(Ernesto Laclau. Parte II)
Cúmulo Obseso / Aarón B. López Feldman
La gran mayoría de las obras relativas a un estado de la República han sido escritas para mostrar lo que tiene de común con el conjunto de México, no para señalar otros climas, modos diferentes de haber mantenencia, hazañas propias, choques con el centro, afanes de autonomía, gustos distintos, maneras de sentir y de pensar exclusivas. Lo que el gobierno y la inteligencia han querido hacer pasar por el México disímbolo son cachos del común denominador de la patria, son partes de un todo y de ninguna manera todos aparte.
Luis González y González, Suave matria
Tarde o temprano, cada uno de los practicantes de las malditas ciencias sociales tenemos que decidir (o bien, dejar que la decisión decida por nosotros) si nos relacionamos con los grandes debates epistemológicos (objetivismo vs. subjetivismo, materialismo vs. idealismo, esencialismo vs. constructivismo, universalismo vs. particularismo, etc.) desde la oposición o desde la síntesis. En estos tiempos de mezcla e hibridación, la respuesta cómoda, casi inmediata, parecería ser la síntesis. ¿Pero todas las posiciones onto-epistemológicas pueden ser conciliadas?, ¿qué efectos tiene esa conciliación en nuestros modos de conocer y actuar en la realidad social?
Entre todos los debates que constituyen, de manera discontinua, a las ciencias sociales (https://cutt.ly/qfTdYw4), hay al menos uno que no permite conciliación ni puntos medios: el enfrentamiento entre las posiciones coherentistas (para las cuales lo social tiende a cierto equilibrio entre sus partes, a una relativa homogeneidad y neutralidad) y las posiciones conflictivistas (según las cuales lo social está hecho de antagonismos, asimetrías y relaciones de poder, por lo que el equilibrio es sólo un estado temporal e inestable). Asumir que puede o no haber síntesis entre ellos es ya inclinarse por uno de los dos lados.
El debate coherencia vs. conflicto gira, a su vez, en torno a una tensión constitutiva en la relación entre el todo y “sus” partes. En general, las posiciones coherentistas asumen que el todo social es mayor que la suma de sus partes y que entre éstas existe cierta regulación, equilibrio o armonía (por ello, un conflicto con una de las partes es un conflicto parcial que puede resolverse desde el todo unitario). Las posiciones conflictivistas, en cambio, se debaten internamente entre aquellas que comparten con los coherentistas el supuesto ontológico del todo unitario mayor que la suma de sus partes (aunque para ellas el motor de la historia sea el conflicto y no el equilibrio) y aquellas otras que entienden al todo social como una parcialidad totalizada, una unidad radicalmente incompleta, inestable y contingente. En este segundo grupo, amplio y heterogéneo, podemos ubicar los trabajos de Ernesto Laclau (1935-2014).
Para el teórico argentino, lo social tiene como condición de ser su propia imposibilidad de ser representado en su totalidad. Para significarse a sí mismo, para hablar de sí, para imaginarse, el todo (una nación, un estado, una región, una ciudad, un movimiento social), requiere de sustituciones, de reemplazos, los cuales siempre son parciales (es decir, vienen de las partes). La unidad no es una totalidad completa mayor que la suma de sus partes, sino una parte capaz de tomar el nombre del todo.
¿Pero cómo opera esa relación entre las partes y su todo? La respuesta está en la tensión, el conflicto entre lo que separa (su diferencia) y lo que une (su equivalencia) a cada una de las partes que luchan por encarnar al todo. Muchas cosas separan a las partes entre sí (sus contenidos específicos, su historia concreta, su contexto), pero sólo hay algo que las une a las otras: aquello a lo que se oponen, aquello que las niega, sus “otros” internos y externos constitutivos. Por ello, la parte que es capaz de encarnar la lucha de muchas otras partes (o, en otras palabras, de vaciarse de sus diferencias y generar una cadena de equivalencias con las otras partes) es la que toma, temporal e inestablemente, el nombre del todo unitario.
La propuesta de Laclau puede aplicarse a cualquier totalidad social (identidad colectiva, agrupación política, configuración sociohistórica) y las partes que la nombran no tienen que ser personas de carne y hueso, pueden ser organizaciones, acontecimientos, lugares, ideas, objetos utilizados para encarnar al todo. El potencial de esta propuesta (ya tendremos ocasión de hablar del potencial de sus críticas) radica en la posibilidad de estudiar las hegemonías como operaciones concretas y de analizar los discursos políticos no sólo desde la materialidad de la enunciación, sino desde los desplazamientos sociohistóricos de sentido.
Un ejemplo de todo lo anterior lo podemos encontrar en el centralismo (económico, político y simbólico) de la Ciudad de México. En tanto parte regional, la Ciudad de México y su área de influencia (el altiplano expandido) ha sido capaz de llenar históricamente el nombre de la nación como una totalidad unitaria y, con ello, construir parcialmente lo común de la “mexicanidad”. Es tal la sedimentación de este desplazamiento que, incluso, el centro del país no suele ser entendido como una parte que se construyó históricamente como centro ni, en ocasiones, como región misma. Pero, como veremos en próximas entregas, esta operación hegemónica ha sido respondida localmente desde múltiples frentes, los cuales nos recuerdan la contingencia, parcialidad e incompletud de la nación en tanto totalidad comunitaria.
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