Javier Padilla
Todos los espíritus se inclinaron en respetuosa reverencia ante la gran señora Mictecacihuatl, diosa del Mictlán, ataviada con su elegante rebozo y mortaja negros. Todo era emoción e incertidumbre para las almas; se acercaba la noche de Mictlantecuhtli y se les daría permiso de salir de su subterráneo mundo, para visitar a sus seres vivos, cenar y tomar una jícara de pulque con ellos, que estarían en el campo destinado a los muertos en las afueras de la gran Tenochtitlan.
Salir del mundo de la oscuridad es complicado y todas las almas lo saben: la señora del inframundo sólo les da permiso de salir, pero su esposo, Mictlantecuhtli, no lo autoriza. Sin embargo, para no entrar en conflicto con su amada, otorga los permisos para que todos los muertos salgan, aunque éstos saben que el dios del inframundo controla las entradas a ese mundo de los muertos.
Tanto en la salida como en la entrada del mundo oscuro hay muchos horrores, aun para los que no están vivos: pequeñas esferas de brillante obsidiana los golpean fuertemente y los espíritus sienten el dolor como si su cuerpo estuviera vivo, y desde lo más profundo y denso de la oscuridad extrañas criaturas se agitan y reptan hacia las indefensas almas.
Los espíritus escuchan la atronadora voz de su ama y señora, que les habló:
—Queridas almas, hijos de la noche y del inframundo: mi esposo y gran señor del mundo oscuro, me autorizó otorgarles el permiso de salir por una sola noche, porque es el día de su onomástico. Así que tendrán que luchar con todos los inconvenientes que les esperan en su camino de salida de aquí. Ya que el dios del inframundo no quiso quitar los obstáculos de entrada a su reino. Les tratarán de evitar la salida. Pero el que quiera salir puede hacerlo; tienen mi venia.
Una vez que habló la diosa del mundo de los muertos desapareció en una espesa nube negra y todos los espíritus se llenaron de alegría: iban a salir y disfrutar del mundo de los vivos.
Llegó la esperada noche y muchas de las almas se aprestaron a salir para estar con los del mundo de arriba. Después de muchos castigos, golpes e intenso miedo alcanzaron la salida del oscuro mundo. Sólo que no contaban que desde que murieron hasta esta noche había pasado centenares de años, así que entraron en un mundo desconocido, ruidoso, extraño.
—Ahora que ya estamos aquí —dijo el alma que lideraba un pequeño grupo de almas— debemos de aprovechar, porque van a pasar otros muchísimos tiempos para que nos den un nuevo permiso. Además, tanto trabajo que nos costó salir de nuestro nebuloso mundo…
Caminaron por una iluminada calle cuando oyen la algarabía de una fiesta de las que hoy llaman Halloween. Todos los asistentes iban muy bien maquillados y disfrazados de fantasmas, cadáveres en descomposición, demonios y catrinas.
—¡Mira tú! Una reunión de almas como nosotros —dijo el espíritu líder.
—¡Sí! —contestaron todos.
En ese momento una encantadora bruja de negra minifalda les dice:
—Hola. ¿Por qué no pasan ustedes, si vienen con disfraces perfectos? Pasen adelante, por favor.
Entran uno por uno a la fiesta y van directamente a la comida. Notan que no hay mole, ni gorditas de alverjón, ni tamales de charal de Texcoco. En su lugar hay sándwiches de jamón, galletas con queso y muchos cacahuates y charritos de botana… y ¡no hay pulque! Sólo cerveza, ron y tequila.
—Ya estamos aquí; disfrutemos —dijo a las almas otro espíritu.
—Mira qué raro danzan, y la música está retefea —dijo otra alma.
—Pos no dances, sólo come y toma algo de lo que te den —comentó otro más.
Se integraron a la alegre fiesta. Comieron y tomaron lo que jamás habían tomado en vida: cerveza, tequila y coca cola, cuando se percataron de que la noche estaba por terminar.
—Vámonos, se nos acaba el tiempo —dijo su líder.
Salieron rápido. ¿Pero adónde se dirigirían? No tuvieron la precaución de marcar su camino para el retorno.
—Llamemos a Mictlantecuhtli, nuestro dios y padre, para que nos guíe.
Prendieron una vela y llamaron a su dios. Entonces apareció una serpiente de cascabel blanca, que les señaló con su cabeza un campo de flores de cempasúchil, en donde, parado en un espejo de humo rojo y negro, apareció el dios Tezcatlipoca, Señor de la Noche.
Les dijo el Señor de la Noche:
—Sigan el olor de las moscas verdes, ellas los llevarán a su oscura morada.
—Mi señor, pero en dónde las encontraremos, si aquí no vemos ninguna —dijo el líder de las almas perdidas.
Oyeron la voz ronca y gruesa del dios, quien dijo:
—Alguna noche las encontrarán, o ellas vendrán a ustedes en su tiempo de volver.
Los espíritus supieron que siempre su diosa madre los protegería. Esperarían encontrar moscas verdes que despidieran algún aroma para poder seguirlas. Mientras, en la gran Ciudad de México se incrementaron los sustos en las calles oscuras por espíritus errabundos, de esos que aparecen por las noches y preguntan, con voz espectral:
—¿Sabe dónde hay moscas verdes?









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