Gregorio Cervantes Mejía
“Tener claro lo que se quiere decir” ha sido una de mis directrices cuando he impartido talleres de narrativa. Sí, por supuesto que suena bastante bien, y hasta sensato. Pero si debo ser franco, no es nada fácil ni muy real que digamos. Al menos, no siempre.
En ocasiones, uno se sienta ante la pantalla (o la hoja de papel, si aún se tienen esos hábitos) con una maraña de ideas en la cabeza, todas igualmente posibles, todas con la misma apariencia de genialidad (o de estulticia, según se empiecen a desarrollar). Y a las dos o tres líneas, nada: es un callejón sin salida. Hay que borrar y empezar de nuevo.
En ocasiones, uno no descubre el extravío hasta avanzadas algunas cuartillas y al hacer una pausa para releer se descubre que ha caminado por senderos bastante extraños. Y puede que, empecinado por terminar el texto, busque algún fragmento al cual aferrarse y decir “es por aquí”. Pero tampoco. Otro callejón sin salida.
Sí, la escritura no deja de asemejarse, en algún momento, a recorrer un laberinto. Uno muy intrincado: el propio. Encontrar un sendero seguro, amable y que lleve una dirección específica no siempre es sencillo. Hay mucho de prueba y error en el proceso, aun cuando uno suponga al comenzar que ya sabe qué quiere decir. Porque —no sé si a ustedes también les ha ocurrido— por lo regular uno supone lo que piensa decir en el texto. Y si se es lo suficientemente empecinado, tal vez consiga que el texto transmita eso que se planteó al inicio. Podemos llevarlo, a fuerza de terquedad, hacia ese punto donde suponemos que queríamos llegar, pero es posible que una vez ahí descubramos que no estamos cómodos, que no era ése el camino, pero no nos dimos margen para descubrir otras posibilidades.
Perderse en ocasiones, vacilar, retroceder, desechar por completo el texto para comenzar de nuevo… La escritura está hecha, muchas veces, de todas estas aparentes inseguridades, aunque no sean notorias en el resultado final. Uno va descubriendo lo que quiere decir a medida que avanza, tropieza, borra, tacha, regresa. Son los desvíos y los callejones sin salida del proceso de escritura los que muchas veces nos ayudan a tener en claro “lo que pretendemos decir”, que tal vez resulte en algo muy diferente de la idea inicial. Porque las ideas iniciales no dejan de ser nebulosas, inexploradas, y requieren de esos momentos de extravío para descubrir sus posibilidades, para encontrar quizá no el sendero pavimentado que habíamos imaginado en un primer momento, pero sí la brecha que nos llevará finalmente hacia una grata sorpresa.









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