Antonio Bello Quiroz
El mundo no puede ser el mismo después de la invención del psicoanálisis. El psicoanálisis es un discurso inédito instaurado por Sigmund Freud quien posibilita ir más allá de lo objetivo en la lectura de la condición humana. El objeto de estudio que el maestro vienés pone en el centro de su invención es el inconsciente. Será el psicoanalista francés Jacques Lacan quien ponga en el centro de su lectura el concepto de sujeto y lo vincule con la estructura del lenguaje, sus límites e imposibilidades.
A partir de los años cincuenta Lacan va a colocar a lo simbólico como aquello que posibilita poner límite a la tensión agresiva que entre los sujetos se desencadena si se queda en el vínculo especular imaginario yo-otro. La función simbólica, esa que permite nombrar, utiliza a la palabra como aquello que pone límite entre dos instancias posibilitando el reconocimiento entre ambas. Se trata de una instancia apoyada en la palabra que contiene y limita la contienda a muerte. En lo humano, el símbolo nombra y pone límite a la muerte.
Sin embargo, aunque la palabra tenga la función de limitar la tensión agresiva, no puede eliminar el componente mortífero que le acompaña: para Lacan, el símbolo a la vez que funda la vida también introduce la muerte. En Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis señala que “el símbolo se manifiesta en primer lugar como asesinato de la cosa”. El lenguaje (y con esto hay que sopesar la relevancia de lo inédito del psicoanálisis) si bien hace al sujeto, lo hace en el filo mortal que lo condena a transitar por la vida mediante el constante dolor de existir. En el existir algo queda fuera de la existencia a partir de que el lenguaje procede dando un lugar pero eliminando otro. En este sentido, el sujeto sólo puede estar constituido a partir del significante y con ello sólo puede ser representado y, con ello, ausente. Es decir, el sujeto, al estar constituido en el lugar de la palabra, por acción significante, como efecto del lenguaje, muestra algo de inefable.
Esto no es sin consecuencias: lo inefable, según su etimología, es aquello que no puede ser significado. El significante sólo puede representar al sujeto, ningún significante puede significarlo. Lo inefable es lo que no se puede expresar con las palabras.
En la raíz etimológica de inefable encontramos el verbo latino fari, hablar. Pero ocurre que la etimología también relaciona este fari con fama. Por vía de la negación de este término tenemos infamia o infame, es decir, quien carece de crédito o quien queda fuera del habla, fuera de la palabra.
Lo infame, la infamia, es entonces lo que queda fuera de la palabra y con ello de la existencia que está hecha de palabras e historias que cobran fama, que se nombran.
Sabemos que en 1935 Jorge Luis Borges publica su Historia universal de la infamia y nos deja ver que la historia universal es la historia de la infamia. Es decir, la historia es lo narrado y, también, lo que ha quedado fuera. Quizá Miguel León-Portilla, en un afán de reivindicación, se propone hacer, con respecto a la Conquista, la visión de los vencidos. La historia existe porque deja una parte afuera, no nombra (por infame) las fallas, los errores, las sorpresas, lo inesperado, lo imprevisto. La historia, las historias, están hechas esencialmente de lo inefable, lo infame, lo que queda fuera.
La historia, en su afán de consolidarse, se instaura a partir de las mayores acciones de segregación de todos aquellos que están en el error, los que no tiene los instrumentos de verdad o la posición que les permita hacer valer su visión, los traidores, los herejes, etcétera. Donde la historia nos habla de “concordia” lo hace desde la eliminación de un acto de barbarie. No hay “Plaza de la barbarie”, por ejemplo, eso es inefable, infame, es lo “políticamente” incorrecto. El basurero de la historia está hecho de aquellos que estuvieron en el lado equivocado de la historia. En ese basurero que es la historia, hay quienes han sido colocados siempre en el lugar de lo infame, lo que no entra en la historia del mundo. La sexualidad constituye uno de eso elementos proscritos de la historia, quizá sólo rescatada (con su precio) por Freud. Más aún, lo proscrito es la sexualidad femenina, la historia no admite a esos personajes extraños, inasibles, inefables que son las mujeres. Mejor aún: lo femenino.
De esa infamia es de la que aquí nos queremos ocupar. Lo que está más allá de lo nombrable, es decir, lo in-nombrable; también podríamos designarlo como lo inmundo, en tanto que kosmos, mundo, es lo que se nombra, el bien, señalando lo que queda fuera como in-mundo, el mal. Como señala Daniel Gerber en El estúpido encanto de la violencia, contenido en El psicoanálisis en el malestar en la cultura: “El psicoanálisis ha revelado que uno de los nombres que ha tomado este in-mundo tiene cierta relación con aquello a lo que el mundus latino remite: la mujer.”
En la llamada Querella de las mujeres, este debate político, literario y filosófico protagonizado por las mujeres desde la Edad Media hasta la revolución francesa, uno de los debates que se daban gira en torno a si las mujeres debían o no maquillarse; el argumento en contra es que si las mujeres se maquillaban estaban corrigiendo la obra de Dios, lo que la convertía en una hereje, incluso una apóstata. Por otro lado, si lo hacía ejercía una libertad que no tenían contemplada.
Al parecer, la mujer al ataviarse, al maquillarse, muestra que hay algo más allá de lo que ocurre a simple vista, algo más allá de lo nombrable, algo real indecible, como si ella fuera efectivamente lo in-mundo por excelencia. Eso, quizá, hace que sea lo indecible por excelencia. Es el paradigma de lo que no es, y por ello se le difama. Si ella habita el espacio del ser que no se puede decir, lo no-toda como dice Lacan, entonces de ella se puede decir cualquier cosa. Difamar, significa hablar mal de alguien. Si fari es hablar, la mujer es lo inefable donde no cabe en la palabra, no cabe en lo dicho, por lo que se puede decir de ella cualquier cosa. Ella ha sido lo infame, y lo infame está entre nosotros. No es que ahora haya mujeres, siempre han estado, sólo que hoy se hace visible con su esencia inefable, infame.
La sexualidad femenina, lo sabemos, ha sido algo que ha incomodado a hombres y mujeres de todas las épocas, aún más cuando las mujeres han mostrado su costado insaciable. Se trata de lo infame en lo humano, lo sin lugar, lo sin texto, lo sin discurso. La sexualidad femenina se presentó a Freud como un enigma hasta el final de su producción teórica; el continente oscuro le llamó. La mujer es un discurso sin lugar, asociadas siempre a la noche, la oscuridad, la maldad, los comercios con el diablo, etcétera. Se puede constatar a lo largo de la historia e incluso en las narraciones mitológicas.
Si hacemos un corte en la historia de las mujeres, sólo como ejemplo, vemos que son señaladas como brujas; fueron perseguidas desde el siglo XV hasta el siglo XVIII. De tal modo, sobre ellas se ha hecho recaer una encarnizada cacería por oponerse a la legalidad social de los hombres. Ellas, las brujas, se decía, eran portadoras de una sexualidad desaforada que no se ciñe a un órgano determinado ni a un tiempo determinado; muestran que el cuerpo todo es territorio de goce. Desde siempre se había mantenido bien oculto que son ellas, las mujeres, las que gozan; que el secreto se revelase ha sido inadmisible e insoportable (y ahora más que nunca ya que se agotaron los argumentos que limiten su expresión). Parece, sin embargo, que las mujeres no sólo han mostrado una sexualidad que no se somete a lo orgánico ni a lo temporal, sino que han encabezado, en diversos momentos, cuestionamientos, oposiciones e incluso subversiones al orden establecido, lo que se ha planteado como el verdadero motivo de la persecución.








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