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Hume
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De mi propia vida

· septiembre 3, 2015

David Hume

 

Es difícil para un hombre hablar prolongadamente sobre sí mismo sin vanidad; por consiguiente, seré breve. Puede pensarse que es un asunto de vanidad el que pretenda siquiera escribir mi vida, pero esta narración contendrá apenas algo más que la historia de mis escritos ya que, en realidad, casi toda mi vida ha estado dedicada a propósitos y ocupaciones literarias. El éxito inicial de la mayoría de mis obras, por otra parte, nunca fue tal que pudiera suscitar mi vanidad.

Nací el 26 de abril de 1711, según el antiguo calendario, en Edimburgo; provengo de buena familia tanto de padre como de madre. La familia de mi padre desciende del conde de Home, o de Hume y mis antepasados fueron dueños por varias generaciones de la propiedad que ahora posee mi hermano. Mi madre era hija de sir David Falconer, presidente del Colegio de Justicia y el título de lord Halkerton pasó por sucesión a su hermano.

Mi familia, sin embargo, no era rica y siendo yo el hermano más joven, mi patrimonio, de acuerdo con la tradición de mi país, era por supuesto muy reducido. Mi padre, considerado hombre de talento, murió siendo yo niño y me dejó, junto con un hermano mayor y una hermana, bajo el cuidado de nuestra madre, una mujer de singulares méritos que, aunque joven y guapa, se dedicó por completo al cuidado y educación de sus hijos. Aprobé con éxito los cursos normales de educación y muy pronto fui presa de una pasión por la literatura, pasión que ha sido rectora en mi vida y mi mayor fuente de alegrías. Mi predisposición por los estudios, mi sobriedad y esmero le dieron a mi familia la idea de que el derecho era una profesión adecuada para mí, pero yo siempre sentí una insuperable aversión por todo lo que no fuera la indagación filosófica y el aprendizaje en general; así, mientras ellos imaginaban que yo estudiaba minuciosamente a Voet y a Vinnius, en realidad Cicerón y Virgilio eran los autores que devoraba en secreto.

Mi muy escasa fortuna, sin embargo, era inadecuada para ese estilo de vida y mi salud, un tanto quebrantada por mi ardiente dedicación, me hizo caer en la tentación —o más bien me forzó— a hacer un débil intento por ingresar a un medio de vida más activo. En 1734 partí para Bristol con algunas recomendaciones de comerciantes eminentes, pero a los pocos meses descubrí que dicho ambiente era totalmente inapropiado para mí. Me dirigí a Francia con la intención de proseguir mis estudios en un retiro campestre y fue allí que puse en marcha el plan de vida al que firme y exitosamente me he ajustado. A fin de mantener a salvo mi independencia, resolví suplir la escasez de mi fortuna con una rígida frugalidad y considerar como desdeñable todo propósito excepto el perfeccionamiento de mis talentos literarios.

Durante mi retiro en Francia, al principio en Reims, pero principalmente en La Flèche, en Anjou, redacté mi Tratado de la naturaleza humana. Después de pasar tres años muy agradables en ese país, volví a Londres en 1737; a finales de 1738 publiqué mi Tratado y en seguida me fui a encontrar con mi madre y con mi hermano, que vivía en su casa de campo y se ocupaba, con empeño y éxito, de incrementar su fortuna.

Jamás hubo un esfuerzo literario más desafortunado que mi Tratado de la naturaleza humana; nació muerto de la imprenta y ni siquiera alcanzó la distinción de provocar el más leve murmullo por parte de los críticos. Pero, siendo yo por naturaleza de un temperamento alegre y sanguíneo, pronto me recuperé del golpe y proseguí mis estudios con gran entusiasmo en la provincia; allí permanecí con mi madre y con mi hermano, durante ese tiempo recuperé el conocimiento de la lengua griega que tanto había descuidado en mi primera juventud.

