Hans-Georg Gadamer
Reproducimos un fragmento del libro ¿Quién soy yo y quién eres tú?, comentario al libro de poemas de Paul Celan, Cristal de aliento. La segunda edición del libro del filósofo alemán, una clarísima muestra de ejercicio hermenéutico, la realizó Herder en Barcelona en 2001. La traducción es de Adan Kovacsics.
El poema está claramente dividido en tres estrofas, cuyo número de versos, sin embargo, es desigual. Es como un segundo acto del acontecer dramático evocado en Aluvión de palabras. Este poema empieza tras el acontecimiento que destruyó el falso brillo del lenguaje. Sólo así se concreta el significado del “viento radiante de tu lenguaje”: un viento que irrumpe desde lejanías cósmicas y que por la claridad y agudeza de su fuerza elemental elimina con su mordiente la cháchara de lo pseudo-vivido como si fuera un moho enturbiador. Eso son todos los poemas aparentes que aquí reciben el nombre de “cháchara abigarrada”. La cháchara es abigarrada porque el lenguaje de esas aparentes creaciones es discrecional, motivado por la mera necesidad del efecto ornamental, del ornatus, y carece por tanto de color y lengua propios: creaciones aparentes del lenguaje que, precisamente por ser discrecionales, hablan cien lenguas, o sea: no testimonian nada en realidad… Prestan, por así decirlo, falso testimonio. Es el “per-poema”, que presta falso testimonio, y es un “no-ema”, es decir, insustancial a pesar su apariencia de composición.
El discurso del “viento radiante de tu lenguaje” se mantiene dentro de la metáfora cósmica básica en que se movía el poema Aluvión de palabras. “Tu” lenguaje es el lenguaje del tú que proyecta hacia fuera la luna de palabras, o sea, no tanto el de un poeta, de este poeta como tal, sino el fenómeno del propio lenguaje, del lenguaje verdadero, luminoso y redondo. Por su mordiente elimina todo falso testimonio, es decir, lo suprime de tal manera que no queda de él huella alguna. “El viento radiante” quizás evoca las dimensiones cósmicas de esta erupción, pero también y sobre todo la pureza y la claridad radiante, la verdadera espiritualidad del lenguaje que no simula enunciados copiados de otros y sentidos por otros, sino que los desenmascara todos.
Sólo entonces, cuando el “viento de tu lenguaje” ha irrumpido con su radiante pureza, comienza el camino hacia el poema, hacia el “cristal de aliento” que no es más que la composición pura, estructurada por una rigurosísima geometría, que se desprende de la nada silenciosa del hálito. Ahora, el camino está despejado, libre. Esa única palabra, “libre”, ocupa toda la línea de un verso, al igual que ha hecho antes la sílaba “des”. En efecto, el camino que ha quedado libre se ha vuelto visible como tal camino después de que el viento radiante haya “desarremolinado” la nieve que todo cubre y nivela. El camino es como el de un peregrino; conduce a alturas heladas. El peregrino atraviesa la nieve, lo inhóspito, inaccesible, frío, monótono, uniforme, que exige renuncia y que el peregrino penitente se cree en condiciones de superar. Sin duda, esto que es visual debe traducirse al ámbito de lo lingüístico: pues hay que atravesar una nieve con forma humana. Lo que cubre todo son los seres humanos con su cháchara. Pero ¿adónde conduce el camino de este peregrinaje? Por lo visto, no es el santuario del peregrino, sino el mundo de los glaciares con su aire claro y luminoso que acoge como un parador al resistente peregrino. De hospitalario se califica este mundo de hielo eterno, pues sólo el esfuerzo y la resistencia han conducido allí y por tanto ya no reina la ventisca humana sin ton ni son. Así pues, el camino de este peregrinaje es, al fin y al cabo, el camino de la purificación de la palabra, que se niega a las apremiantes actualidades y modelos lingüísticos y ha practicado el silencio y la ponderación. El peregrinaje por las alturas de la montaña desierta e invernal conduce a un sitio hospitalario. Donde uno se halla lejos de las actualidades del tráfago humano, está cerca de la meta, la meta que es la palabra verdadera.
Aquello que allí espera aún sigue profundamente oculto: en la profundidad de la grieta de los tiempos. Suena a hendidura que se abre, insondable, en el hielo del glaciar. Pero es una grieta de los tiempos, un corte en el flujo uniforme del tiempo: en un lugar donde el tiempo ya no fluye porque él también, como todo, se encuentra en la eternidad inmóvil. Allí, “junto a los panales de hielo” —también esto es de una plasticidad óptica y sonora impresionante: el hielo, estratificado y construido como los panales de una colmena, es de construcción inalterable, blindada ante las influencias del “tiempo impetuoso”— allí, pues, “espera” el poema, el cristal de aliento. Sin duda, hay que percibir el contraste entre los muros de hielo que se alzan alrededor y el minúsculo cristal del aliento, esa existencia fugacísima de una maravilla geométrica como es el copo de nieve de fino dibujo que, solitario, remolinea en el aire de un frío día invernal. Esto tan minúsculo, tan singular, es, sin embargo, testimonio. Se llama “testimonio irrefutable”, por lo visto en clara contraposición a los falsos testimonios, productos de perjurio, de los poemas “confeccionados”. Quien testimonia (“tu” testimonio) eres “tú”, el tú familiar y desconocido que para el yo —en este caso, yo tanto del poeta como del lector— es su tú, “todo, todo real”.
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El poeta Paul Celan nació en 1920 en Czernowitz, entonces ciudad rumana y se suicidó en París, en el Sena, el 20 de abril de 1970, hace 35 años.









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