Chet Baker
Por entonces, llevaba unos tres años tocando la trompeta aquí y allá. Cuando yo tenía trece años, un día mi padre trajo a casa un trombón. Me dediqué a tocarlo durante un par de semanas sin demasiado éxito. Como era bajito para mi edad, no llegaba muy bien a las posiciones inferiores, y la boquilla me quedaba demasiado grande. Al cabo de dos semanas, desapareció el trombón y fue sustituido por una trompeta. Se ajustaba mucho más a mi tamaño, y en seguida pude sacarle un sonido más o menos decente. Empecé a estudiar el instrumento en la escuela, aunque tenía abundantes dificultades para leer partituras. Mi problema consistía en que dependía por completo de mi oído, cosa que me causó infinidad de contratiempos con el director de la banda, el señor Kay. Tocaba en la banda de música callejera, donde aprendí de oído todas las marchas de Sousa, y también tocaba en la de baile de la escuela. Mi padre en principio quería que me dedicase al trombón porque era un gran admirador de Jack Teagarden, pero su decepción disminuyó poco a poco cuando vio mis progresos con la trompeta. Lo que pasaba era que también le gustaba Bix Beiderbecke.
Cuando volví a California tras darme de baja en el ejército, mis padres habían comprado una casita de dos dormitorios en el 1011 de la calle Dieciséis, en Hermosa Beach, en lo alto de una colina que dominaba la autopista estatal 101. Fue la primera casa que habían podido comprar. En el año 49 decidí aprovecharme de los beneficios a que me hacía aspirante mi paso por la infantería, de modo que me matriculé en el colegio universitario El Camino, de Lawndale. Mi principal materia de estudio sería la música; la segunda, la literatura inglesa. Allí seguí teniendo los mismos problemas de antes, debidos a que tocaba de oído. En aquel entonces, El Camino no era en realidad un auténtico colegio universitario; las clases se impartían en lo que a mí me parecían, sospechosamente, viejos barracones del ejército.
Mientras asistía a clases en El Camino conocí a Andy Lambert; tenía un hermano, Jack, que había empezado una carrera de actor cinematográfico con pequeños papeles secundarios. Andy tocaba el contrabajo en un trío de Hermosa Beach; solían actuar en un garito llamado Alta Mar. Tenía treinta y tantos y había estado en la Marina, donde perdió una pierna. Iba tan campante con su pata de palo. Nos hicimos amigos y me invitó a visitar el club y a tocar de cuando en cuando con su banda.
Andy también fue el primero que me puso en contacto con la maría, bendito sea; me encantó, y seguí fumando maría durante los ocho años siguientes, hasta que empecé a probar de vez en cuando las drogas duras y al final me enganché al caballo. Me gustaba muchísimo la heroína; la estuve consumiendo de una forma u otra durante los veinte años siguientes (si se incluye la metadona, que no proporciona la menor sensación de euforia a no ser que uno esté limpio del todo).
Así pues, iba a tocar al Alta Mar, y tenía estupendas vibraciones con Andy y con el guitarrista, Gene Sergeant, aunque el líder del grupo, el pianista (que tocaba muy bien), parecía no tener ningunas ganas de verme. De hecho, parecía uno de esos tipos que sienten rencor hacia todo el que pueda aparecer bajo su foco de luz en escena. En cambio, a Gene y a Andy les gustaba mi manera de tocar, y a través de ellos conocí a Jimmy Rowles, que por entonces era el pianista de Peggy Lee en el Ciro de Sunset Boulevard. Gene pagaba mis cuotas al sindicato, aunque para eso tuvo que mentir y dijo que el grupo tenía previsto largarse a Bombay, nada menos, y que me necesitaba con ellos. Kane, aquel pianista celoso, dijo que ni hablar. Yo ya me lo esperaba.
Después de aquello, me presentaba tan a menudo como podía en el piso de Jimmy Rowles entre las doce y la una; a veces me lo encontraba durmiendo, pero siempre se portó fenomenal conmigo y siempre me invitó a pasar. Esperaba a que desayunase y luego le pedía que me tocara algunas melodías. Daba la impresión de que aquel tío sabía más melodías que nadie. Al menos, se sabía todas las buenas. De él aprendí mucho sobre la importancia de mantener la sencillez al tocar y de no liarme demasiado con la trompeta.
