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Constelaciones de libros

· noviembre 11, 2016

 

Gabriel Zaid

 

Hay más libros que estrellas en una noche en alta mar. En esa inmensidad, ¿cómo puede un lector encontrar su constelación personal, esos libros que mueven su vida a conversar con el universo? Y ¿cómo puede un libro, entre millones, encontrar sus lectores?

Las estrellas visibles no llegan a diez mil, pero hay sesenta millones de libros. Un lector prodigio o un lector profesional, que ve libros con propósitos especiales, pueden llegar a manejar unos diez mil (200 por semana, 50 años). Un lector por gusto, que lee atentamente, reflexiona, habla animadamente con otros lectores, recuerda lo leído y relee puede volverse amigo de un millar de libros a lo largo de su vida, y nada más. Ese millar varía de unos lectores a otros, con lecturas comunes (si no, sería imposible conversar). Cada lector va encontrando su millar.

La amistad con un libro puede surgir por un accidente afortunado y extenderse a otros libros mencionados por el autor. O por el testimonio de amigos o personas con autoridad intelectual que contagian su entusiasmo por un libro, o apoyan el entusiasmo del joven lector: Si te gustó ese libro, estos otros pueden interesarte. O por el ambiente estimulante de una librería o biblioteca que invitan a explorar.

Un maestro de escuela que se volvió librero prosperó ayudando a muchos clientes habituales con un método imposible. Revisaba los catálogos que recibía de los editores, adivinaba qué le interesaría a quién y apostaba con una puntería casi infalible. Compraba el libro equis para el lector zeta, y cuando éste llegaba y se ponía a explorar las novedades, hacía el descubrimiento feliz: un libro que le interesaba. Naturalmente, si el encuentro no se producía, el libro se quedaba ahí. De hecho, el método consistía en anticiparse a los deseos de un conjunto de lectores y arriesgarse a pagar el costo de fallar.

A los lectores (ya no se diga a los autores) nos molesta no encontrar los libros que quisiéramos ver: precisamente ahí, en el momento. Nos parece normal, bajo el supuesto implícito de una distribución exhaustiva que hace llegar todos los libros a todos los puntos del universo. Pero hay más de un millón de puntos en el mundo donde se venden o se prestan libros. Tener un ejemplar en cada uno rebasa la producción vendible del 99.9% de los títulos. Y, recíprocamente, no hay punto del universo (ni siquiera la Biblioteca del Congreso) donde puedan estar todos los libros.

La distribución es necesariamente incompleta y azarosa. Escribir, publicar y distribuir libros es como lanzar mensajes en botellas al mar: su destino es incierto. Y, sin embargo, una y otra vez, se produce el milagro: un libro encuentra su lector, un lector encuentra su libro. Es un milagro, algo que no se puede exigir. Uno se resiste a creer qué improbable es encontrar su libro: el que busca porque sabe que existe, el que busca sin saber si existe, el que ni siquiera sabe que busca, hasta que lo ve. La suerte y la adivinación tienen un papel decisivo.

En 1936, Gone with the wind de Margaret Mitchell (en la cual se basa la película Lo que el viento se llevó) se convirtió en la primera novela que vendió un millón de ejemplares en un año. Alexandra Ripley batió ese récord escribiendo una continuación (Scarlett) que vendió 2.2 millones en los últimos cien días de 1991. Fue “la novela más rápidamente vendida de todos los tiempos y la más rápidamente olvidada” (Michael Korda, Making the listo A cultural history of the American best-seller, 1900-1999). Este máximo histórico promedió 22000 ejemplares diarios, 154000 por semana. Pero, según John Tebbel (Between covers: The rise and transformation of American publishing), por entonces había en los Estados Unidos “más de 100000 puntos de venta de libros: librerías, supermercados y puestos de periódicos”. Lo cual quiere decir (restando clubes de libros, ventas por correo, exportación) que las ventas por punto de venta en esos cien días extraordinarios alcanzaron un máximo histórico de un ejemplar por semana.

Si Scarlett hubiese vendido la décima parte (220000 ejemplares), no dejaría de ser un bestseller, con ventas de un ejemplar cada diez semanas por punto de venta. Y en el caso de haber vendido la centésima parte (22000 ejemplares), que sería impresionante para una novela de vanguardia, la venta promedio por punto se reduciría a un ejemplar cada dos años. Claro que una novela de vanguardia no sería aceptada en 100000 puntos (lo cual, por otra parte, exigiría imprimir cuando menos 100000 ejemplares para vender 22000), y que tampoco esperarían dos años para vender un ejemplar: lo devolverían rápidamente. Y claro que ningún editor imprimiría 100000 ejemplares de una novela de vanguardia, para recibidos casi todos devueltos y enviados al picadero. Si es conservador, imprimiría 1000; y si es optimista 3000. O sea que, en el supuesto optimista, la novela no estaría en el 97% o más de los puntos de venta.

