Pablo Manuel Rojas Aguilar
A mi amigo, Zaratustra, a quien la muerte sí se llevó
¿Será posible que en algún punto del tiempo lograré
desprenderme de mí mismo, que la vasta noche abrirá sus
muslos, despacio, para que yo entre en ella?
La gélida mañana en que morí fue una mañana como cualquier otra. Desperté recostado sobre mi cama y realicé las mismas actividades patéticas de cada día.
No hubo algo especial en el ambiente, o en la interacción con las personas, o algún indicio en mi percepción del mundo que me hiciera percatarme de que mi naturaleza había cambiado —si es que acaso ha cambiado. Llevé a cabo mis labores de manera cotidiana, intercambié algunas frases con tono sarcástico en la oficina, sentí la insoportable opresión de estar en el mundo, de ver los mismos rostros en los mismos lugares haciendo las mismas cosas, una y otra vez… No había algo que fuera diferente, la mañana había sido como cualquier otra.
Después, no había sido distinto, la tarde se había extendido sobre el cielo hasta ensuciarse con la oscuridad de la noche, y yo volví a casa con hambre y exhausto, un poco más tarde de lo habitual. Comí el pastel de carne que había quedado de la noche pasada. Sentí un ligero temblor, acaso por las copas de vino tinto que bebí, o por las vibraciones que en mis oídos provocaba la onerosa cabalgata de las Valquirias, o quizá por leer la Función Vermut de Iván Oñate —un excéntrico poeta contemporáneo que ha perdido las nociones básicas del tiempo sucesivo. Cuando me marché a mi habitación para descansar, observé un cuerpo en mi cama, ¿por qué estaba un cuerpo en mi cama? Me acerqué despacio, temeroso, a fin de deslizar la sábana y observar quién era y, “tristemente”, vi que era yo, que yo había muerto.
… Aún tengo la sensación, cada vez que recuerdo ese instante, de mi sangre subiendo a la cabeza hasta inflamarla y dejarla purpúrea de tan roja… Miré fijamente mi cuerpo tieso, tan tieso que no pude siquiera doblar mis manos, o más bien las manos de mi cadáver, de esas manos que fueron mías y que, sin embargo, de alguna manera, sigo poseyendo… Sentí vértigo, me tranquilicé, tuve ganas de llorar, profundas ganas de llorar, y lloré; después, todo quedó en silencio, en inevitable luto.
Mi cuerpo inmóvil yacía sobre el colchón y yo podía mirarlo casi exudando venenos, mientras percibía su incipiente olor a putrefacción, sus moradas venas marcadas en la pálida piel, dibujándose como arañas queriendo escaparse por las sienes… No estaba preparado para cesar y, sin embargo, yacía ahí, tendido, como una desgracia encefálica, como un organismo deteriorado cuyo conjunto de células asfixiadas han propiciado el rigor mortis. Pero yo estaba ahí mismo, de pie, presenciando aquella podredumbre, atestiguando mi propia muerte. Entonces, pensé: “¿qué soy yo?, ¿un ente energético incorpóreo?, ¿una sombra multiplicada por los espejos del tiempo?, ¿un perceptor abstracto de la realidad?” Luego, sentí pavor, pavor de que mi muerte, en efecto, existiera y de que yo fuera anulado del mundo. Tuve que tranquilizarme, llegando a la conclusión de que, si nadie se percataba del hecho, si no había persona alguna que atestiguara la triste existencia de mi cadáver expandiéndose como una flor, la muerte no habría de ocurrir en mí, al menos no de manera explícita… Sería una muerte “íntima, secreta, silenciosa”.
Dormí en el sofá puesto que no sabía qué hacer con mi cadáver, el cual, conforme fueron pasando los días, comenzó a inflarse, liberando todos los fluidos y la materia hasta convertirse en una fuente inagotable de larvas. La pestilencia comenzó a hacerse insoportable, y ya varios vecinos se habían quejado de un olor a putrefacción cuyo origen ignoraban (pero no sería así por mucho tiempo). Así que tuve que deshacerme de él (de mí), pero no podía extraerlo (me) completamente, de un solo tajo, sino parte por parte. Lo (me) corté en módicos trozos a pesar de que, cada vez que hendía el cuchillo en su (mi) carne descompuesta, ésta expulsaba exhalaciones hediondas que me hacían tenderme en el suelo y vomitar… ¿y los huesos?… ¡qué duros eran!, yo sentía que eran inquebrantables, así que tuve que cortarlos con una sierra… Parecía mi propio asesino mientras me destazaba, mi propio enemigo atroz que por fin adquiría rostro, el mismo rostro mojado con mi propia sangre…
Lógicamente, ni siquiera los carroñeros querían comer la carne en descomposición. Así que tuve que expulsarlo (me) poco a poco de la casa. Cada mañana llevaba un trozo de carne podrida en el auto y lo tiraba en un basurero distinto hasta que logré desaparecerlo (me) de mis ojos, de mi nariz, de mi tacto.
