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Cómo unir a los vengadores

· junio 2, 2016

José Luis Camacho Gazca

A la memoria de Stratford Caldecott (1953-2014)

 

En la Academia estamos acostumbrados a sesudas disertaciones sobre autores considerados relevantes en nuestras respectivas disciplinas. Escritores consagrados, poetas laureados y agudos filósofos se asoman en nuestros ensayos, dando a nuestros trabajos un dejo de profunda seriedad. Gravedad, le llamarán algunos. La Academia es generalmente solemne, engolada, poco amiga de chanzas o ligerezas. Cualquiera que viole este ambiente de trascendencia seguramente será tachado de transgresor, o en el mejor de los casos, de cómico. Si alguien se atreviera a usar historietas en su labor académica probablemente caería en alguna de esas categorías. ¿Por qué? Quizá porque estamos conscientes de que las historietas no son tan inocentes como pudiéramos pensar. Ya autores como Sharon Zukin nos han advertido del intento de distintas corporaciones de imponer un imaginario trasnacional unificado que genere grandes ganancias para la industria del entretenimiento. Disneyficación de la sociedad, un esfuerzo consciente de poblar las mentes infantiles con grandes sagas de diferentes personajes cuya intención principal es vender, y vender más, eventualmente. Este proceso sustituye la realidad por su doble caricaturizado, donde la emancipación es posible y los sueños se cumplen. Aunque en la vida real el Hombre Araña no detenga la mano del victimario, al verlo en la pantalla algo del alma del espectador queda restaurada, aunque sea por poco tiempo. Y puede parecer perverso. Que la gente vaya a la sala de cine a ver cómo un mundo en peligro se salva de su destrucción a punta de ingenio, puñetazos y destellos de gran poder puede ser perverso, pues ofrece una salvación caduca y, por lo tanto, falsa. Podríamos decir que para un académico serio, el mundo de las historietas, especialmente de superhéroes, puede parecer vano y pueril. El autor de fantasía, Stephen Lawhead, aborda el problema de la siguiente manera:

“Pronuncie ‘fantasía’ en una habitación abarrotada y salta la alarma. Lo sé porque debido a lo que escribo recibo cartas de estas gentes alarmadas continuamente. Para ellos, las palabras ficción y mentira son sinónimos indiferenciados. Puesto que, por definición la ficción no responde a hechos documentados, la ficción es por tanto falsa. Algo falso es una mentira. Todas las mentiras son malvadas. Luego: la ficción es malvada. Y la ficción más sospechosa de todas es (horror, horror) la fantasía escapista.”1

