Miguel Samsa
Tal vez el punto más desconcertante en la obra de Henrik Vikander (Gotemburgo, 1764-Ámsterdam, 1823) haya sido su radical descalificación de todo proyecto educativo, que inició como una serie de comentarios dispersos en cartas y artículos periodísticos que, posteriormente, dieron forma a La educación como sometimiento, publicado en Ámsterdam, hacia 1819, por su amigo y editor Hubert Singleton.
La obra de Vikander, descendiente de una familia de inmigrantes y comerciantes neerlandeses, fue, a juzgar por los testimonios existentes, variopinta y dispersa. Si bien en su juventud comulgó con los principios de la Ilustración y fue un ferviente lector del Emilio de Rousseau (como Singleton lo plasma en el prólogo a la recopilación de los artículos de su amigo), terminó por distanciarse de esos ideales e iniciar una feroz campaña en contra de las escuelas públicas.
De Rousseau, Vikander sostuvo a lo largo de su vida la confianza en la bondad natural del ser humano y el efecto nocivo que sobre este carácter tiene la vida en sociedad. “Si se le permitiera a cada individuo desarrollarse sin intervención alguna sobre su carácter [sostenía en diferentes puntos de su obra], alcanzaría niveles de beatitud por encima de los naturales de América, de quienes se dice que vivían en estado de absoluta gracia y felicidad.”
El ser humano está, pues, dotado ya de una sabiduría natural que le permitiría vivir de manera armónica y justa con sus semejantes si no le fueran impuestas por el Estado normas y patrones de conducta ajenos a estas tendencias. Pues el Estado —y aquí es donde Vikander se separa de Rousseau— es la perversión de la natural tendencia de los hombres a vivir juntos y a realizar de manera común las tareas necesarias para su subsistencia y protección.
El temor a las fieras y a las hambrunas son las causas hipotéticas presentadas por Vikander para explicar la creación del Estado por parte de los hombres. Enfrentar estas amenazas trajo como consecuencia el surgimiento de la codicia y, con ella, el deseo de controlar por parte de unos cuantos, la voluntad y decisiones de la mayoría.
La natural sabiduría de los individuos pasó entonces a ser desplazada por la instrucción: a medida que los grupos sociales crecieron en tamaño y poderío, fue necesario desarrollar medios para someter sus voluntades y encaminarlas en la dirección requerida por el monarca. Los dogmas religiosos y los sistemas educativos fueron, según el autor, los medios más eficaces para moldear el pensamiento de los seres humanos y dirigir sus acciones en función de las necesidades del Estado.
Singleton refiere que, tras el triunfo de la Revolución en Francia, Vikander decidió regresar a París —donde había pasado algunos años de su juventud—, entusiasmado ante la posibilidad de tomar parte en la creación del nuevo régimen republicano. Su enorme confianza en las posibilidades de construir una sociedad idílica tras la caída de la monarquía se vino abajo muy pronto ante los excesos del nuevo régimen, las pugnas y persecuciones, las ejecuciones y, de manera particular, la estricta censura contra las ideas y publicaciones.
Vikander había estado convencido de que difundir las ideas modernas y los nuevos conocimientos científicos terminaría por liberar las mentes de los hombres del fanatismo y las supersticiones religiosas que los habían mantenido cautivos durante tantos siglos.
Sin embargo, esos años en una Francia dominada por el régimen del Terror era un escenario muy diferente del que había soñado: los antiguos fanatismos habían sido desplazados por otro, que no por parecer más racional era menos peligroso. “¿Cuál es la diferencia entre las ejecuciones cometidas en este momento y aquellas de hace dos siglos entre hugonotes y católicos? Sólo que en éstas la Razón ocupa el lugar de la Fe.”
La Ilustración, al tratar de encauzar la mente de los hombres hacia un puñado de ideales —concluyó Vikander— sólo había desencadenado nuevas masacres y caos.
Una breve temporada en Prusia hacia finales del XVIII reforzó sus rechazo hacia la educación: los métodos de instrucción en las escuelas públicas, tan similares a los utilizados en los cuarteles militares, le resultaron semejantes a los métodos de adiestramiento canino utilizados por los cazadores: “Así como se les enseña a los perros a obedecer la voz del amo y actuar en consecuencia de sus órdenes, así se procede con los niños en las escuelas, sujetos a horarios estrictos, a adoptar las posturas corporales consideradas más convenientes para el aprendizaje, a aceptar las afirmaciones del profesor que, a su vez, no son más que repeticiones de los libros de texto y que apenas si contienen un compilado de elementos y muy distorsionado de los principios racionales y científicos que se supone deberían convertirnos en hombre libres.”
Vikander emprendió entonces su cruzada personal en contra de todo sistema de instrucción, al considerar que su única finalidad era moldear la mente de los individuos para ponerla al servicio de los intereses del Estado. En una sociedad ideal, aseguraba, la inteligencia y sabiduría de cada persona afloraría de manera espontánea, como las flores silvestres, dada la tendencia natural del Hombre hacia el bien.









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