Antonio Bello Quiroz
Con respecto al cuerpo, los tiempos han cambiado profundamente. El cuerpo se ha vuelto el último reducto de existencia en tiempos donde se producen sujetos libres de toda atadura simbólica. En los tiempos que se viven, de una sociedad líquida, como señala Zygmunt Bauman, el sujeto ha quedado en condiciones de máxima precariedad, sin sujeción simbólica que le garantice una identidad, dispuesto para ser arrastrado por las corrientes del mercado. En esas condiciones, los cuerpos son sometidos a diversas marcas que le den algo de consistencia a la existencia de sujetos cada vez más trasparentes (esto dicho en el sentido de que se pierde profundidad), cuerpos tatuados, cuerpos anoréxicos, cuerpo obesos, cuerpos hechos a diseño, ya sea por el gym o la cirugía plástica, en fin, cuerpos marcados por el mercado y sus mandatos de consumo.
Con este afán de hacer más presente al cuerpo en la dinámica de las relaciones sociales (el cuerpo antes que la persona o el sujeto), se nos señala de manera más evidente su carácter de enigmático. Un cuerpo que ya no está sometido a las prohibiciones sino que ha quedado totalmente expuesto a la impetuosidad de los apetitos, paradójicamente, no resuelve sus misterios; por el contrario, sólo nos muestra nuevas caras de la tiranía.
¿Dónde empieza el misterio y el enigma del cuerpo humano? Justamente en la distancia que se establece en su constitución con respecto al instinto. En ese más allá de lo biológico que lo singulariza. El cuerpo humano se organiza a partir de lo pulsional y nunca en el instinto. Trieb (pulsión), es el concepto que Freud va a introducir para designar a la fuerza que anima lo humano. La pulsión es un concepto límite, así lo pensó Freud. Un representante de lo orgánico en el campo de lo psíquico. Pero si el instinto opera para conservar la vida, la pulsión, producto del efecto de represión al ser el organismo humano capturado por el lenguaje (figura del Otro) escapa al orden vital, lo desordena y condena a la incompletud e insatisfacción a partir de introducir en él el símbolo que ha tomado del Otro. Si el instinto opera para garantizar la conservación de la vida, la pulsión, por la vía de la sexualidad, pervierte el camino para dirigirse a su muerte.
En el cuerpo humano, entonces, nada es “natural”, es la vía de la pulsión (la sexualidad y la muerte inducidas y reguladas por el lenguaje) lo que va a organizar la forma en que los seres humanos buscarán satisfacer sus necesidades. Mismas que, al estar pasadas por el lenguaje, se transforman a partir de la demanda del Otro que deviene siempre imposible quedando un resto que constituye el deseo.
Podemos decir entonces que no se nace con un cuerpo, nos hacemos de un cuerpo. Y este hecho no puede ser sino mediante la intervención de Otro cuerpo. Pero no cualquier cuerpo, no; se trata de un cuerpo que habla. El cuerpo, la imagen del cuerpo, se organiza a partir de la pre-existencia del Otro como lugar de la palabra. Es a partir del Otro que se nos constituye un cuerpo, un cuerpo que va más allá de lo biológico, un cuerpo de palabras. Si no nacemos con un cuerpo, hay que apropiarse del “propio” cuerpo. Se trata de un proceso que no se hace una vez y para siempre sino uno que tenemos que repetir cotidianamente.
La sexualidad y la muerte, con la modernidad, han tomado al cuerpo como campo de batalla y de anhelos narcisistas. Si, como dice Freud, nacemos en condiciones de prematuración y con el cuerpo fragmentado, entonces la unidad del cuerpo sólo es una ilusión imaginaria, constituida especularmente y que se producirá en un segundo momento, sólo gracias a la intervención de Otro. Visto así, y si nos atrevemos a llevarlo a su radicalidad, el cuerpo propio es una quimera, una mera ilusión racional. Esta ilusión nos proporciona una unidad imaginaria del cuerpo que nos permite decir “mi cuerpo”, pero la amenaza del cuerpo fragmentado siempre está acechando. En la psicosis se presentan fenómenos elementales de fragmentación del cuerpo que dan cuenta de la materialización de esa amenaza. Lo mismo podemos decir de la hipocondría y otros fenómenos de despersonalización profundos.
Si el cuerpo es un enigma, lo es aún más en esos dos elementos que le hacen esencialmente humano: la sexualidad y la muerte. El mercado se ha concentrado en producir “satisfactores” (que rayan incluso en el delirio) que logren la satisfacción sexual y cumplan el anhelo de inmortalidad. Estar habitado de muerte hace al cuerpo humano cercano a lo siniestro en tanto que la muerte resulta ser nuestra única certeza pero al mismo tiempo lo más desconocido de nosotros mismos. El texto de Lo siniestro fue escrito en 1919, es decir, cuando ya se encontraba casi terminado Más allá del principio del placer, trabajo donde Freud despliega toda la potencia conceptual de la pulsión de muerte.
La sexualidad, el otro polo de singularidad que da esencia al cuerpo humano, también nos coloca frente a lo más enigmático de nuestro ser. La sexualidad nos incomoda. No es un secreto que ha devenido como algo incómodo para los discursos públicos desde que la modernidad desacralizó el cuerpo y la mercadotecnia lo transformó en medio de propaganda y comercialización. Muchos son los resultados de estos procesos. El cuerpo en la modernidad es sometido a una servidumbre y mercantilización sexual tal que, desde el dispositivo económico que nos rige, ha transformado a la prostitución en una vasta red internacional de tráfico de personas. El alcance que la libertad sexual ha ganado con la modernidad ha hecho cruelmente visible la discriminación y el rechazo violento a las sexualidades diversas. Como señalaba Octavio Paz en La llama doble, parece que nuestras sociedades realizan los anhelos sadeanos de una sociedad de leyes débiles y pasiones fuertes, en donde el único derecho sería el placer con toda su crueldad y su carga mortífera.
La sexualidad, el ser sexuado, más aún, el cuerpo sexuado, es una cuestión exclusiva de los sujetos humanos; aunque la actividad sexual es común entre hombres y animales, la sexualidad como enigma es propio de lo humano. En la sexualidad lo humano se desliza, se patina, desbarra. Sólo los hombres hemos hecho de la actividad sexual una erótica. Más aún, por la vía del erotismo la sexualidad se extiende más allá de los confines de la reproducción animal. Para Bataille, el erotismo es la aprobación de la vida hasta la muerte. La sexualidad humana roza la muerte, está habitada de muerte. No busca sólo reproducir la vida como se ha dicho, la aspiración de la sexualidad humana aspira a la muerte.
Si resulta claro que en la vía de la reproducción la actividad sexual involucra al cuerpo, no es menos claro que en la relación entre la sexualidad y la muerte también está involucrado el cuerpo; sí, pero el cuerpo erótico. Aunque en el fondo más radical, enseña Bataille, en la reproducción también hay una convocatoria a la muerte. Al dar la vida también se da la muerte, como dice Jacques Derrida en su texto Dar la muerte.








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