Pablo Manuel Rojas Aguilar
… soy libre de que me guste o no la langosta a la americana pero, si no me gustan los hombres, soy un miserable y no puedo encontrar mi sitio en este mundo…
Paul Hilbert
Montaigne menciona en uno de sus ensayos que cuando quiere cruzar un río lo hace por un vado que mira a prudente distancia y que, si lo encuentra demasiado hondo para su estatura, se queda en la orilla. De igual modo actuaré yo al momento de ensayar sobre la “ignorancia”, pues no quiero ahogarme en las inconstantes aguas de un río interminable.
Pensaba iniciar desde los temas de la Providencia y de la determinación, o desde las tesis gnósticas que nos exponen la divinidad que ha disminuido desde trescientos setenta y cinco (que es Pleroma), hasta la emanación cero en la que surge Jehová para crear este mundo falible y lleno de dolor.
No obstante, me limitaré únicamente a mencionar estos temas y no a desarrollarlos puesto que superarían mi estatura. Es decir, al desarrollar el tema de la Providencia, seguramente me surgirían algunas paradojas como las que tuvo San Agustín sobre Dios y la naturaleza del mal (no teniendo la misma capacidad que el africano para resolverlas); si hablo de la determinación, tendría, sin duda, que recurrir a los pitagóricos, al estoicismo y a las concepciones nietzscheanas sobre el tiempo circular y el eterno retorno que se contraponen a las tesis agustinianas y, si continúo con los temas gnósticos, tendría que pensar seriamente en Bernard Shaw cuando dice que “Dios, quien desciende lejanamente de Pleroma (Plenitud), está haciéndose, y que puede estar en el pasado, en el futuro y que, si somos magnánimos e inteligentes, estaremos ayudando a su construcción”. Me detendré, sin embargo, un momento en este bello e interesante pensamiento porque, según entiendo, tenemos la responsabilidad de formar al Creador a través de nuestras acciones. Quizá no lo comprenda de manera acertada, y ruego al lector me disculpe por exhibir mis pobres reflexiones pero creo que, si actuamos de manera angelical, estableceremos a un Dios lleno de bondad y misericordia; en cambio, si nos comportamos de manera perversa, otorgaremos a nuestro Creador cualidades siniestras y vengativas.
Estamos constituyendo a la eternidad, todos somos parte de ella pero, para constituirla, debemos, en primera instancia, asumirnos intelectualmente como seres.
Ahora bien, dejaré un poco de lado las creencias gnósticas para referirme a una religión poco celebrada que, definitivamente, es digna de ser descrita por su inusitada peculiaridad. Y es aquí donde creo hallar un vado que me permitirá arribar a la otra orilla del torrente: la mística swedenborgiana.
La religión católica nos ha revelado que gozamos de un libre albedrío, y que éste nos hace propensos de crear el “mal” cada vez que nos equivocamos al decidir; esto es, que éste no tiene naturaleza, que Dios omnipotente no lo crea ni se le escapa de las manos, sino que deja a nuestra consideración el camino que nos llevará a salvar o a perder nuestras almas. También nos ha enunciado que, cuando morimos y abandonamos este mundo lleno de dolor, perdemos nuestro libre albedrío y somos juzgados por el Todopoderoso, quien nos enviará al paraíso o al infierno.
Sin embargo, ocurre de manera distinta con la doctrina de Emmanuel Swedenborg, porque ésta mantiene la idea del libre albedrío incluso después de la muerte. Cuando alguien sucumbe e ingresa al “otro mundo”, no se percata de ello; sigue con su vida normal; sigue visitando a sus amigos y familiares, conversando con ellos. En seguida, ocurre algo formidable, algo que al principio lo alegra y después lo preocupa. Comienza a notar que en ese mundo los colores son más vívidos, que las sensaciones son más agudas, que hay más formas. Todo ahí es más tangible y concreto; hay más colores e incluso, como sentenció Agustín en La ciudad de Dios, el goce sensual es más fuerte. Luego pasan algunos meses, quizás días, tal vez años y el hombre se decide. Decide ir al cielo o al infierno. Dios lo deja decidir. Si su temperamento es angelical se juntará con los ángeles y, si es demoniaco, con los demonios. Los ángeles y los demonios son los hombres que han ascendido a ser angelicales o descendido a ser demoniacos.
