Gerardo Lino /
Qué decimos con la palabra ‘realidad’. Para un espectador laxo, lo que aparece en la televisión es verdadero. Un lector de periódicos puede engullir sin dolor lo que le dicen que dijeron tales o cuales actores del ámbito político, del mismo modo que un ama de casa se cree a pie juntillas cada chisme sobre galanas y galanes de la farándula. Si a un niño de tres años le dices que su hermano viene de París —en vez de decir que su madre viene de parir—, esa afirmación se convierte para él en una verdad inconfutable; o como decían los blasfemos peninsulares, “se lo traga como la hostia”.
Es claro: sin criterios para analizar lo que se nos presenta, nos quedamos con ideas falsas sobre la realidad —y sobre la poesía: Et tout le reste est littérature…—. He ahí el complejísimo problema. Un vistazo a lo que han construido los filósofos al respecto ya basta para marearse. Pero ni modo: ¿qué realidad mentamos o a qué realidades nos referimos cuando obligamos a los poetas casi de la oreja a que escriban en presencia de la realidad? (Eso pedía Virginia Woolf, ni más ni menos —no lo de arrastrar a nadie, por supuesto.)
Pongamos un modelo:
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía y de mañana te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
un hombre vive en la casa tu cabello dorado Margarita
tu cabello ceniza Sulamita juega con las serpientes.
Grita toquen con más dulzura la muerte la muerte es un maestro de Alemania
grita rasguen más oscuros los violines que ya van a trepar como humo en el aire
que ya van a tener una tumba en las nubes allí hay lugar de sobra.*
Arriba decía: “Mientras el poeta intuye eso que en su cerebro toma forma, que no sale de otro lado sino del ser de las cosas y que adquiere existencia a través de su mano […]” Podría creerse que “el ser de las cosas” es lo que “adquiere existencia”. Esa vasta confusión ha originado otra especie de mixtificaciones como las que peroraban que el texto sólo se refiere a sí mismo, que la literatura se hace de literatura, vaya: hasta se ha llegado a decir —con los lenguajes se puede inventar cualquier cosa— que el texto se lee a sí mismo, que se habla para sus adentros como si estuviera igual que el Tío Pericles cuando Homero Addams irrumpió en su cuarto: “—¡Tío! ¿Estás hablando solo? —Sí, em, a veces, je je, pero nada más cuando estoy solo.”
A pesar de tan extendida moda, la frase no dice tal enormidad, sino: lo que “adquiere existencia a través de su mano” es “eso que en su cerebro toma forma”, e inmediatamente indica que eso —cualquiera objeto que vaya a resultar— “no sale de otro lado sino del ser de las cosas”. Suelen precipitarse, los urgidos de trascendencia, a otorgar al texto una causa sobrenatural —ejercicio y hábito que nos han inoculado durante eras y evos y hasta eones—: la-palabra-crea-el-mundo. Tal acto de fe —que no es nuestro asunto— se traslada casi por reflejo nervioso al problema de la creación literaria, pues se saltan, fideístas de la textualidad, uno de los componentes del proceso: entra el mundo al cerebro —es percibido el ser de las cosas: belleza y horror—, se transforma en las circunvoluciones —toma forma— y luego sale, recreado —he ahí al individuo—, por medio de la acción de la escritura —adquiere existencia—: el lector entonces asiste a la presencia de un objeto que no conoceríamos sino por los trabajos del poeta.
Lo ignorado se nos revela. De otro modo, si no fuera por el conocimiento percutido —velos rasgados, construcciones, hallazgos— a través de la persona del escritor —con su bagaje de lecturas y talentos consolidados en el oficio y, en escasas excepciones e incluso dosis menores, genio—, la escritura sería un acto vacuo: sea en cualquier prestidigitación de las apolilladas vanguardias, sea en ese afrancesamiento —ya demodé— de la autorreferencialidad del texto absoluta (si tal fuera cierto, podrían hacerse —¡no! hacerse no: caer del cielo— poemas con meros ruidos como el final de Altazor —que allí sí tienen sentido: la busca del mítico balbuceo o, como anotara Guillermo Sucre, “la desmesura y la imposibilidad de una aspiración de absoluto”—; con fórmulas químicas, orgánicas, muy orgánicas —lo hizo Deniz, claro que poniendo en solfa noemas falaces—; o quedándose en pretenso experimento como los que ridiculiza Papini en Gog).
“Verso blanco, s. Pentámetro yámbico sin rima; el verso inglés más difícil de escribir aceptablemente y, en consecuencia, el que prefieren los que no pueden escribir medianamente nada.” —Ambrose Bierce.**
Podrán tacharnos de aristotélicos, de antiplatónicos, pero lo que inventa la más fría de las cabezas o la más calenturienta, tuvo que pasar primero por los sentidos, que ni qué: a través del cuerpo entra el mundo y salen los objetos que enriquecen la realidad —o que la estafan—. Pero no se pierda de vista, a pesar de todos estos distingos, que al fin y al cabo la realidad adquiere existencia —también en el otro sentido de ‘adquirir’— a través de las hechuras de los hombres: cada pintura es otro rasgo de la cara del mundo, cada partitura es otro objeto, cada poema se añade a la complejidad del universo, y no para aumentar la confusión, sino para dilucidarnos. De suyo no hay realidad sin alguien que la piense —lo cual tampoco implica que la genere en cuanto naturaleza bruta—: recuérdese que realidad, espíritu, materia, son conceptos.***
(No caeremos en el extremo del Esse est percipi, obispo Berkeley; tampoco en la aporética de Heidegger, cuyas sutilezas acerca del ‘ser’ nos han encantado como si en ellas se alcanzara la ultima ratio: sin embargo allá están, fláccidos relojes surrealistas, sus presupuestos insolutos. No caeremos: podemos usarlos.)
De Adorno: “El ser es seductor y elocuente como un rumor de hojas en el viento de las malas poesías.”
Una cosa es juguetear con las dicciones hasta rayar el absurdo, aplicarlas como herramientas de poder, mimesis del sinsentido: mixtificar; muy otra, ponerse al servicio del lenguaje en busca de lo real —aunque servirlo implique sajarlo en los cancros de la mentira y lo real incluya lo infame—. Aludí poco antes a lo que inventa la más fría de las cabezas: ahí está el celador nazi ante los prisioneros de Auschwitz:
Grita claven más a fondo en la tierra los otros toquen y canten
manotea el fierro en el cinto lo sacude azul es su mirada
grita hundan más a fondo las palas los otros sigan con el baile
———
* Traducción de Ricardo Ibarlucía al Todesfuge de Paul Celan, en: “Paul Celan y el Tango de la muerte”, Revista latinoamericana de filosofía, vol. XXX, núm. 2, primavera de 2004.
- cf. en http://www.fmh.org.ar/revista/25/nuestra%20memoria%2025.pdf
** Diccionario del diablo [1911], traducción de Cristina Pelizza, Andrómeda, Buenos Aires, 2004.
*** Convendría repasar el relato fantástico llamado Disputa de los universales (s. XI a XIV) que terminó sajado por la navaja de Okham.









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