Arthur Schopenhauer
La mayoría de los hombres se parecen a las falsas castañas, que tienen la apariencia de las verdaderas pero son totalmente incomestibles. (Así se dice en el Kural de Tiruvalluver: “El pueblo llano se parece a las personas; ¡nunca he visto algo que se les parezca tanto!” Muchos hombres son una amalgama de maldad y estulticia, las cuales, por esa misma razón, son difíciles de diferenciar en ellos. La expresión inglesa a dull socundrel [un pillo tonto] es la que mejor los describe. Goethe… anotó en mi álbum, muy en consonancia con su carácter:
“Si quieres disfrutar de tu valor,
también debes darle valor al mundo.”
Yo, en cambio, prefiero pensar con Chamfort:
“Es preferible dejar que los hombres sean lo que son, que tomarlos por lo que no son.”
Rien de si riche qu’un grand soi-méme! “¡Nada hay tan rico como un gran yo!” Casi cualquier contacto con la gente es una contaminación, un défilement [degradación]. Dada la naturaleza de la gente, quien a lo largo de su vida entera tenga lo menos posible que ver con ella puede contarse como el más sabio. Goethe deploraba lo contrario, en Eckermann. Uno debe estar imbuido de la convicción, y no olvidarla nunca, de que ha descendido a un mundo poblado de seres moral e intelectualmente lamentables que le son extraños, y a los que debe evitar a toda costa; debe considerarse a sí mismo como un brahmán entre sudras y parias, y actuar en consecuencia. A los pocos que son mejores se los debe estimar y honrar en la medida en que lo sean. Uno nace para aleccionar al resto, no para acompañarlos. Debemos acostumbrarnos a ver a los demás como una especie extraña, que sólo es la materia receptora de nuestra actividad. Su constitución paupérrima en lo moral e intelectual debería ser para nosotros tema de reflexión diaria, y no deberíamos olvidar que no los necesitamos y que podemos mantenerlos a raya. Como aun el peor y más limitado de ellos es nuestro semejante en muchos aspectos, tanto psíquicos como morales, algunos tratarán de hacer énfasis en estos últimos y ocultar lo que nos hace mejores a nosotros. Y como aquellas gentes no respetan otra cosa que el poder y la violencia, no queda más remedio que desarmarlas o eludirlas. Debido a la envidia inherente a la naturaleza humana es inevitable que quienes carecen de ingenio y destreza alberguen una animadversión recóndita contra quienes se hallan más elevados que ellos; y que los viles y rechazados envidien a los honestos y los nobles, por más que a veces hayan cosechado beneficios y distracciones de estas víctimas de su resentimiento secreto, y con ese propósito hayan buscado su compañía. Asimismo también deben comenzar a despreciar en silencio a estos últimos quienes en vano se afanan por encontrar la misma nobleza de ideales o el mismo grado de claridad de inteligencia que ellos mismos poseen. En eso consiste el doble aislamiento de cualquier persona excelente; una vez que el bipes [bípedo] ha notado la superioridad de esta última, la disimula tan instintivamente como un insecto que se hace el muerto; pues la disimula ante sí mismo.
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Extracto de El arte de conocerse a sí mismo (Alianza Editorial, Madrid, 2008).









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