En 1745 recibí una carta del marqués de Annandale que me invitaba a vivir en su residencia en Inglaterra, supe también que los amigos y la familia de ese joven noble estaban deseosos de ponerlo bajo mi cuidado y dirección pues así lo requerían su estado mental y su salud. Viví allí doce meses, durante ese tiempo los ministerios que asumí incrementaron considerablemente mi pequeña fortuna. Recibí entonces una invitación del general St. Clair para ayudarlo como secretario en su expedición militar, la cual al principio iba a estar dirigida contra Canadá pero acabó siendo una incursión en la costa de Francia. Al año siguiente, a saber en 1747, recibí otra invitación del general para auxiliarlo en el mismo cargo, esta vez en su embajada militar ante las cortes de Viena y Turín. Porté entonces el uniforme de oficial y fui presentado en dichas cortes como ayudante de campo del general, junto con sir Harry Erskine y el capitán Grant —ahora general Grant—. Estos dos años fueron casi la única interrupción que hubo en mis estudios a lo largo de mi vida: los pasé agradablemente y en buena compañía; mis nombramientos, aunados a mi frugalidad, me hicieron acumular una fortuna que me hacía sentir independiente, aunque la mayoría de mis amigos esbozaba una sonrisa cuando lo decía, pues para entonces apenas poseía cerca de mil libras.

Siempre albergué la idea de que mi falta de éxito al publicar el Tratado de la naturaleza humana se debía más a la forma que al contenido y que era culpable de la muy común imprudencia de acudir demasiado rápido a la imprenta. De ahí que rehiciera la primera parte de ese trabajo en la Investigación sobre el entendimiento humano que fue publicada mientras yo estaba en Turín, pero esta obra fue, al principio, apenas más exitosa que el Tratado de la naturaleza humana. A mi regreso de Italia, para mi mortificación, encontré a Inglaterra en ebullición debido a la publicación de la Investigación libre del Dr. Middleton, mientras que mi desempeño pasaba por completo desapercibido o era desdeñado. Una nueva edición que ya había sido publicada en Londres de mis Ensayos morales y políticos tampoco tuvo mejor suerte.

Tal es la fuerza del temperamento natural que estas decepciones hicieron poca o ninguna mella en mí. Regresé en 1749 y viví dos años con mi hermano en su casa de campo, pues mi madre ya había muerto para entonces; compuse allí la segunda parte de mis Ensayos, a la que llamé Discursos políticos, así como mi Investigación sobre los principios de la moral —otra sección de mi Tratado a la que le di una nueva forma—. Mientras tanto, mi editor, A. Millar, me informó que mis publicaciones previas (todas menos mi desafortunado Tratado) empezaban a ser tema de conversación y que sus ventas aumentaban gradualmente y se pedían nuevas ediciones. En un año se publicaron dos o tres respuestas, escritas por reverendos e ilustrísimas, y también me enteré, por conducto del Dr. Warburton, de que por fin los libros empezaban a ser apreciados en círculos selectos. Sin embargo, yo había tomado la firme resolución —que mantuve inflexiblemente— de nunca contestarle a nadie; puesto que no soy de un temperamento particularmente irascible, siempre he permanecido con facilidad apartado de todas las disputas literarias. Estos indicios de una creciente reputación me animaron: siempre fui más afecto a mirar el lado favorable de las cosas que el desfavorable, éste es un rasgo mental que es mejor poseer que el haber nacido con una propiedad de diez mil libras al año.

En 1751 decidí mudarme del campo a la ciudad, el verdadero escenario para un hombre de letras. En 1752 se publicaron en Edimburgo, donde entonces vivía, mis Discursos políticos, el único de mis trabajos que tuvo éxito desde su primera publicación; fue bien recibido tanto en mi país como en el extranjero. En el mismo año se publicó en Londres mi Investigación sobre los principios de la moral, la cual, en mi opinión —sí bien no debería yo juzgar sobre esta cuestión— es, con mucho, la mejor de todas mis obras históricas, filosóficas o literarias; sin embargo, llegó inadvertida e ignorada al mundo.

En 1752, la Facultad de Derecho me eligió como su bibliotecario, un empleo por el cual recibí poca o ninguna remuneración pero que me puso en mis manos una gran biblioteca. Concebí entonces el proyecto de escribir la Historia de Inglaterra, pero como me aterró la idea de llevar a cabo una narración que habría de comprender un periodo de 1700 años, comencé con la subida de la dinastía de los Estuardo, una época en la que, pensé, empezaron a producirse propiamente hablando las tergiversaciones en cuanto a facciones políticas. Estaba, lo confieso, particularmente entusiasmado por mis expectativas de éxito de esta obra; pensé que yo era el único historiador que había simultáneamente desdeñado, por una parte, el poder, los intereses y la autoridad actuales y, por la otra, el clamor de los prejuicios populares; además, como el tema era accesible a cualquier inteligencia, ya me esperaba yo la aclamación correspondiente. Pero cuán desdichada no sería mi desilusión: fui embestido por un clamor de reproches, condenas y hasta odios; ingleses, escoceses e irlandeses, whigs y tories, clérigos y sectarios, librepensadores y religionistas, patriotas y cortesanos, unieron su rabia contra el hombre que había osado verter una misericordiosa lágrima por el destino de Carlos I y del conde de Strafford. Lo que más me mortificó fue que, una vez apagados los primeros arrebatos de furia, el libro pareció hundirse en el olvido. El Sr. Millar me dijo que en doce meses había vendido tan sólo cuarenta y cinco ejemplares; en toda Inglaterra, Escocia o Irlanda apenas supe de algún hombre —que pudiera ser considerado culto o de rango— que tolerara el libro; debo exceptuar únicamente al primado de Inglaterra, el Dr. Herring y al primado de Irlanda, el Dr. Stone: estos dignos prelados fueron dos raras excepciones y me enviaron, por separado, mensajes diciéndome que no me desanimara.