Las doctrinas ortodoxas conceden la entrada al Paraíso a los hombres “justos” que han vivido de acuerdo con las normas establecidas, mas la swedenborgiana prohíbe la vía del Paraíso al “justo” pues, al reprimirse durante su existencia, y al haber renunciando a los goces sensuales, además de otros placeres de la vida, ha empobrecido, de manera considerable, su alma y, por ende, se ha convertido en una persona mentalmente pobre. Los ángeles conversan sobre temas diversos que han aprehendido mediante sus experiencias (creo que Kierkegaard decía que el conocimiento verdadero se adquiere sólo a través de la escuela de la vida) y, si el hombre no es capaz de seguir las conversaciones con los ángeles, no deberá adherirse ahí. Tampoco irá al infierno porque no querrá estar con los demonios, en un sitio donde se practica la baja política y existe una conspiración incesante de unos contra otros para tomar el poder. Por consiguiente, a las personas “justas” se les confiere el don de proyectar la imagen del desierto, donde rezarán como rezaban en la tierra.
Existe también en ese mundo un equilibrio entre el las fuerzas angelicales y las infernales para que nuestro mundo subsista. El cielo es exactamente lo contrario del infierno, es lo que le corresponde simétricamente. En este equilibrio es Dios quien manda.
Volviendo a las creencias tradicionales, siempre se ha pensado que la salvación tiene un carácter ético, pero el cielo de Swedenborg es, eminentemente, intelectual. Para él los hombres deben salvarse también intelectualmente ya que en el cielo los ángeles sostienen densas discusiones teológicas.
En este sentido, cuando Shaw nos sugiere ser inteligentes para constituir a Dios, se refiere a que el Señor requiere de nosotros (que somos parte de él) para formarse. Por tal motivo, no debemos ser pobres mentalmente, sino magnánimos con nuestros conocimientos y experiencias para aspirar a la plenitud; para elevar el grado de divinidad hasta alcanzar el trescientos setenta y cinco y ascender al Pleroma. Todo esto con su pertinente equilibrio: el bien y el mal, que son regidos por Dios.
De tal modo, hablando en términos heideggerianos, los “entes” (ignorantes) no sólo no se desarrollarán completamente, sino que persistirán girando en torno a los mismos discursos; por lo tanto, su aportación al Creador será nula. En cambio los “seres”, que hacen uso de su docta capacidad, meditarán sobre su origen y sobre su papel en el cosmos para asumirse.
En suma, me aventuro a enunciar que más ardua, digna y comprometida será la empresa del “ser” responsable que asesine a media docena de personas, y no a más porque su revólver sólo tiene seis cartuchos, que la del “ente” que vive como le dicen los otros, que no se asume con una responsabilidad existenciaria y no se deja “ser” para que el mundo “pueda existir”, para que Dios se “logre forjar”, para que se cumpla la voluntad del Universo.
Finalmente, recuerdo la sentencia que hizo William Blake a los “tontos”, cuando les afirma que no entrarán al cielo por santos que sean, ni tampoco deben aspirar a tener una vida colmada. Estoy seguro de que el poeta, al decir “tonto”, no se refiere a un retrasado, sino a un “ente” que no se asume en su “ser”, igual que los ignorantes, quienes no se adjudican el sentido que le corresponde a sus vidas: ya sea ruin y despiadado, ya sea recto e íntegro. Así pues, los ignorantes serán condenados al apokatástasis, a trasmigrar incesantemente hasta que comprendan el sentido último de su existencia. Cuando se interroguen sobre su sitio en la creación y sobre su afán en el Cosmos; cuando reconozcan la necesidad de formarse para conformar a Dios, serán entonces, y sólo en aquel momento, dignos de entrar al cielo o al infierno para fundirse con la eternidad.









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