Con estos antecedentes, es poco probable que dichos contenidos de corte infantil se discutan en un evento de esta naturaleza. Sin embargo, hoy quisiera hablar de alguien que encontró un vínculo entre estos mundos de fantasía y la filosofía más seria: Stratford Caldecott (1953-2014). Nacido en Sudáfrica de padres intelectuales que emigraron a Inglaterra en protesta contra el apartheid, Caldecott creció en un ambiente agnóstico y plural. Sus padres, Oliver y Moira (literato y folclorista, respectivamente) nunca inculcaron en Stratford ninguna clase de credo. Con el tiempo, el joven Caldecott se interesó en el mundo de sus padres y decidió que su vocación deambularía entre la literatura y la filosofía. Psicólogo, filósofo y eventualmente Master of Arts por la Universidad de Oxford, residió en dicha universidad la mayor parte de su vida como profesor residente en el St Benet’s Hall. Ahí, Caldecott fundó varias publicaciones que giraban en torno a diferentes temas, especialmente los que tenían que ver con su área de especialización: el Movimiento de Oxford, entendido como el grupo literario encabezado por el cardenal John Henry Newman a finales del siglo XIX y los escritores de fantasía que eran herederos morales de dicho movimiento, conocidos como los Inklings. Su mayor logro fue la fundación del Centre for Faith & Culture en el Westminster College de la Universidad de Oxford, un espacio para la discusión y difusión de temas relacionados con el contacto de la religión y la cultura. Miembro de la revista de teología internacional Communio y editor adjunto de Chesterton Review, fue colaborador de varios blogs (siendo el más importante Second Spring), revistas electrónicas y escribió varios libros, entre los que destacan The power of the ring: the spiritual vision behind The Lord of the Rings; Not as the world gives: the way of creative justice; Beauty in the Word: Rethinking the Foundations of Education y The Radiance of Being: Dimensions of Cosmic Christianity. La labor intelectual de Caldecott pasó gradualmente de la rimbombante solemnidad de Oxford a temas un tanto más ligeros. Y es que él nunca ocultó su afición por los cómics norteamericanos, en especial por los universos de DC y Marvel Comics, las dos compañías responsables de algunos de los personajes más icónicos de la cultura de masas desde los años treinta del siglo XX. Esta afición le valió críticas y señalamientos a lo largo de su carrera, por lo que sus opiniones al respecto tuvieron que ser compartidas en espacios concretos a lo largo de su vida académica. Por si esto no fuera suficiente, Caldecott tuvo otro problema. Entre 1978 y 1980 atravesó por una violenta conversión al catolicismo que terminó por marcar muchos de sus escritos. Desde joven se había interesado por el sufismo dentro del islam y por el budismo zen, pero nunca había perdurado en ninguna de dichas corrientes religiosas. Un estudio profundo del corpus dogmático de la iglesia católica lo llevó a bautizarse en 1980. Su esposa, Leonie Richards, le siguió en 1982. Este evento cambió radicalmente la forma de entender el mundo e impactó su trabajo de diferentes maneras. Trató de encontrar en sus ensayos la vinculación de los eventos del mundo con la filosofía y con su fe. Por lo tanto, Caldecott era un filósofo católico, frecuentemente polemizando con sus colegas por ese hecho. Eventualmente, su trabajo llegó al mundo de las historietas. Se percató de algo que lo inquietaba: todos los filósofos y literatos desde la Antigüedad clásica hasta el siglo XIX no habían dudado en incorporar personajes de ficción a sus reflexiones. En Beauty in the Word: Rethinking the Foundations of Education, Caldecott mencionaba cómo la discusión sobre las dudas morales de los personajes de la Ilíada y la Odisea habían afectado la llamada “Cuestión homérica” vigente hasta el siglo XVIII cuando la historicidad de esos personajes no estaba descartada o comprobada. A su vez, todos los héroes del llamado Ciclo Artúrico jugaban un papel primordial en la cultura de Occidente y no sólo en su natal Inglaterra. Los filósofos ilustrados habían echado mano de elaboradas ficciones (como en el Cándido de Voltaire) para propagar sus ideas. Todos los románticos alemanes habían tomado del folclor de su país algún elemento para sus obras. Y eran los héroes los que despertaban más pasiones en estos pensadores, aun con la certeza de que nunca habían existido. ¿Por qué no podemos hacer lo mismo con los personajes de nuestro tiempo? ¿Es tanta la desilusión con la idea del heroísmo que la relegamos inconscientemente a un concepto pueril? ¿Es el carácter “escapista” de la ficción heroica su mayor error? ¿Qué características debe tener un heroísmo aceptable en la posmodernidad? Caldecott comprendía bien el poder de estas narraciones y su elevación al status de mito. Ya George Frazer en La Rama Dorada había intentado un análisis de ese mundo mítico y sus habitantes; también sir George Campbell en El héroe de las mil caras había descrito el viaje del héroe, encontrando una estructura al modo de Vladimir Propp con los cuentos folclóricos rusos y Mircea Eliade había develado la relación entre los héroes míticos y la religión. ¿Por qué el hombre volvía continuamente a estas obras, inclusive en pleno “desencantamiento del mundo”? Armado con todas las lecturas mencionadas, Caldecott aplicaba su reflexión a los cómics y la literatura de fantasía. Menciona en Sobre el abismo de fuego:

“La ‘verdad’ de los mitos y leyendas soporta bien la repetición porque no puede ser aprehendida enteramente de una vez. Hay historias dentro de las cuales debemos crecer: historias que abordan la manera en que están hechos el mundo y el Ser. Estas historias son como sueños que pueden ser compartidos por toda una cultura; sueños sanos que devuelven el equilibrio a la psique orientando nuestra energía y nuestros pensamientos hacia la verdad; sueños que semejan un oasis en el desierto.”2

