Rosalía Genis Velázquez
Con estupor, nunca sin haber leído, una y otra vez
el sentir escandalizado y anonadada la impresión.
Cuando menos lo espere, el deseo y la muerte amantes
engordan las obesas caricias del momento.
¡Enorme convicción de grasa! ¡Enormes susurros de ficción!
Pero ya no oprimirá tumbada, almacenada, condimentada,
la noche del largo detenido que soy.
Ya no sentirás hartando, alucinantes leyendas de amarillos arcoíris
y de mortíferos clowns con su alucinante superhéroe
que nunca juzga el nombre ni la gracia
que al compañero disidente ocurrirá.
Cierre la boca y detenga las guerras floridas del enlatado clavel,
anales prostitutos del fusil y del arnés.
No obstante, así de consistente toma y empieza a abalanzarse,
combatiente horrorizado en shock de Estado.
Contrario el apetito lo soporta y no lo mata,
como aniquiló al cuerpo mortero del combatiente iraquí.
Sin esforzarse, musculoso y contingente debería dar alcance
al hambriento esqueleto, de prisa,
antes que se aliste y no tarde la equivocación venérea del hachís.
En tanto, ustedes, Obama presidente y patológico Bush,
amorfos de intervención de tropas de reunido cuento,
responden sin reticencia y desprecian la réplica
del combate militar, de sustancias tóxicas, de inquietud
y del hundimiento de Bagdad en el sincero y dulce maple.









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