Antonio Bello Quiroz
I
El 26 de septiembre se cumplieron cuatro años de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Cuatro años y la herida continúa abierta. Cuatro años en que un país carga con su mayor hecho traumático en los últimos años. Cuatro años en que el país ha vivido una escalada de degradación del tejido social, con cada vez más y más desaparecidos, el hallazgo masivo y generalizado de restos humanos en múltiples fosas comunes a lo largo y ancho del país. Las investigaciones detenidas o amañadas, los ocultamientos y demoras no revelan sino lo que siempre se ha dicho: fue el Estado. Las formas en que el gobierno se ha comportado ante la realidad lacerante es muestra de una modalidad de terrorismo de Estado.
Aún se nos siguen mostrando escenarios dantescos, como camiones deambulando por el país con cadáveres a quienes se les ha arrebatado el más mínimo trato de dignidad. Parece ser que se ha construido una situación de excepción legal con toda la fuerza de la transgresión al marco jurídico. La ley es sistemáticamente mancillada por aquellos quienes tendrían que respetarla y defenderla. El estado de las cosas ha llevado a que en varios escenarios se piense en una situación de crisis imaginaria.
El orden de legalidad ha mostrado su rostro más perverso, la ley es utilizada para implementar regímenes de persecución, desaparición, tortura y destrucción, acciones que, incidiendo en el cuerpo individual, generan desgarraduras en lo social.
Las manifestaciones y expresiones que hoy se han visto nos dicen que el trauma social está vivo, nos dicen que la violencia se encuentra sistemáticamente sostenida. Mientras las desapariciones persistan generan efectos sociales y que en la colectividad (la expresión de lucha en los padres y madres de los estudiantes desaparecidos lo dejan ver) se inscriben como un vacío en el orden legal, sí, pero esencialmente en el orden simbólico. La búsqueda de la verdad se sostiene como requisito para poder elaborar un duelo que se encuentra suspendido, como ocurre en todo caso de desaparición.
Hoy en México se viven, sin embargo, sentimientos de esperanza de alcanzar un nivel mayor de verdad en las investigaciones a partir del cambio de gobierno. La llegada a la presidencia de México de Andrés Manuel López Obrador abre una luz de esperanza en que las investigaciones puedan llegar a la verdad, al mismo tiempo que se desenmascaran las acciones que llevaron a construir la fallida “verdad histórica”. Hoy en México, aun con la fundada sospecha de que se haga realidad, se abre la posibilidad de entrar en un periodo de justicia transicional que posibilite pasar de la verdad histórica a el asentimiento subjetivo que permita resolver la situación traumática convirtiéndola de esta manera en un duelo, lo que sería, según Freud, la salida normal ante una pérdida.
II
El tema de la desaparición forzada y de los desaparecidos en general es sumamente doloroso y complejo de elaborar. Muchos son los campos desde donde es necesario abordarlo. Sin duda, está involucrada la reivindicación de la verdad y la justicia. En el nivel subjetivo, la memoria, el duelo y el trauma social también se encuentran comprometidos. La vida se suspende ante un hecho traumático que persiste.
En América Latina, en diversos momentos, la práctica de la desaparición forzada ha sido una modulación sistemática de la violencia de Estado, lo mismo en las dictaduras militares como en los gobiernos orientados con las lógicas imperialistas del capitalismo salvaje que campea en el mundo: desaparecer al opositor, al crítico, al diferente, al que no se deja someter o comprar. Estas prácticas tienen como finalidad (directa o indirecta) fracturar el lazo social; sin embargo, algunos grupos de derechos humanos, los padres de familia y demás activistas, imprimen el valor de la resistencia que hace que las prácticas terroristas del Estado se hagan más severas y radicales.
Las posiciones se han establecido. Por un lado, el Estado con su insistencia de imponer una verdad histórica que se deshace a cada revisión, y la memoria colectiva utilizada como instrumento para reconstruir (incluso sostener) la vida de un grupo, una comunidad, e incluso de un país. A diferencia de la verdad histórica que se propone como única e inamovible, la memoria no pretende un relato hegemónico sino plural, tantas memorias como relatos haya. Entre ambos algo se sostiene como traumático, una herida abierta.
Dos formas de trauma podemos encontrar, por ejemplo, en la persistencia de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Por un lado, el trauma biopolítico, lo que para Giorgio Agamben, es un hecho que violenta al sujeto desde afuera, le impone al sujeto una falta, se le roba su historia y la posibilidad de hablar en su nombre. El sujeto queda inerme ante esta violencia externa que le roba algo de sí dejándolo en un tiempo suspendido. Sin posibilidad de ligar el evento traumático (la desaparición) al orden simbólico quedando a merced del goce del Otro.
Para Freud, por otra parte, el trauma es una huella que liga en el inconsciente el encuentro con el Otro en su dimensión de goce, teniendo al síntoma como lo que posibilita el anudamiento entre el sujeto y el Otro. Este tratamiento del trauma desde el psicoanálisis abre la posibilidad de vincular el hecho traumático con otros significantes, dando lugar con esto a que el sujeto establezca relación con el deseo del Otro. Mientras que el trauma biopolítico apunta al goce del otro, el trauma en psicoanálisis posibilita un lugar para el deseo del Otro. El vehículo de elaboración del trauma no puede ser otro que el lenguaje que, por la vía de la palabra que se escucha da lugar a la elaboración del sufrimiento y suturar las desgarraduras del ser.
La memoria colectiva, la que se ha visto puesta en juego en las marchas, los reclamos donde esencialmente se mencionan los nombres de los desaparecidos. Quizá sea la memoria del nombre lo que hace que el trauma pueda tener una vía de elaboración. Escribiendo sobre los desaparecidos, señala Helí Morales en su Psicoanálisis con arte. Lenguaje, goce y topología: “Sí no se dice el nombre se puede difuminar su trazo. Nombrar el nombre es decir la historia, tiempo, pertenencia social. El nombre propio es la escritura de un linaje. […] En cada nombre se dice la gesta de un sujeto, pero también de los suyos, de la cultura a la que pertenece, a la progenie que corresponde. Es la memoria al pie de la letra de una historia singular, a la vez que cultural. Borrar un nombre implica tachar esa dimensión temporal.”








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