No se necesita ser filósofo para llegar a esa conclusión. Los escritos de Campbell y la aplicación de los arquetipos de Jung a los cómics nos llevarían fácilmente a la conclusión de que los superhéroes ocupan en el inconsciente colectivo el mismo papel que los semidioses de la Antigüedad. Son reflejos y proyecciones de deseos y limitaciones propias del ser humano. Un aumento de fuerza o velocidad, la capacidad de volar, el uso de la magia, la posibilidad de que un experimento fallido nos convierta en una maravilla física que nos permita romper las barreras de nuestra condición humana no son solamente deseos pueriles: son cuestiones filosóficas también. Nos hacen preguntarnos sobre la naturaleza del poder, sobre los límites de la compasión, la eterna dicotomía de bien y mal, los alcances de la justicia y las implicaciones del tiempo y el espacio. Si bien los superhéroes se mueven en un universo ficticio, sus problemas en esencia son los nuestros, con la diferencia de que ellos pueden resolverlos un poco más rápido. El carácter “escapista” de estas narrativas reside en ese deseo que no se puede cumplir. J. R. R. Tolkien, profusamente citado por Caldecott, alaba esa característica:

“Sí, la literatura es escapista y ahí reside su grandeza. Si un soldado es capturado por el enemigo ¿no considera que su deber es escapar? […] Si valoramos la libertad de pensamiento y alma y somos partisanos de esa libertad ¡nuestro deber es escapar y llevar con nosotros a cuantos podamos!”3

¿Hay límites para ese escape? Caldecott afirma que sí, y es la imposibilidad de escape total sin caer en una profunda irresponsabilidad. La literatura fantásica y los cómics son un escape, pero no del todo evasivo, pues representan frecuentemente una fuga hacia una realidad más elevada. Y no es la discusión típica sobre el “arte comprometido” que en la Academia es tan frecuente. Se trata de que incluso la fantasía puede ser un poderoso indicador de los problemas de nuestro tiempo. En el caso de los superhéroes significa que el mundo en el que viven, es el nuestro. Hemos visto a esos personajes una y otra vez enfrentando no sólo a temibles villanos, sino el peso de la cotidianidad. Peter Parker zurciendo su traje, Reed y Susan Richards afrontando una crisis matrimonial, Daredevil acosado por dudas morales o el Capitán América confrontando sus valores de los años cuarenta con los actuales. Hasta hace unos años, las narrativas de superhéroes tenían desenlaces felices, a pesar de esos escollos. El típico héroe de quijada cuadrada, que es moralmente intachable, salvaba el día y a la chica, quizá sudando un poco, pero sin perder la estampa, haciendo de la ciudad y del mundo un lugar seguro de nuevo. Para Caldecott, esto era una limitación. La verdad tanto en los cómics como en el mundo real era resultado de una serie de acontecimientos donde el sufrimiento no debía estar ausente. A pesar del final feliz, la figura del fracaso debía ser parte importante de las narrativas de estos héroes. Para explicar esto, tomó un término prestado de Tolkien: la eucatástrofe,4 que es el “súbito giro feliz en una historia, que lo atraviesa a uno con tal alegría que hace saltar las lágrimas”, opuesta a la discatástrofe, que implica una derrota total. Tanto Caldecott como Tolkien entendían que la historia, tanto de la humanidad como la personal, leídas en clave cristiana tenían por motor el amor, por lo que al final podría entenderse como una serie interminable de derrotas con el atisbo de una victoria final. Tanto los superhéroes como sus lectores pueden notar la eucatástrofe en sus propias vidas. La posibilidad de que un día un golpe de la Providencia (que no el Destino) pueda enderezar los caminos torcidos.