Por eso la distribución es caótica: porque no puede ser exhaustiva y porque no es tan fácil adivinar dónde ni cuándo va a llegar el posible comprador. En cada uno de los puntos de venta, la demanda es mínima y sumamente aleatoria. Las ventas normales no llegan ni remotamente al máximo histórico (un ejemplar por semana, en promedio). Aun limitándose a distribuir en librerías, no es fácil estudiar una por una, apostar y atinar: tener el libro esperando precisamente en el lugar y momento ideales para el lector que lo busque o lo descubra. No es fácil adivinar en dónde sí y en dónde no va a producirse el encuentro feliz para el lector, para el librero y para el editor.

Es imposible que todos los libros estén en todos los puntos de venta. En la práctica, se coloca un ejemplar aquí, ninguno allá o varios (en puntos excepcionales); se duda en resurtir o no el que se vendió, en devolver o no el que no se ha vendido; se multiplican estas decisiones para miles de títulos en todos los puntos de venta y se acaba en la situación normal: un desastre. Aquí hay un ejemplar que no encuentra a su lector, allá un lector que no encuentra su libro.

Una buena librería general que ofrezca 30000 títulos no tiene ni el 1 % de los que hay en venta. Bajo el supuesto de que todos los otros tuvieran la misma demanda, la probabilidad de no tener alguno es superior al 99%. Si, en estas circunstancias, llegara un desconocido con los ojos vendados a encargarse de la librería y, ante cualquier solicitud, respondiera: “No lo tenemos”, acertaría en el 99% de los casos.

En la práctica, el servicio falla en un porcentaje menor, porque la demanda no es tan dispersa (no es igual para todos los libros): se concentra en algunos libros; porque el librero la anticipa, con cierto grado de acierto, y además la atrae, dándole a su librería un perfil definido; y, finalmente, porque el lector ajusta sus expectativas al perfil de la librería. El ajuste es recíproco: el librero imagina las constelaciones de libros ideales para sus clientes y va creando un perfil que atrae a clientes con expectativas afines.

En una buena librería, la oferta y la demanda son aleatorias, pero no caóticas: tienen fisonomía, una identidad reconocible, como las constelaciones. Las probabilidades mejoran por la claridad del perfil, por la diligencia y puntería del librero, por el tamaño del conjunto. Unos cuantos miles de títulos pueden ser muy atractivos para el lector, si incluyen todo lo que le interesa.

Hay totalidades redondas en pequeña escala. Son como una lista de libros recomendados o una bibliografía completa sobre un tema. Hay editoriales de prestigio que tienen un catálogo atractivo, aunque se limite a docenas o cientos de libros, cantidad ridícula en comparación con el surtido de cualquier librería. Lo importante es la fisonomía del conjunto, con respecto a cierto tema, criterio, localidad, clientela. Una pequeña cantidad bien configurada puede ser prácticamente exhaustiva para ciertas constelaciones y producir más encuentros felices que una cantidad mucho mayor, pero amorfa. En esto, las librerías y bibliotecas tienen mayores oportunidades de redondear un buen “catálogo”, porque pueden ofrecer títulos afines de muy diversas editoriales, cosa imposible para el editor.

Por lo mismo, una librería monográfica de 3000 títulos necesita un perfil más definido y una puntería más exacta que una librería general de 30000. La puntería máxima es necesaria cuando el conjunto se define (como en el caso del maestro librero) en función de una comunidad de lectores. Por el contrario, en una librería enciclopédica, como Amazon, no hace falta mucha puntería: las probabilidades aumentan por la mera amplitud del acervo. Aunque no en cualquier escala. Una vez que existe Amazon, una librería enciclopédica diez veces menor se vuelve poco atractiva, como enciclopedia general. Puede serlo como enciclopedia especializada (médica, por ejemplo). Fuera de excepciones como Amazon (con millones de títulos), pesa más el factor constelación que el factor escala.

Sólo hay dos soluciones para un servicio perfecto: o tener todos los libros o tener un adivino. La ventaja del adivino es que la inversión se reduce a una cantidad ridícula: bastaría con tener precisamente aquellos libros que van a ser pedidos hoy. El cliente descubriría que todo lo que iba a comprar (o iba a tener el impulso de comprar) estaba ahí, esperándolo; y en los anaqueles no habría un libro de más. Como esto es imposible, en la práctica se intenta medio tener de todo y medio adivinar, con resultados lamentables para el lector y el librero: lo que hay no se pide, lo que se pide no hay.

Cada lector es un mundo: no hay dos bibliotecas personales idénticas. El número de libros es prácticamente infinito, pero los recursos del librero son finitos. Las probabilidades de asignar recursos a un conjunto de libros que nadie va a pedir son muy grandes. Por eso, las librerías son negocios difíciles. Si el librero compra un libro que se vende pronto, y con los recursos recuperados y aumentados compra un libro que se vende pronto, y así sucesivamente, entra en un círculo virtuoso de expansión y servicio: gana dinero, mejora el surtido y aumenta el número de encuentros felices. Pero si compra un libro que no se vende, aunque tenga derecho a devolverlo al editor, el círculo es vicioso: no vende ése, ni todos los que hubiera vendido, en ciclos sucesivos, mientras no tenga disponible la inversión asignada al libro que no se mueve.

