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Covid 19, la tormenta perfecta

· agosto 14, 2020

Antonio Bello Quiroz

 

En la desgracia general, el egoísmo del amor los preservaba, y, si pensaban en la peste, era solamente en la medida en que podía poner a su separación en el peligro de ser eterna.

Albert Camus, La peste

 

En julio de 1929 Freud inicia la escritura de El malestar en la cultura, un texto que, para quienes lo han sabido leer, ha resultado ser una mina con enormes y ricas vetas para profundizar los diversos campos de estudio de la condición humana y social. Se trata de un texto que nos ha permitido arrojar luz sobre las poderosas tensiones en que se juegan las relaciones en la civilización. Nos ha permitido acceder el lado oscuro de lo humano. Escrito hace 90 años, los planteamientos del doctor vienés no pierden un ápice de vigencia, por lo que es muy recomendable revisarlos ante cualquier situación que nos conmueva como sociedad o civilización, tal como ocurre con la pandemia que vivimos.

El malestar en la cultura o en la civilización fue publicado en 1930, por tanto es un producto del periodo entre guerras. Quizá por ello con frecuencia ha sido señalado como un trabajo que muestra el pesimismo freudiano. Nada más alejado de la realidad. Es cierto que además de la guerra, Sigmund Freud vivía el dolor de la pérdida de su amada hija Sophie, sin embargo, con la valentía intelectual que caracteriza al inventor del psicoanálisis, no pierde contacto con la claridad y objetividad en sus avances, pese a lamentar no tener su amado acervo bibliográfico a la mano. En absoluto se trata de un texto escrito desde el pesimismo, aunque ciertamente ahí se impugna, sin concesión alguna, la meta de una felicidad basada en el disfrute permanente de los bienes y una pacífica armonía sin conflictos entre los seres humanos. “La felicidad no se encuentra en el horizonte de lo humano”, sentenciará Sigmund Freud hace ya 90 años, y la realidad le continúa dando vigencia.

Al iniciar el capítulo II de El malestar en la cultura, Freud nos señala que “la vida, como nos es impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla no podemos prescindir de calmantes”. La pandemia causada por Covid 19 nos ha puesto en evidencia está condición gravosa de la vida. Derrumbó las ilusiones y nos exige producir los calmantes necesarios. Sin embargo, en tanto que el malestar nos ataca por diversos frentes, los calmantes, las acciones reparadoras, se escasean. Desde diversos saberes, ideologías y políticas, se inventan neologismos como “nueva realidad” para dar cuenta de lo inédito de la situación. El tamaño de la incertidumbre nos revela lo endeble que resultan las acciones “calmantes”. Todo un reto. Se especula, por ejemplo, sobre cómo habremos de regresar a la continuidad de la vida después de que se nos expuso a nivel mundial y singular la condición de discontinuidad que es nuestra esencia como organismos humanos y que permanecía más o menos invisible. Freud mismo decía que Lo siniestro ocurría cuando aquello que debiendo quedar oculto se hace presente.

Tres son las clases de calmantes que existen, a decir de Freud: “poderosas distracciones que nos hagan evaluar un poco nuestras miserias, satisfacciones sustitutivas que la reduzcan y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ellas”. La pandemia, al alterar en alguna medida nuestra cotidianidad, nos coloca en la exigencia de recurrir a la producción, individual y colectiva, de estos calmantes: los distractores, las satisfacciones sustitutivas o las sustancias embriagadoras. La ciencia, el arte y la religión serían los paradigmas que orientarían la invención de estas soluciones calmantes de lo incierto. Las sociedades de otros tiempos, ante una situación de crisis, emergían construyendo nuevas religiones, nuevas formas de gobierno, etc. Sin embargo, paradójicamente, en contraste con el grado de evolución que nos adjudicamos como civilización, con la ciencia y la tecnología en el lugar del Gran Otro, no contamos ya con los elementos para construirnos un nuevo principio. Para nuestro grado de civilización, parafraseando a George Steiner, no hay más principios. A 90 años de El malestar en la cultura, los entramados sociales de nuestra historia nos han llevado a desconfiar de estas tres instancias (la ciencia, el arte y la religión) como garantes de orden o medios para alcanzar la felicidad. Con la llamada Modernidad, el capital se nos impuso como el discurso que garantizaría la producción de objetos que operarían como calmantes, y a los cuales se podría acceder mediante el consumo. Sin embargo, la pandemia de Covid 19 también lo ha puesto en cuestión dejando la incertidumbre económica y social a cielo abierto.

En el apartado III de El malestar en la cultura también Freud nos señala tres fuentes de sufrimiento para la especie humana. Se trata de fuentes de sufrimiento contra las cuales la cultura ha levantado diques a partir de los avances de ciencia y la tecnología; y sin embargo, pese a tales esfuerzos las fuentes persisten asolando a los individuos y la humanidad. Estas tres fuentes son el propio cuerpo y sus enfermedades, las fuerzas indomeñables que atacan desde del exterior y las relaciones con otras personas.

La pandemia que nos aqueja como humanidad, a partir de la emergencia de la Covid 19, reúne en sí mismo las tres fuentes de sufrimiento y por ello adquiere carácter de tormenta perfecta. Afecta al cuerpo en tanto que enferma al organismo hasta la posibilidad de muerte, sin que hasta ahora se tengan vacuna o tratamiento efectivo. La pandemia amenaza también desde el exterior como una fuerza invisible e indomeñable que está en todas partes, pese a las barreras físicas que se implementan (cubrebocas, caretas, etc) los contagios continúan con incontenibles rebrotes. Y por último, en tanto que se transmite entre humanos, también los vínculos entre las personas se ven trastornados, se recomienda el aislamiento con todas las consecuencias que esto conlleva. El propio aislamiento pone en cuestión los vínculos y/o el confinamiento que produce la tensión de la diferencia.

Aun cuando la historia de la humanidad registra diversas epidemias y pandemias (también existen hermosas y estrujantes ficciones literarias sobre ellas: La peste de Camus, Ensayo sobre la ceguera de Saramago, etc), ninguna como la que hoy nos aqueja ha adquirido carácter universal y ha afectado todos los órdenes de la vida, la salud y la economía principalmente, tanto en lo social como en lo individual y, desde luego con enigmáticas afecciones en lo subjetivo e intersubjetivo en diversa medida. El carácter universal de la pandemia está dado por muchas circunstancias, desde luego por la movilidad social factible por todo el mundo, pero fundamentalmente porque estamos organizados como humanidad por la economía global que determina en buena medida las formas políticas en que nos vinculamos.

En diversas medidas, cada sujeto se ve convocado a responder, quizá de manera inédita, ante la pandemia en tanto que afecta nuestros hábitos de convivencia y trabajo. El confinamiento produce un quiebre en las continuidades y ahí, lo sabemos, la división del sujeto se pone en cuestión. El miedo, la angustia, la desesperación emergen y se reclama una respuesta del sujeto, una respuesta que no cuenta con el sostén del Otro que muestra, más que nunca, su carácter de inexistencia. Los saberes que hasta ahora nos habían organizado son puestos en jaque y nos convocan a reinventarnos, a reconstruirnos y a proponer otras lecturas de nosotros mismos que, acaso, nos lleven a otra forma de estar en el mundo.

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