Sin embargo, la crudeza del siglo XX y lo que va del XXI frecuentemente niega la eucatástrofe y vulnera la pureza de esas historias y las relega a una ficción cada vez más lejana. En los cómics, esta realidad se empezó a colar a finales de los años sesenta, cuando el Comic Code Authority (un censor especializado en historietas que prohibía contenidos adultos en los cómics para niños desde los años cuarenta) se había relajado lo suficiente para dejar que las narrativas consideradas “infantiles” fueran adquiriendo madurez. Marvel fue siempre pionera en estos aspectos. Así, tuvimos las primeras muertes irreversibles de personajes de cómic (Gwen Stacy en Spiderman), los primeros alcohólicos (Tony Stark), drogadictos (un compañero de Peter Parker en la Universidad que se había hecho adicto a la heroína), conflictos con el Gobierno por motivos de conciencia (Capitán América en el arco argumental Nómada), conflictos familiares (en Los Cuatro Fantásticos), problemáticas de tipo religioso (en Ghost Rider), segregación y racismo (en toda la saga de los X-Men) o el avance a una sociedad totalitaria (en la saga Civil War). Los sueños sanos de pronto estaban salpicados de desagradables fragmentos de la realidad. Sin embargo, son esos fragmentos los que le dan a estas narrativas una densidad especial. Sin ellos, el superhéroe posmoderno está incompleto. Como productos humanos, los superhéroes son subcreaciones, producto de la capacidad de imaginar y por tanto, perfectibles. Para Caldecott, “nuestra elección y nuestra creatividad son esenciales para el drama y esto convierte el mundo en un drama cargado de peligro real”.5 Esos peligros reales se cuelan en nuestras ficciones para que no perdamos la dimensión de la realidad. Por eso, podemos decir que los superhéroes comparten buena parte de la angustia posmoderna, aunque no se rindan a ella. Su mundo se ha vuelto cada vez más oscuro, más adulto, más cercano a la realidad, pero termina transfigurado por la eucatástrofe. Hoy el superhéroe puede y debe fracasar no por una imposición de estos tiempos violentos, sino por necesidad. Hemos hecho del fracaso una parte tan importante de nuestra historia, que no puede faltar en las de nuestros ídolos. Ellos descubren que el mundo no es blanco y negro, que hay cosas que no se pueden vencer a fuerza de golpes y que el ser humano está en una disyuntiva constante que lo puede salvar o lo puede destruir, sin que nadie pueda evitarlo. En ese proceso incluso podríamos descubrir que los supervillanos no son entes completamente malignos, sino hombres buenos que hicieron algo mal. Podríamos encontrar al héroe usando tácticas cuestionables y las consecuencias de ello en su conciencia. Y en un punto intermedio, nos encontramos a nosotros mismos, padeciendo problemas muy similares. Caldecott pudo constatar cómo los arcos argumentales de los superhéroes evolucionaban hacia un universo más realista que no dejaba de ser eucatastrófico. En esa lucha incesante, los héroes incluso se ven enfrentados entre ellos mismos por diferencias de ideales. Inclusive, asisten a la posibilidad de la muerte. En los cómics, las muertes frecuentemente no son definitivas, sino letargos prolongados seguidos de una resurrección. En el mundo real no hay esa posibilidad. ¿O sí? Al final de su vida, Caldecott escribió un ensayo llamado Search for the Secret of Life and Death. En él, reveló que estaba muriendo de cáncer de próstata. Como católico, entendía que había una relación profunda entre la muerte y la trascendencia que él deseaba. Como narra Kazantzakis en Carta al Greco, el precio de la transformación es muy alto, y Caldecott lo entendía bien:

“El ser humano es un centauro; sus cascos equinos están plantados en la tierra pero su cuerpo del pecho a la cabeza es interrogado y atormentado por un grito inmisericorde. Ha estado luchando durante miles de eones por salir como una espada fuera de su vaina animal. Pelea ahora, y ésta es una nueva lucha, por salir de su vaina humana. El hombre clama en desconsuelo ‘¿a dónde puedo ir? He alcanzado el pináculo, más allá está el abismo’. Y el grito responde ‘Yo estoy más allá’.”6

Caldecott escribió: “Estoy muriendo por el cáncer de próstata. Una parte de mí quisiera que pudiera curarme y de ese modo, conseguir un día, un mes u otros años de vida. Sin embargo sé que no funciona de ese modo. Dios quiere darme un tesoro, una riqueza que sólo puede llegar de una forma, y es cuando él lo decida. Dios ha penetrado profundamente en este mundo —tan profundamente que podemos decir que es una fusión, una unión de su propia naturaleza con el mundo mismo. No es una ilusión, sino un vínculo real. Podemos participar en él uniéndonos al ritmo de la vida y de la muerte. Dios se esconde muy profundo dentro del mundo, no como una extensión de la vida, en una experiencia o dos, sino en la totalidad del ser. Puede parecer inaccesible e imposible. La cruz misma parece imposible, increíble. Puede parecer completamente irracional. Pero debemos unirnos a ella completamente, profundamente, verdaderamente. Y debemos empezar ahora mismo.”7

