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Correspondencia

· febrero 18, 2016

Víctor Hugo Pérez Nieto

Llevaba su valija al hombro y ya casi había terminado de entregar la correspondencia, únicamente había un paquete dentro del maletín, era seguramente carta de amor o algún asunto de mucha trascendencia. Él no lo sabía por el olor, ni por el color pastel de los legajos, menos por los trazos de la tinta en los remitentes o los sellos de cera o papel protegiendo su integridad. Él estuvo predestinado a ser cartero desde el vientre de su madre y sentía una opresión en el pecho cuando algún mensaje era de suma importancia, por eso dejó para el final aquel pliego envuelto. Pero el destino a veces es tendencioso y se vale de muchos medios para lograr un fin, algunos de ellos trágicos. Recordemos: el destino carece de corazón.

Al doblar una esquina montado en su bicicleta, Bruno, como se llamaba el cartero, se encontró de frente con una patrulla que acudía a un llamado de emergencia. Tan sumido estaba en sus pensamientos que no escuchó la sirena y chocó en la cajuela del auto, rebotó y cayó de bruces en el pavimento. En la misma patrulla lo subieron y lo llevaron al hospital pero nada se pudo hacer, murió tres horas después del accidente. A la esposa le entregaron su reloj, su cartera con los cien pesos que llevaba para la cena y el morral de cuero que contenía el último correo dentro. No obstante, fue tan grande la pena que embargaba a la familia de Bruno, que arrumbaron sus pertenencias en el armario sin ganas de saber de ellas.

Décadas después, Mónica, la nieta de Bruno, encontró en el desván el morral de cuero y al abrirlo miró el paquete. Alguien le platicó que antes la gente escribía en un papel que se doblaba y embalaba, salía a la calle, tomaba taxi, metro o autobús; compraba estampillas, las pegaba al sobre, lo metía al buzón y regresaba a casa a esperar semanas, a veces años por una contestación. Todo para enviar un mensaje o una foto como las que ella recibía a diario multiplicado por cien en su ordenador. Le parecía imposible, ¡lo máximo del desperdicio de tiempo! Por eso tal vez sintió curiosidad al ver la carta y el destinatario:

“Amanda Villalobos Paredes, calle del Águila #20, colonia San Rafael.”

El domicilio quedaba a cinco cuadras de su hogar. Del remitente nada entendió pues venía en francés.

Tal vez ella estaba predestinada a ser mensajera como su abuelo; le parecía una labor muy loable, sobre todo cuando se portaban buenas noticias.

Decidida a terminar el trabajo pendiente de su ancestro llegó a la dirección con el legajo en la mano. La construcción de almenas y alféizares era una vetusta mansión porfiriana que ocupaba toda la cuadra. Más bien parecía “la pavorosa casa de Usher”. Cuando manipuló por la brida el toro de bronce que había de aldaba, chirrió el pesado postigo del portón en un quejido de gato agonizante y una mucama le abrió. Le sorprendió la intemporalidad de ver una muchacha tan joven ahí, quien sin preguntarle nada, de modo familiar la condujo a un sillón bajo la pérgola del jardín, donde reposaba una mujer muy vieja conectada a un tanque de oxígeno. Entre el sonido del borboteo del aire en el agua indagó:

—¿Señora Amanda?

La mujer tenía el rostro craquelado y la mirada velada por las cataratas del tiempo cuando se dejan venir como un abismo marino recién abierto.

—¡Señorita! —contestó la anciana a sesidos—, nunca he tenido hombre. Siempre esperé que el amor tocara mi puerta con toda su gloria. Resultó vano.

En ese momento se retiró la mascarilla, tomó el cigarrillo encendido que tenía al lado suyo sobre un cenicero y le dio una profunda calada a través de la boquilla nacarada. “Dios mío” pensó Mónica mientras se imaginaba a la oruga opiómana de Alicia en el País de las Maravillas, “esta señora ni muerta dejará el vicio”.

La vieja seguía fumando e inhalando oxígeno de manera intermitente entre estertores que despedían un fino esputo sanguinolento. Cada que expulsaba el humo, en vez de placer se le miraba dolor.

—El tabaco mata —se atrevió a murmurar Mónica con voz apocada.

—La vida también mata y es más efectiva muchacha, ¿a qué has venido?

—Le traigo un paquete —dijo mientras sacaba tímidamente de su chaqueta la envoltura tamaño oficio con su domicilio impreso.

La anciana lo tomó, y mientras lo escudriñaba detenidamente a través de sus nubosidades oculares musitó alebrestada:

—Los parches de nicotina que encargué de Europa hace 30 años… en verdad… esta mierda irredenta de servicio postal sí que es pésima, ¡me asesinarán de rabia!

——

El autor nació en Acámbaro, Guanajuato, en 1973. Fue ganador del XV Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia con la novela Feralis, publicada por editorial La Rana (2013) y Ediciones Oblicuas de Barcelona, España (2014). Su obra ha sido también acogida en libros y revistas literarias. Entre los más destacados se encuentra Alebrije de Palabras (2013), Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

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