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De los estereotipos nacionales

· abril 27, 2019

Leszek Kolakowski

Rara vez reparamos en el hecho de que nuestro universo mental —nuestra imagen del mundo, de los demás y nuestras reacciones hacia ellos— está formado, o causado, por estereotipos. Con estereotipos quiero decir aquellas generalizaciones casi empíricas que surgen espontáneamente y que, una vez afirmadas en nuestra mente, son casi imposibles de cambiar a la luz de las experiencias subsiguientes. Se trata de un convencionalismo natural y, quizá, beneficioso en su conjunto. Los estereotipos —de cosas y personas, naciones y lugares— son indispensables para nuestra seguridad mental. Ésta es la razón de que, tanto si son plausibles, medias verdades o simplemente falsos, tiendan a perpetuarse sin que la experiencia los descalifique —a menos que sus efectos sean obviamente nocivos—. Si son inocuos en sus efectos prácticos, persistirán a pesar de los ejemplos contradictorios que aporte la experiencia, porque nos sentimos más seguros con ellos que sin ellos. Descartarlos nos impondría una constante alerta y nos situaría en un permanente estado de desconcierto e incertidumbre mental.

A este respecto los estereotipos nacionales no son distintos de los demás. Tomemos, por ejemplo, el estereotipo de Inglaterra como país lluvioso. La fama de país lluvioso que tiene Inglaterra no se basa en estudios de datos estadísticos meteorológicos, sino en una generalización espontánea. Una vez arraigada la fama de país lluvioso, se mantiene en virtud de un peculiar mecanismo lógico —o más bien ilógico—. Cuando llueve en Francia, simplemente llueve. Sin embargo, cada día de lluvia en Inglaterra se considera una confirmación del estereotipo de que Inglaterra es un país lluvioso. Pero no sucede a la inversa: un día soleado en Inglaterra carece, lógicamente, de relevancia para el funcionamiento de tal mecanismo; no perturba el estereotipo. Es probable que nuestros procesos mentales, los procesos normales, pertinaces y cotidianos, no acaten nunca las sensatas normas popperianas. Necesitamos los estereotipos porque, en conjunto, nos sentimos mejor sin modificarlos.

Cada tribu o nación produce, invariablemente, estereotipos de sus vecinos y de otras tribus más o menos familiares. Tales estereotipos son, a menudo, poco respetuosos y un tanto despectivos. Así, por ejemplo, “sabemos” que los alemanes son disciplinados y faltos de sentido del humor, que los ingleses son de fiar y estrechos de miras; que los polacos son valientes y desorganizados, que los judíos son inteligentes y faltos de tacto, que los americanos son simpáticos e ingenuos, que los checos son trabajadores y tacaños, etcétera. Nunca faltan ejemplos ni sirven de nada los contraejemplos. Los estereotipos están siempre a buen recaudo. Si nos los discuten, disponemos de una infalible red de seguridad con frases tales como “Oh, claro, ya sé que hay excepciones…” o “Algunos de mis mejores amigos…” El estudio de los estereotipos es importante, pero no porque sirva para destruirlos. Es probable que los argumentos racionales y las estadísticas sean impotentes frente a las imágenes profundamente arraigadas. Tales imágenes sólo pueden cambiar si las circunstancias exigen que se las sustituya por imágenes distintas. El holocausto judío perpetrado por los nazis, por ejemplo, no es plausiblemente achacable a un estereotipo de los judíos preexistente. Los nazis hicieron cuanto pudieron, con eficacia y habilidad, para explotar y reforzar el estereotipo cuando necesitaron un chivo expiatorio a quien achacar la culpa de su miseria. Pero fue esa miseria y su desesperación lo que hizo que el programa del genocidio nazi fuese aceptable.

Los estereotipos nacionales no son, necesariamente, portadores de las semillas del odio. Algunos lo son y otros no. Pero, cuando entrañan odio, los estereotipos se convierten en un arma mortífera si otros factores, especialmente la guerra o la amenaza de guerra, entran en juego y las condiciones lo exigen. Países que nunca han estado en guerra, o sólo durante breve tiempo, tienden a aplicarse estereotipos más benévolos entre sí —aunque incluso éstos rara vez son del todo inocentes o positivos.

Debido a su presencia en casi todos los países europeos, los judíos eran el blanco más fácil, objeto de estereotipos en todas partes. Las variantes de la imagen del judío, según las circunstancias locales o históricas, es tema para un estudio específico. Pero a menudo, aunque no siempre, el estereotipo incluía, junto a la clase de descripciones poco halagadoras que suelen acompañar a las animosidades tribales, algunas acusaciones horribles y potencialmente letales (la más sorprendente, la del asesinato ritual). Sobre todo entre los campesinos se oían historias tan impresionantes como asombrosas. Cuando yo tenía diez años, me contó otro chico que los judíos no podían soportar la luz del sol y, al preguntarle yo por qué no se ponían gafas de sol, me contestó que sólo lo fingían. Increíble, pero cierto.

Mas dejando a un lado los libelos sangrientos, historias terroríficas y supersticiones absurdas, siempre hay algo de verdad en las imágenes estereotipadas de los países. Casi nunca son, exclusivamente, productos caprichosos de la fantasía, urdidos ex nihilo, sino más bien simplificados, exagerados y enquistados reflejos de la experiencia. Al fin y al cabo, sí existe un “carácter nacional” históricamente modelado y nunca está formado sólo por virtudes. Aunque es obvio que el “carácter nacional” no es superponible a los individuos (“todo polaco es valiente y desorganizado”, “todo judío es inteligente y falto de tacto”), se presta a un estudio racional por medio del análisis de las pautas típicas de comportamiento. Muchas naciones han reflejado algunas de sus características menos edificantes en la literatura, en el arte y en sus chistes: el humor judío y la literatura yiddish son una fuente inextinguible de conocimiento acerca de la percepción, no muy halagadora, que tienen los judíos de sí mismos; y los “defectos nacionales” de los polacos han sido desde hace tiempo objetivo favorito de los escritores y periodistas polacos

El estudio de los estereotipos nacionales, una peculiar rama de la antropología, puede contribuir mucho a comprender lo que es el “carácter nacional”: no porque nuestros estereotipos sean una imagen distorsionada de otras naciones o razas, puesto que no lo son en absoluto, sino porque, al juzgar a los demás, revelamos involuntariamente nuestro modelo de percepción y, por lo tanto, nuestros defectos y virtudes. En otras palabras, los estereotipos pueden revelar más acerca del “estereotipador” que del estereotipado. Así pues, aunque es improbable que el estudio de los estereotipos los haga desaparecer, puede ser de cierta utilidad para saber cómo nos ven los demás, pues nos proporciona una más afinada idea de nosotros mismos, aunque pensemos (como solemos hacer) que la manera que los demás tienen de vernos es injusta. Podemos reconocernos en un espejo distorsionador (las mejores caricaturas se parecen mucho al modelo); pero la distorsión misma, exagerando algunas de las características del modelo, puede ser también útil porque nos ayuda a conocernos.

 

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