Me da la sensación de que la mayoría de la gente se deja impresionar sólo con tres cosas: la rapidez con que toques, los agudos que consigas, la fuerza y el volumen que le saques al instrumento. A mí esto me resulta un tanto exasperante, pero ahora tengo mucho más experiencia, y he llegado a entender que seguramente ni siquiera el dos por ciento del público sabe oír como es debido. Cuando digo “oír” me refiero a la capacidad de seguir a un trompetista y discernir sus ideas, así como entender esas ideas en relación con los cambios, si es que los cambios son modernos de verdad. Con la música Dixieland es distinto; es más fácil de seguir. Y el rock es más sencillo aún que el Dixieland, con la salvedad de algunos músicos de rock realmente espléndidos (o bien dedicados a hacer varianted del rack) como son Herbie Hancock, John Scofield, Mike y Randy Brecker, y unos cuantos más.
Durante esta época logré estar presente en muchas sesiones por todo Los Ángeles, pues prácticamente todas las noches salía un sitio donde se podía tocar. Los domingos había una sesión desde las dos de la tarde hasta las dos de la madrugada cuyo líder era Howan Rumsey —y que nadie me pregunte cómo era posible una cosa semejante—; debido a este hecho, aquello sólo se calentaba con auténtico swing cuando entraba otro bajista. Howard Rumsey era el único bajista profesional que yo haya conocido que era capaz de tocar en mitad del compás. Si esto se intenta hacer a propósito resulta muy difícil, pero para Howard no representaba el menor problema. A pesar de este contratiempo, nunca mejor dicho, aprendí mucho de los buenos músicos que de vez en cuando se pasaban por allí: gente como Shelly Manne, Shorty Rogers, Hampton Hawes, Dexter Gordon, Sonny Clark, Frank Morgan, Stan Levey, Lawrence Marable, Bill Holman, Art Pepper, Bob Whitlock, Monty Budwig y muchos más.
Sin embargo, las mejores sesiones de esta época eran las que se improvisaban en el Valle. Estoy seguro de que algunos californianos recordarán todavía el Showtime, que estaba en Sepulveda Boulevard. Bien: las primeras veces que fui no me permitieron tocar. Por fin llegó el día en que me dejaron hacer un par de temas. Se entenderá que aquello era bastante exclusivo. Herbie Harper organizaba la actuación, y la sección rítmica habitualmente estaba compuesta por Joe Mondragon, Shelly y tal vez Lou Levy o Jimmy Rowles. Al cabo de un tiempo, por fin pude hacer un “set” entero; luego fueron dos, y a la sazón aquella sesión fue mía, y todos tenían que pedirme permiso para entrar. Dave Pell también andaba por allí, igual que Steve White. Y Joe Maine, Herb Geller, Frank Rosalino, un trompetista llamado Kenny Bright, que con el tiempo fue como si se lo hubiera tragado la tierra, y Conte Candoli y Jack Sheldon. Había tíos acojonantes, Al Porcino y Claude y Stu Williamson, Dexter Gordon, Lonnie Miehause, Jack Montrose, Bob Gordon, Red Mitchell, Harry Babason, Oscar Pettiford, Lawrence Marable, Sonny Criss, Frank Morgan y Russ Freeman. Incluso fui a Santa Barbara un par de veces, a una sesión, y allí conocí a Bill Perkins.
A veces iba hasta Manhattan Beach a un sitio llamado Esther’s, donde trabajaba el gran Matt Dennis. Era muy buena gente; siempre le pedía que hiciera un tema suyo titulado “Everything Happens to Me”. A veces me dejaba tocar con él. Allí empezaron a celebrarse sesiones con regularidad, y al cabo de unas cuantas semanas conocí a la segunda (Cisella fue la primera mera) de lo que ha terminado por ser una larga lista de señoras deliciosas.
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Fragmento de Como si tuviera alas, Mamorias perdidas, de Chet Baker (Mondadori, España, 1999).









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