
Antonio Bello Quiroz
Como leídos con el sol de la tarde, los versos de Constantino P. Kavafis apenas nos permiten vislumbrar la inimaginable belleza de un cuerpo que parece estar eternamente a punto de realizar una proeza. En sus líneas el cuerpo se trasciende y transforma en deseo, la carne se envuelve en el inagotable deseo de cada noche: “Recuerda cuerpo, cuánto te amaron / no sólo los lechos que tuviste, sino también los deseos que brillaron abiertamente / en los ojos que te vieron, / las voces temblorosas que algún obstáculo frustró”, escribe el poeta. Y concluye el poema que da título a esta colaboración: “Recuerda los ojos que te vieron, / las voces que temblaron por ti. / Recuerda cuerpo”.
De recuerdos, de obstáculos, de inagotables frustraciones está compuesta la historia de Kavafis. La familia de línea materna era originaria de la comunidad turca de Constantinopla, de un barrio llamado El Fanar que vivía de la grandeza helena que ya los siglos habían devorado. La ciudad de Constantino es la misma donde enseñaron los pitagóricos, igual que Plotino. El mismo lugar donde Euclides escribió sus tratados de geometría.
La decadencia del padre de Kavafis es un fiel reflejo de la caída de la ciudad. De ser un rico comerciante, pasa sus últimos días detrás de un escritorio y muere en la completa miseria. Esa ciudad en decadencia y sus personajes, sin embargo, son profundamente amados por el poeta alejandrino. En su poesía establece un diálogo con sus antiguos dioses. Se vincula con ellos de forma íntima, casi melancólica, escéptica e incluso cínica. Rehace una memoria de lo no visto en sus líneas, con contemplativo dolor pero no con queja.
El poeta habita una ciudad inexistente: en su actualidad no encuentra, como ocurre con los aquejados de melancolía, nada que sostenga su existencia. Su búsqueda es nostalgia.
Con ese mismo escepticismo de la eterna espera, el poeta evoca la llegada de los bárbaros, que acaso pudieran salvar al pueblo de Alejandría: “… Por qué cayó la noche y los Bárbaros no llegaron / y gente que viene de la frontera / asegura que ya no existen los Bárbaros / y ahora, / ¿qué sucederá sin los Bárbaros?/ Estos hombres al menos ofrecían una solución”.
Esta espera deja al pueblo, y al poeta como su representante, en la espera interminable.
Kavafis, siendo un griego moderno, políglota, era un ardoroso amante del arte, sobre todo de la escultura. La poesía le permite hacerse escultor: con palabras, cual si fueran mármol, talla un cuerpo y lo muestra con efusividad: “Vean con atención esta Rea: venerable, arcaica. / vean a Pompeyo, a Mario / Emilio Pablo, / Escipión el Africano. / Es tan real la semejanza que pueden ser ellos mismos. / […] Pero hay una obra que prefiero, / a la cual más atención he dedicado; / en un cálido día de verano, / cuando mi mente se acercó al ideal soñé / vi en mis sueños a este joven… Hermes”.
El erotismo es la columna de su poesía, siempre en lucha con su moral cristiana, siempre en batalla con sus proscritos amores. Hace cada noche alabanza de su prohibido placer, y luego… “Jura con frecuencia empezar una vida nueva; / pero cuando llega la noche, con sus consejos, / tentaciones y promesas… / cuando viene la noche con sus instintos, / deseando, buscando / accede sonriente a su acostumbrado placer”.
Kavafis habla, vive en su poesía desde sus visiones eróticas, las cuales recomienda, por escasas, cuidar. Vive con la belleza con la que se llenaron sus ojos de tanto verla. Con su recuerdo constantemente recorre los bellos cuerpos de los efebos, esbeltos y de belleza acabada, que le amaron, y por haberle amado son ya inexistentes, son los que ya no son. Le escribe a los amores a los que no se puede acceder sino, como enseña Parménides, por la sensación.







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