues podría entenderse como “De la rue”, es decir: “de la calle, y efectivamente era un hombre que pasaba la mayor parte de su tiempo en la calle. Yo siempre me he considerado así y, aunque esté buena parte de mi tiempo trabajando, me gusta mucho también hacerlo en la calle —como en el momento de la escritura de este artículo.
En la calle, en los lugares públicos escuchas cosas de manera involuntaria, sea que alguien te haga plática —cuando a veces tienes que fingir que te llaman o debes llamar por tu celular— o bien por conversaciones ajenas.
Un lugar común, muy generalizado, que puede escucharse en estos ámbitos es “que la política es algo asqueroso”, que “los políticos son una mierda” o bien que “todos los políticos son iguales”. Tales enunciados son prejuicios inaceptables y escucharlos revela la baja cultura política de amplios sectores de la población, siendo una visión que se registra muy frecuentemente entre comerciantes de clase media, que se sienten adinerados, aunque no lo sean.
Efectivamente hay políticos asquerosos, pero no todos son iguales, y eso tampoco conduce a tener esa idea errónea de la política. En las universidades, en la academia y en la ciencia, se hace política en todo momento y es fundamental el entendimiento de las relaciones de poder y su presencia en todos los órdenes de la vida humana. Desde la Grecia clásica, Aristóteles afirmó que “el hombre es un zoon politikon”, es decir, un animal político.
La política implica muchos defectos y a su vez virtudes, todas consustanciales a cualquier acción humana, pero la estigmatización de la política implica una forma de resentimiento social que se da en esos grupos sociales a los que me referí en principio. Si creen que todo es tan horrible, pues que no voten nunca, que se postulen para hacer las cosas bien o, de plano, que se suiciden. Pero eso sí, cómo les preocupan los salarios de los legisladores y de los funcionarios públicos, que evidentemente anhelarían. Si un futbolista chafa gana una millonada, ellos le aplauden; pero un político que “no hace nada, ¡cómo puede ser posible!
México es un país plagado de contradicciones y en su génesis y consolidación un elemento determinante es “la ideología de la clase media” y las representaciones sociales derivadas de ello. Mi primer contacto con la teoría de la ideología fue el extraordinario libro de Gabriel Careaga: Mitos y fantasías de la clase media en México (Joaquín Mortiz, 1974), donde aborda con gran rigor sociológico estos fenómenos, lo que me llevó luego la lectura de una obra magistral de Marx: La ideología alemana, donde pude continuar adentrándome en “el proceso ideológico”, para cursar durante tres semestres “Ideología y sociedad” con mi maestro Gabriel Vargas Lozano en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM., donde conocí también la obra de Karl Mannheim, Ideología y utopía.
El estudio de la “teoría del discurso y de las formaciones discursivas” de Michel Foucault, en el que he basado mis investigaciones acerca de la historia de la biología y de la institucionalización de la biología en México, forma parte de todo el armado conceptual que debemos considerar al abordar estos fenómenos. De igual forma, el conocimiento de la “teoría de las representaciones sociales” de Serge Moscovici —gracias a mi gran amigo, Antonio Fernández Crispín— me permitió entender algo crucial para la psicosocioantropología: que las representaciones determinan las percepciones, por lo que, en consecuencia, la gente no percibe el mundo tal cual es, sino mediado por una representación social. Y la visión negativa de la política que comento, es un ejemplo de una representación social, que implica ideología, discursos y formaciones discursivas.
La política debe reivindicarse, ser valorada en sus justos términos, más allá de prejuicios y lugares comunes: debe entenderse como el ejercicio de la acción de los hombres a favor de la polis —ciudades estado en la Grecia antigua—, del ordenamiento de la ciudad y los ciudadanos en beneficio del bien común; la política implica “el arte de la paciencia”, de la conjunción de habilidades como “tener la razón, tenerla a tiempo y tener el valor de sostenerla”, y de ser capaz de remontar obstáculos y enfrentar las circunstancias con habilidad, aun pareciendo un oportunista poco escrupuloso.
Pero más allá de la base teórica citada, la calle me permite —como un laboratorio sociológico— constatar la ideología en su expresión plena. Y esos parroquianos con los que convivo involuntariamente, a pesar de su animadversión hacia la política, seguirán atacando a la izquierda, hablando como si fueran analistas y votando por el PRI o por el PAN, para luego criticar a los legisladores y gobernantes.









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