En esa perspectiva, la verdadera identidad es la identidad atravesada por la idea de trascendencia, la que puede confiar incluso en los momentos más desesperados, exactamente igual que los héroes en la ficción, que pelean hasta el final con un abandono salvaje. El mundo no es un lugar ideal, pero la emancipación y trascendencia del hombre tendrán que encontrar sus raíces en él. La manera de hacerlo, será la entrega total de uno mismo, siendo, como los superhéroes, un restaurador, un instrumento del bien, por ingenuo que pueda escucharse. Esto, que es un lugar común en las historietas, parece ser la única manera de preservar algo del niño interior que seguramente es la mejor versión de nosotros mismos. Y Caldecott afirmaba que se podía mantener mediante estas narrativas:

“El puente de la belleza está dañado sin remedio y sin embargo, debemos unir los dos extremos convirtiendo nuestra existencia en algo que salve del abismo a los demás. Quien quiera que actúe de esta manera se convierte en héroe. En la Escritura se nos dice: ‘Al que venza, le daré del maná escondido, y le daré una piedra blanca y sobre la piedra un nombre nuevo escrito que nadie conoce excepto quien lo recibe’ (Ap. 2:17). Este nombre nuevo es la identidad eterna, la personalidad transfigurada, el tesoro oculto que hemos venido a buscar a la Tierra. Pero no se trata sólo de descubrir, sino de hacer, de subcrear. Dios aguarda nuestra respuesta en libertad.”8

La vida se parece mucho a la batalla sin fin que los encapotados y enmascarados libran en esos cómics de la infancia. En algún momento, pensamos que nuestra realidad ya no tiene nada que ver con ellos y que no hay semilla alguna de verdad en esta mitología del imperio capitalista. Que a lo mucho son analgésicos para un panorama desolador en el que la eucatástrofe no es posible. Que no habrá mano que detenga la catástrofe ni nadie que nos sostenga en el momento de la caída.

Stratford Caldecott entendía que leemos historietas con un anhelo similar al que tenemos al rezar. Leemos historietas porque en algún momento tratamos de salvar al mundo y fracasamos. Nos nutrimos de estos sueños sanos porque esos uniformes de colores y máscaras representan lo mejor de nosotros. Nos aferramos a la fantasía, no para escapar de la realidad, sino para tomar de ahí la inspiración para otro mundo posible. Soñamos para que mañana podamos seguir peleando… con la esperanza de que en el futuro, nadie tenga que pelear. Conservamos el alma de niño para que los hombres no se rindan.

Epílogo

La última voluntad de Stratford Caldecott cuando entró en fase terminal fue ver Capitán América y el soldado del invierno. La película aún no se estrenaba, pero una de sus hijas contactó al actor Marc Ruffalo, quien interpreta a Hulk en Los vengadores. La respuesta fue una campaña viral en redes sociales en la que los actores de la saga pedían a Marvel una proyección especial cuando la película ya estuviera lista. En mayo de 2014 Marvel accedió. Se proyectó la película en su casa, con la asistencia de sus familiares. El último acto en vida de Stratford Caldecott fue unir a los Vengadores. Literalmente.

——

1 Stephen R. Lawhead: “The reality of fantasy”, en Reality and Vision, No.10, enero-febrero de 1990, Word Publishing, Dallas, usa.

2 Stratford Caldecott , Sobre el abismo de fuego, Minotauro, Barcelona, 1ª edición, 2001, p. 33.

3 Cfr. Joseph Pearce (Comp.) Tolkien: A Celebration Oxford University Press, pp. 191.

4 Cfr. John Ronald Reuel Tolkien, Sobre los cuentos de hadas, 12ª edición, Minotauro, Barcelona, 2001, 23.

5 Ibid, p. 48.

6 Nikos Kazantzakis, Carta al Greco, Editorial Losada, Buenos Aires, 1997, p. 45.

7 Stratford Caldecott, Search for the secret of life and death en http://www.theimaginativeconservative.org /2014/05/search-secret-life-death.html (Consultada el 4 de noviembre de 2014).

8 Stratford Caldecott, Sobre el abismo de fueg, p. 48.

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