Maritza Flores Hernández
Quien es capaz de construir lo invisible tiene la oportunidad de ver realizados sus sueños y de transformar al mundo. Los niños, los científicos, lo poetas, incluso los astronautas, pueden edificar lo que nadie ve o lo que aún no ha sido visto. Desde luego, los padres de todos ellos también confían en esta posibilidad de lo invisible.
Cuando se tiene a cargo la educación de un niño, la responsabilidad acelera el ritmo de los corazones; también el de los pies y el de las manos, porque andamos detrás de nuestros hijos, aunque ellos nos hagan creer que somos los perseguidos.
Nuestra vista y oído se aguzan. ¿Cuán veloz puede ser un pequeño al que le llevamos 20, 30 o 40 años de edad? Estoy segura que va más rápido que la velocidad de la luz, y entonces, tenemos que hacer uso de la imaginación y de lo oculto para adelantarnos al pequeño que, como un tren, avanza por paisajes inesperados.
Para ello, nada como la poesía dedicada a los niños, pero que los grandes también disfrutan.
Ana Romero, en su poema Los trenes, narra:
Los trenes que no existen
esperan que los inventes
toma un compás y haz las llantas
que te queden redonditas
coge el vapor que te sobró hoy en la mañana
amásalo en bolitas
ponlo luego a reposar.
Las máquinas son sencillas
al carbón nada le falta
si acaso una pizca tuya
de esas que arden de un soplido
¡llama al aire de tu boca!
que el tren ya quiere silbar.
Ahora falta alguna hoguera
tú la enciendes
luego el fuego no se va.
La poetisa y escritora mexicana Ana Romero, escribe con un vocabulario sencillo, lo que representa la posibilidad, tanto para adultos como niños, de compartir un rato de calma y, al mismo tiempo, la oportunidad para descubrir el don de la vida.
Todo lo que Usted tiene que hacer es seguir las instrucciones:
—Elaborar con un compás las llantas del tren. Lo que para un niño que está en edad de aprender es fácil. Por si acaso Usted no fuera un escolar, entonces sólo le hace falta recordar que está en sus manos hacerlo, porque es algo que aprendió en la escuela,
—No se trata de dibujar cualquier tren. Del que se habla parece de juguete; ya que es inmaterial y, por lo tanto, garantiza que tiene el poder de hacer muchas cosas, por ejemplo marchar en el aire, llevar vacas, granos o extraterrestres.
—Como requiere del aliento de su constructor (o sea de Usted) para empezar a silbar, entonces únicamente deberá tomar “…el vapor que te sobró hoy en la mañana…”, porque ese vapor es el que acumuló durante el descanso, es el soplo de la vida. Recuerde, el creador insufla toda clase de parabienes a su creación, no hay obstáculos ni límites,
—La máquina del tren no es complicada, es suficiente una simple prefiguración; e
—Importantísimo: no debe faltar la hoguera. Recuerde, sólo el constructor puede encenderla. Porque él es el calor y luz de esta máquina impalpable e imparable; es el hogar donde nace y origina esta invención; sin ella no puede andar.
Atrévase a dar un salto a la fantasía. Aproveche su innata imaginación —nos referimos a la del niño— e inventen juntos muchas aventuras.
Esta poesía, como muchas otras pensadas en los niños, da la libertad de seguir la cadencia natural de los sonidos. Sólo déjese llevar por ellos y, con la misma armonía con que el tren prolonga su vida hacia nuevos horizontes, Usted vaya tejiendo tareas y retos distintos. Tal vez pueda replantearse su actual oficio, la manera en que hace ejercicio, el modo en que mira el vapor que sale de su ser todas las mañanas, cuando se enfrenta, igual que su hijo, a la expectativa de ser o no ser.
Ya sea que se anticipe o no a los tiempos, la poesía de Romero nos ayuda a preguntarnos por el significado de las cosas, pues nos presenta una retahíla de cosas simples pero profundas, en las que debemos participar con valentía y entereza.
Lo anterior incluye dejar que nuestros hijos, los niños del presente y los hombres del futuro, se permitan concebir un sueño y hacerlo realidad.
¿Ya pensó cómo es su tren invisible? ¿Qué carga nueva llevará?








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