Si puede devolverlo, pierde los gastos de empaque y envío, además del tiempo y el espacio que dedicó a ofrecer un título que a nadie interesó. Su capacidad de servicio falló ante el lector y el editor, con todas las consecuencias negativas para las tres partes. La situación es peor, si no puede devolverlo. El presupuesto disponible para nuevas compras se contrae, el surtido envejece y genera cada vez menos tráfico: los clientes encuentran cada vez menos novedades y dejan de ir; se vende menos, pero los gastos no disminuyen; el reducido acervo que realmente se mueve y genera ingresos carga con el acervo muerto y acaba aplastado por esa carga: los ingresos se vuelven insuficientes para renovar el surtido, pagar los gastos y cubrir los adeudos.

Lo más notable de estas quiebras es que pueden darse con estantes cargados de libros buenos y excelentes. Pero ¿qué es un libro bueno y excelente donde nadie sabe que está, o nadie va a pedirlo? Fuera del lugar, del momento, en que va a producirse el encuentro feliz con su lector, un libro no vale ni el papel en que está impreso: es basura dispersa por las calles, flotante en el mar. Su contenido útil se reduce a la celulosa recuperable.

Los mejores libros pueden convertirse en basura, dispersándolos al azar entre librerías, bibliotecas o catálogos editoriales donde no encajan; o desordenándolos donde están; o escondiéndolos en un local de difícil acceso: con estorbos físicos, de horario, de trámite; o diciendo que no están, cuando están. También pueden convertirse en basura por el simple hecho de estar en acervos raquíticos: nadie va a una librería o biblioteca sin surtido o sin sentido. Un libro fuera de la constelación en la cual tiene sentido es un libro huérfano.

Hay demasiados libros, y casi todos cuestan menos que el trabajo de buscarlos inútilmente en muchas partes; menos que el costo de hacerlos llegar hasta el último de sus lectores potenciales. El encuentro feliz puede ser incosteable. ¿Cuánto tiempo se puede dedicar a la compra o venta de un solo ejemplar? Los costos de administrar la transacción son desproporcionados para una transacción tan pequeña. Un libro perdido en el caos está perdido sin esperanza alguna. ¿Quién va a fletar una costosa expedición para localizarlo y rescatarlo?

Por eso, la exigencia fundamental para el editor, el librero y el bibliotecario es que el conjunto de los libros que ofrezcan al lector sea informativo por su propia forma: tenga un perfil definido, donde esté claro qué encaja y qué no encaja. Un perfil definido llama la atención por sí mismo y orienta al que busca. Ahí está el secreto de la imantación que producen ciertos conjuntos: el ruido se convierte en música, las estrellas dispersas adquieren fisonomía, nombre y hasta leyendas, en constelaciones reconocibles que orientan la navegación. Los buenos conjuntos rescatan los libros perdidos en el caos, y generan el mayor número de encuentros felices al menor costo posible; mucho tráfico de lectores y mucha rotación de libros por unidad de inversión, de gastos fijos y de viajes de búsqueda.

Un libro puesto donde corresponde mejora la atracción del conjunto y es apoyado por el conjunto para encontrar a sus lectores. Así también los textos de una buena revista se refuerzan unos a otros y la vuelven atractiva como una constelación interesante para animar la conversación de un conjunto de autores y lectores. Si lo que ofrece una revista (librería, biblioteca, editorial) es caótico, el lector tiene que hacer la tarea que no hizo el editor (librero, bibliotecario): pepenar, con la esperanza de encontrar un milagro perdido entre la basura. Pero el costo es tan alto que, finalmente, desanima.

La creatividad del editor, librero, bibliotecario, maestro, antologador, crítico, bibliógrafo, hace con los textos que no son suyos lo mismo que el autor hace con las palabras que no son suyas: conjuntos significativos y atractivos. Las constelaciones bien organizadas crean valor agregado, suben de nivel la vida intelectual. Sin esa capacidad de organizar constelaciones que animen la vida personal y social, todo se vuelve ruido, desolación, basura.

Nos sentimos molestos de no encontrar un libro que debería estar donde no está. Acusamos a los libreros de ineptos, si no de conspiradores contra ese libro maravilloso que debería estar en todo punto del universo. En una gran librería que frecuentaba y llegué a saberme de memoria, me daba una satisfacción absurda señalarle a un cliente dónde estaba un libro que “no había”, según acababan de decide. Hasta que, a fuerza de observar a los libreros, de hacerme amigo de algunos y de reflexionar en sus problemas, caí en la cuenta de que su papel es imposible. Habiendo, como hay, libreros admirables y libreros ineptos, el problema de fondo rebasa la capacidad personal. Enfadarse porque no hay un libro es enfadarse con el azar.

Más bien, hay que alegrarse por el azar: salir a su encuentro, celebrado; explorar las librerías a la expectativa de un milagro. “Si no esperas lo inesperado —dijo Heráclito—, no lo encontrarás.” En las travesías por islas de anaqueles sobrecargados, en las playas desiertas y hasta en los basureros flotantes que oscilan en los muelles, puede venir nadando el encuentro feliz: esa botella al mar que estabas esperando.

——

Los demasiados libros (Debolsillo, México, 2010).

 

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