Fabiola Morales Gasca
Al escritor le gustaba hacer novelas eróticas, detestables. Su pluma tenía la virtud de ser incansable sobre las hojas blancas. Su corrector lo censuraba, pero como es sabido por todos, lo prohibido atrae más. Así que no le quedaba otro remedio que corregir. Después de las revisiones, rezaba cincuenta rosarios y treinta padres nuestros. Al depravado escritor un día se le acabó la tinta y empezó a escribir con su propia sangre: las novelas fueron entonces blancas, puras, llevaban a la santidad con sólo leer las primeras páginas.
Su corrector asombrado aún más ante el nuevo estilo, después de corregir cada novela terminaba haciendo las mejores orgías que jamás ese pueblo conoció.









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