Miguel Samsa
La preocupación por la educación de los gobernantes tuvo momentos de gran relevancia dentro de la tradición filosófica, sea como planteamiento teórico o como práctica pedagógica. A guisa de ejemplo, bastarían los casos de Platón —quien expresamente planteó la necesidad de que el Estado estuviera bajo la dirección de un filósofo—, Aristóteles —preceptor de Alejandro Magno— o Erasmo de Rotterdam y su Institutio principis christiani.
Dentro de esta tradición pedagógica puede incluirse parte de la obra de Patrick Fraga, quien tuvo cierta relevancia a finales del siglo XIX como comentador y divulgador de la doctrina kantiana, en particular de sus planteamientos éticos y políticos.
Sus comentarios a la Crítica de la razón práctica, así como sus estudios introductorios y biográficos sobre Kant gozaron de amplia popularidad entre los docentes y colegios alemanes durante las dos últimas décadas del siglo XIX. No ocurrió lo mismo con la que él consideró su obra más importante: De la necesidad de una educación científica para la clase dirigente.
A contrapelo de los proyectos educativos predominantes en su época, que se centraban en la educación de los ciudadanos, Fraga planteó que el gran descuido tanto de la pedagogía como de la filosofía a partir de la Ilustración había sido desatenderse de educar a la clase gobernante para centrar su mirada en el grueso de la población, “que, sin importar el grado de instrucción que alcance ni su formación moral, carece de las condiciones y los medios para incidir en la dirección que los asuntos públicos deben tomar, cuestiones que siempre son decididas, aun en el más democrático y republicano de los regímenes posible, por una reducida élite que para tal fin ha sido designada”.
El descuido de la filosofía hacia la formación de estos grupos, asegura Fraga, no puede acarrear más que ruina y desgracias para la población de nuestras repúblicas, “pues terminarán por ejercer el poder individuos sin una sólida formación en los principios morales y políticos necesaria para asegurar que las decisiones de gobierno atiendan al bien común”.
Preocupado sin duda —como se desprende de la correspondencia que sostuvo con Paul Natorp— de los conflictos sociales de la segunda mitad del siglo XIX, entre ellos el restablecimiento de la monarquía en Francia, y las revueltas asociadas a los movimientos obreros, así como a los diferentes movimientos socialistas y anarquistas, Fraga advertía del riesgo de que las naciones europeas terminaran convirtiéndose en sociedades de individuos con una fuerte conciencia moral y política, y con un riguroso pensamiento científico, gobernados por iletrados codiciosos y déspotas, para quienes el bienestar de sus conciudadanos fuera menos valioso que un haba.
“Un gobernante que no tenga grabados en su conciencia y en su mente los imperativos éticos planteados por Kant, y que no dirija su actuar a partir de ellos, terminará por convertir todo acto de gobierno en un negocio personal”, sentenció Fraga en una de sus últimas misivas.
Los últimos diez años de su vida estuvieron dedicados a obtener aliados para impulsar un proyecto educativo dirigido a las élites gobernantes de Europa. Fue visto con recelo por sus contemporáneos, quienes lo consideraron un reaccionario que pretendía hacer retroceder la marcha de la Historia a la época de las monarquías absolutas y convertir a los filósofos y científicos en meros cortesanos.
Tras su fallecimiento, a mediados de 1892 en Friburgo, su De la necesidad de una educación científica para la clase dirigente, que ya de por sí había tenido una circulación marginal, cayó por completo en el olvido. Sus obras de divulgación y manuales sobre filosofía kantiana perduraron aún unas décadas más, hasta que fueron retiradas de los programas escolares al final de la Gran Guerra.









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