Empero, yo sí estaba —lo confieso— desanimado; y si la guerra entre Francia e Inglaterra no hubiera estallado en ese momento, ciertamente me habría retirado a algún pueblo de la provincia de Francia, habría cambiado de nombre y no habría vuelto jamás a mi país natal. Pero como este esquema no era viable entonces y como el siguiente volumen estaba ya considerablemente avanzado, decidí llenarme de valor y perseverar.

Durante ese intervalo, publiqué en Londres mi Historia natural de la religión junto con algunas otras breves obras: su publicación pasó más bien desapercibida, excepto por un panfleto que escribió el Dr. Hurd en su contra, con toda la mezquina petulancia, la arrogancia y la insolencia propias de la escuela de Warburton; este panfleto añadía un poco de consuelo a lo que, por lo demás, fue una indiferente recepción de mi obra.

En 1756, dos años después del tropiezo del primer volumen, se publicó el segundo volumen de mi Historia que abarcaba el periodo entre la muerte de Carlos I y la Revolución. Ocurrió que este trabajo, que causó menos disgusto a los whigs, tuvo mejor recibimiento: este volumen no sólo encontró su lugar en el público, sino que ayudó a sacar adelante a su infortunado hermano.

Pero, aunque la experiencia me había enseñado que el partido de los whigs era el que confería todos los puestos, tanto los estatales como los literarios, sentía tan poca inclinación a someterme a su insensato clamor que en las más de cien correcciones que un mayor estudio, lectura y reflexión me llevaron a hacer en esa obra en relación con los reinos de los dos primeros Estuardos, todas las hice invariablemente en favor de los tories. Es ridículo considerar que la constitución inglesa de antes de ese periodo representara ya un proyecto regular de libertad.

En 1759 publiqué mi Historia de la dinastía Tudor; el clamor en contra de esta obra fue casi igual al que suscitó el volumen sobre los dos primeros Estuardos; la sección sobre el reino de Isabel resultó particularmente molesta.

Pero para entonces yo ya era insensible a los efectos del arrebato público de manera que seguí apaciblemente y muy contento en mi retiro en Edimburgo hasta terminar, en dos volúmenes, la primera parte de la Historia inglesa, que entregué al público en 1761 y que tuvo un éxito tolerable y nada más que eso.

Pero, a pesar de esta variedad de vientos y estaciones a la que mis escritos habían sido sometidos, de todos modos éstos habían seguido abriéndose camino, de manera que las regalías que me daban los editores excedían, con mucho, cualquier noticia que se hubiera tenido de ello antes en Inglaterra. Me había vuelto no sólo independiente, sino opulento. Me retiré a mi tierra natal de Escocia determinado a nunca más poner un pie fuera de ella y con la satisfacción de no haber cedido nunca a las exigencias de ningún hombre importante o haber hecho propuestas de amistad a ninguno de ellos. Como ya había cumplido los 50 años, pensaba pasar el resto de mi vida en ese estilo filosófico, cuando recibí, en 1763, una invitación del conde de Hertford, a quien no conocía personalmente, para que lo asistiera en su embajada en París con la perspectiva de pronto ser nombrado secretario de la embajada y, mientras tanto, realizar las funciones de éste. Aunque tentadora, rechacé al principio la oferta, tanto porque me resistía a iniciar relaciones con los grandes como porque temía que las amenidades y la alegre compañía de París pudieran resultar desagradables para una persona de mi edad y humor; pero como su señoría me volvió a invitar, acepté. Tengo buenas razones, tanto de placer como de interés, para sentirme afortunado de mi relación con este noble, así como después con su hermano, el general Conway.

