Alfonso Garcés Báez
¡Cierren las puertas!
sonó el lamento plañidero
abocinado con las manos del gritón.
Mi compadre carraspeó
desde una penumbra de la fiesta
me vio de reojo sujetando su pistola
creíba que la apuesta la ganaría yo.
A mi dorado siempre ganador
lo suelto con mucho cariño
ahora lo hago sin mi piedra imán
en el círculo iluminado de la plaza de gallos.
Tan rápido como el filo caliente
que recorrió mi estómago
se apagaron las luces
y se soltó la balacera.
De un navajazo
el contrincante
le desprendió una ala a mi gallo
dejándolo clavado.
Los disparos secos
azuzaron a los parroquianos
la oscura muerte me eligió
para recoger mis pasos.
Un mortal picotazo
me hundió en la agonía
como en un agujero eterno
debajo del tejaván.
Tambaleante
mi soltador se fue por la orilla del río
al caer quebró el espejo de la luna
silenciando el croar de las ranas.
Amarrado a la pata de su catre
me imaginaba yo
comiendo carne picada
con chiles mirasoles
estirarme para carear al sol
y batir mis alas doradas
para abrazar el cielo completo.
Habrá honores de aquí pa’l real…
cantó el pregonero
cruces cuatas para los finados
mezcal “para el susto” de los dolientes y
raicilla de la buena “para el gusto” de los demás.
¡Aaa-bran las puertas!









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