Gerardo Lino
Se ignora, por lo regular, que vivimos en el ostracismo. En estos rumbos se le llama ‘ninguneo’. (No hay por qué moverse o ir más allá.) Quienes lo practicamos, bien sabemos que no sólo ahí, en el ostracismo, vivimos, sino de él (no es algo que se haga en contra de otro; no somos cangrejos en la olla; sólo ostras vacías). Cada uno se lo aplica a los demás en menor o mayor grado, según su arbitrio. Podría decirse que no importa la clase, la actividad, el oficio, el estatus o la profesión, pues en todos los ámbitos se da; pero es curioso, en estos rumbos, que abunde más entre los escritores. (Algo peculiar tendrán que los vuelve más observados.)
Importa poco que alguno haya criticado la obra de otro o bien que lo haya injuriado abierta, sutil o secretamente; importa, con desmesura, que ese alguno haya publicado un buen escrito. Es indignante hasta el grado de merecer el justo ninguneo.
Entre quienes han llegado a cierta notoriedad, no se aplica tal indiferencia. Al contrario: casi todos se arriman a elogiar —adular, casi no— a quien se le ha reconocido en otras latitudes. Es obvio que tendrán sus detractores, abiertos, sutiles o secretos; pero no se les ignora.
Mientras tanto, quienes no consiguieron las delicias de la fama, siguen conformándose con ese íntimo deporte de hacer como si no existieran los otros, no valieran una palabra —es un decir— o como si vivieran allá, lejos, como ostras desperdiciadas entre las ostras huecas, ningunos entre ningunos.









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