Aquellos que no han visto los extraños efectos de las modas nunca imaginarán la recepción que se me deparó en París, por parte de hombres y de mujeres de todos los linajes y rangos. Entre más me resistía a sus excesivas amabilidades, más me abrumaban con ellas. Vivir en París, no obstante, produce una verdadera satisfacción por la gran cantidad de gente inteligente, conocedora y educada que abunda en esa ciudad, muy por encima de cualquier otro lugar en el universo. Incluso pensé, en alguna ocasión, establecerme allí de por vida.

Fui nombrado secretario de la embajada y, en el verano de 1765, lord Hertford tuvo que partir, pues fue designado lord teniente de Irlanda; yo quedé como chargé d’affaires hasta la llegada del duque de Richmond hacia finales del año. A principios de 1766 dejé París y al siguiente verano me fui a Edimburgo, con la misma idea de antaño de enterrarme en un retiro filosófico. No regresé más rico de lo que era cuando me fui, pero sí con mucho más dinero y con un mucho mayor ingreso debido a la amistad de lord Hertford; entonces tuve el deseo de probar lo que la abundancia podía proporcionar, del mismo modo como anteriormente había hecho el experimento de la austeridad. Pero en 1767 recibí del Sr. Conway una invitación para ser subsecretario y, tanto por la calidad de la persona como por mis conexiones con lord Hertford, no podía rechazar dicha invitación. Regresé a Edimburgo en 1769, ahora muy acaudalado —pues poseía una renta de 1000 libras al año—, en buena salud y, aunque algo entrado en años, con la perspectiva de disfrutar por mucho tiempo mi bienestar y de contemplar el incremento de mi reputación.

En la primavera de 1775 me vi afectado por un desorden intestinal que al principio no me alarmó, pero que luego se volvió, como después me enteré, mortal e incurable. Preveo ahora una pronta decadencia; he padecido muy poco dolor por mi mal y, lo que es más extraño, nunca he sufrido —a pesar del gran deterioro de mi persona— un solo momento de abatimiento de ánimo; al grado de que, si tuviera que escoger el periodo de mi vida que elegiría vivir de nuevo, estaría tentado a escoger este último periodo. Tengo la misma energía de siempre para el estudio y la misma jovialidad cuando estoy en compañía. Considero, además, que un hombre de 65 años, al morir, tan sólo suprime unos cuantos años de achaques y, aunque veo que por fin emergen con mayor lustre muchas manifestaciones de mi reputación literaria, sé que no tengo más que unos cuantos años para disfrutarla. Es difícil estar más desprendido de la vida de lo que lo estoy en la actualidad.

Para concluir históricamente con mi propio personaje: soy, o más bien fui —porque ése es el estilo que debo usar ahora para hablar de mí mismo y esto hace que me atreva más a hablar de mis sentimientos—; fui, digo, un hombre de disposición apacible, de temperamento controlado, de humor abierto, social y alegre, capaz de sentirme vinculado afectivamente, pero poco susceptible a la enemistad y de gran moderación en todas mis pasiones. Inclusive mi amor por la fama literaria, mi pasión dominante, nunca amargó mi carácter a pesar de las frecuentes decepciones. Mi trato nunca resultó inaceptable para los jóvenes despreocupados, como tampoco para los estudiosos y los hombres de letras; y dado que sentí un gusto especial por la compañía de las mujeres modestas, no hubo razón para sentirme descontento por el recibimiento que de ellas obtuve. En pocas palabras, aunque la mayoría de los hombres que son de una u otra manera eminentes han hallado razones para quejarse de calumnias, yo nunca fui alcanzado —o incluso atacado— por su diente malsano: aunque deliberadamente me expuse a la rabia de facciones tanto civiles como religiosas, éstas parecían quedar desarmadas ante mí de su descontrolada furia. Mis amigos nunca tuvieron la ocasión de vengar ningún suceso concerniente a mi persona ni a mi conducta; no es que los críticos, como bien podemos suponer, no hubieran estado encantados de inventar y propagar cualquier historia desventajosa para mí, sino que no pudieron encontrar ninguna que tuviera la apariencia de probable. No puedo decir que no hay algo de vanidad al hacer esta oración funeraria de mí mismo, pero espero que no esté fuera de lugar y eso es un hecho fácil de aclarar y de determinar.

18 de abril de 1776

——

Traducción de Nydia Lara Zavala. Reproducido de David Hume, De mi propia vida, UNAM, México, 2004.

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