A la lógica subjetiva de saber que, salvo yo mismo, nadie sabe que estoy muerto, sigo aferrándome, lo cual quiere decir que sigo vivo; esto es: ¿podría hacer ruido un árbol que cae en medio del bosque sin que ninguna conciencia lo perciba?, ¿en verdad caería ese árbol? Trasladando analógicamente esta paradoja a mi propia situación, yo sigo vivo porque nadie se ha percatado de mi muerte.
En un principio, este razonamiento me dio tranquilidad pero no por mucho tiempo; es decir, la muerte pasó por mi casa, atacó mi carne, las partes más nobles de mi ser y, no obstante, no pude morir. ¿Será ésta la enfermedad del alma de la que hablaba Kierkegaard, aquella que demuestra la inmortalidad del ser, generando una desesperación insufrible por no poder desprenderse de sí mismo? Si éste es mi mal, ¿habrá alguien que pueda curarme, que pueda salvarme de esta insoportable y funesta angustia de ser en el mundo? Al parecer, ni siquiera el mismo Dios se ha percatado de mi padecimiento… ¿Será posible que no lo haya notado, que nadie le ha dicho que yo, Pablo Manuel Rojas Aguilar, morí el 27 de noviembre del año 2011 a los 27 años de edad y que sigo vagando por el mundo sabiendo que, acaso, no tendré fin, que mi cadáver ha sido tirado a la basura por mí mismo porque nadie supo que lo debía velar, llorarle, sepultarlo, y que sigo siendo visible para los demás, que sigo con mis actividades cotidianas, visitando a mis amigos, bebiendo cerveza con ellos?
Fui con el médico a una revisión de rutina: el esfigmomanómetro mentía, el mercurio del registrador mentía, mi lógica idealista de seguir vivo mentía, mi podrido corazón mentía; todos mentían, mentían asquerosamente: yo estaba, desde hace casi cuatro años, muerto, muerto…
Esperaba que mi vida se detuviera de un golpe, que yo fuera arrancado milagrosamente del mundo social y rutinario construido por los hombres; pero no fue así, no fue como dicen que pasa: no fui abandonado por el magnífico universo, ni fue disgregada de mi memoria esa serie infinita de cosas que suelen apagarse con la muerte de cada hombre. No hubo una imperiosa agonía, no hubo silencio, ni ruido, ni resplandor; no hubo bruma, ni temor, ni odio; no hubo alivio, ni amargura, ni dolor, ni tristeza, ni alegría, ni juicio final, ni puertas, ni paraísos, ni infiernos, ni purgatorios… sólo hubo lo que ha habido siempre en el mundo… ¡Nada!, la maldita nada desbordándose en mis ojos; la nada, la aterciopelada nada extendiéndose en mis manos hasta consumirme, lenta, precisa, certera.
No podré cubrirme con la hermosa piel del sueño, y tendré que seguir yendo al trabajo para continuar con “mi vida” porque aún debo comer, y mucho más de lo normal. Estoy muy hambriento, tal vez por esto que traigo, por este proceso roto que ha llevado mi alma, el cual me ha condenado a ser y a seguir siendo ese muchacho que murió, ese muchacho que fue destazado por su propio odio, ese muchacho que no se fue, que fue olvidado por la nave de los muertos, que se derrumbó y que sigue derrumbándose dentro de sí mismo sin reposo, sin descanso… Aquel muchacho al que le fue dada una manera imposible de morir: no la muerte del que se va, sino la muerte del que se queda… Ésta es la manera más lenta y dura de extinguirse.
“Que la luz de un cirio se encienda por su muerte aunque nadie pueda verla; quizá Dios, en algún punto del tiempo, la verá”.









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