Gregorio Cervantes Mejía
Nunca antes la sensación de incidir sobre los grandes asuntos sociales fue tan grande como en estos momentos. Nunca antes la sensación de poder ser escuchado por cientos, incluso miles, de personas había estado tan presente. Eso que en otro momento llamábamos “el hombre común”, el “ciudadano de a pie” parece haber desaparecido.
Tecleamos un pequeño texto, oprimimos un botón imaginario (ahora que buena parte de las pantallas son táctiles, la sensación de irrealidad es cada vez mayor) y nuestras palabras empiezan a esparcirse de inmediato por un espacio tan inmenso como ficticio: en cuestión de segundos, podemos ser leídos no sólo por nuestros amigos de toda la vida sino también por aquellos otros a quienes seguramente jamás llegaremos a ver.
Cada uno de nosotros tiene a su disposición un auditorio muchísimo mayor del que en su momento pudo reunirse para escuchar a Pericles o a Cicerón. Y nuestras palabras, menos elocuentes y con una ínfima capacidad de persuasión (y seguramente apenas meditadas) lograrán una resonancia mucho mayor, aunque efímera.
Porque con seguridad sólo actuamos como repetidores de un pequeño conjunto de consignas básicas sobre los temas dominantes de nuestro tiempo. Encerrados en ínfimas comunidades virtuales, y reunidos únicamente con nuestros pares, nos vamos habituando a escuchar y leer a quienes sostienen ideas afines a las nuestras, por personas interesadas en las mismas temáticas y causas. Y entonces el mundo, por terrible que pueda parecernos, es más cómodo porque la divergencia queda allá afuera, en los otros con quienes rara vez intercambiamos palabras y que, por el sólo hecho de no sostener nuestras mismas convicciones, son los adversarios.
Así que en realidad, al escribir, al compartir vínculos, imágenes, chistes, no buscamos convencer ni persuadir a nadie. Se trata sólo de reafirmarnos en esas convicciones que creemos nuestras, pero que llegaron a nosotros entre los cientos (miles tal vez) de notificaciones recibidas a lo largo del día. Notificaciones, por supuesto, que llegan como un torrente que rebasa nuestra capacidad de atención: como en los partidos de tenis, se trata de responder con agilidad, de tomar decisiones en segundos y buscar la manera más eficaz e inmediata de redirigir el servicio recibido. El pensamiento es instantáneo porque no alcanza el tiempo para la reflexión.
Pensamos, sin duda. ¿Pero alcanzamos a reflexionar? ¿Tenemos plena certeza sobre “nuestras convicciones”, sobre las causas que defendemos? ¿Nuestras frases más celebradas en las cuentas de redes sociales son resultado de una reflexión previa o apenas una ocurrencia?
Alessandro Baricco ya lo había planteado en su ensayo Los bárbaros: con la llegada del internet, cambiamos el buceo por el surfeo: no profundizamos. No hay tiempo, disposición ni ánimo de profundizar. Surfeamos. Se trata de deslizarnos todo el tiempo sobre la superficie, siguiendo el impulso de oleadas de información, y de abarcar la mayor cantidad de likes y “seguidores”.
En ese sentido, Mario Bros nos representa muy bien: empeñado en una búsqueda cuyo objetivo es tan difuso como inalcanzable, nos dedicamos sólo a recorrer un laberinto infinito, donde la única finalidad concreta es atesorar monedas imaginarias y evitar ser golpeados por adversarios virtuales. A eso parece reducirse nuestra actividad en las redes sociales: seguir tendencias, publicar comentarios o reacciones para obtener aprobaciones (likes) y evitar —o responder con eficacia— los comentarios adversos, enredándonos en discusiones sin sentido pero que nos dejan la ilusión de incidir en los temas trascendentales de nuestro tiempo.
Así como Mario parece acercarse cada vez más al rescate de la princesa, nosotros creemos estar a punto de salvar al mundo, a los animales en riesgo de extinción, a la democracia o a los bosques; incluso, pareciera que estamos mucho más cerca de acabar con el capitalismo de lo que pudieron estar los comuneros de París. Pero los pasillos de este laberinto siguen extendiéndose sin cesar. Y ninguno de ellos nos acercará a esa princesa de cuya existencia tampoco tenemos certeza.
No importa demasiado, mientras sigamos recolectando monedas imaginarias y venciendo a nuestros adversarios virtuales.









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