Marco Julio Robles
La hoja en blanco es un peligro latente para los que nos dedicamos a la escritura. Tuve un amigo en la Facultad de Filosofía y Letras que prefería escribir en cartulinas grandes, porque si el papel se le terminaba corría el riesgo de perder las palabras que deseaba hilar. Un día me dijo que cuando no se le ocurría nada para escribir, el vacío era más grande, desolador. Claro, él era un poeta existencialista, tal vez por eso hablaba tanto del vacío y hasta poetizaba su hoja en blanco como si fuera una metáfora insidiosa de su mente o, peor aún, del alma que no tenía.
Los escritores famosos también tienen sus rituales y supersticiones particulares. Dice Vargas Llosa que se sentaba —o se sienta aún— frente a su máquina de escribir desde las 8 de la mañana y hasta las 2 de la tarde, todos los días. Se le ocurriera algo o no, ahí lo teníamos: sentado, peinado de raya (así me lo imagino yo), mirando la hoja blanca puesta en el rollo de la máquina o escribiendo sobre ella frenéticamente. Luis Spota creía oír musicalidad en las teclas de su máquina de escribir, eso le confirmaba, mientras creaba sus novelas, que iba por buen camino. De los largos paseos nocturnos que Julio Cortázar daba en las calles de París salieron buenas ideas, como la que dio origen al cuento “Las babas del diablo”.
Famosa es la manera en que Marcel Proust compuso su magna obra, En busca del tiempo perdido, con pedacitos de papel que iba uniendo en una suerte de puzzle literario. El manuscrito de On the Road, de Jack Kerouac, alcanzó una suma exorbitante cuando se subastó. Se trata de un armatoste de hojas pegadas una a la otra, como un rollo de papel higiénico, y que, creo recordar, mide más de cinco metros de largo y está lleno de su apretada escritura por ambos lados. Claro, Kerouac era un viajero; cómo, si no, podría haber llevado su novela a lo largo del viaje que, a su vez, iba describiendo.
De Homero se dice que fue un poeta ciego y que no compuso los dos grandes poemas épicos que conocemos, sino que fueron muchos homeros quienes memorizaron la obra y la fueron componiendo mediante los famosos hexámetros dactílicos. Aún no era popular la escritura. Entonces, las historias que eran dignas de recordarse debían ser escritas en el manto de la memoria. Resulta embriagante que de las memorias de aquellos hombres llegara hasta nosotros el documento escrito que ahora podemos leer a placer, sin necesidad de tener al lado a un poeta homérico o de memorizar los más de 15,000 versos que componen la Ilíada. Tal parece que estos aedos itinerantes, que recitaban de ciudad en ciudad los poemas épicos griegos, eran escogidos gracias a condiciones físicas y espirituales especiales. Se dice que se prefería que fueran ciegos porque poseían una capacidad de concentración mayor a la media. Hasta parece que la palabra poética escogía al poeta que iba a recitarla y no al revés…
En fin, los rituales de la escritura y los bártulos aparejados a ella, suelen tener peculiaridades que suscitan asombro, que son dignos de copiarse o bien de causar hilaridad o envidia. Hemingway escribía de pie; Onetti siempre en su cama, acostado, quizá miraba el techo mientras se le ocurría alguno de los tres adjetivos que a menudo ponía después de un sustantivo y que dieron carácter y plasticidad a sus historias. Hay escritores que se graban en una máquina, luego extrapolan la historia que contaron de manera oral al soporte escrito. Ana García Bergua, según sus propias palabras, vive en las hemerotecas, de tal suerte que las noticias viejas se vuelven nuevas cuando otra vez son contadas desde una perspectiva literaria.
La verdad sea dicha, de entre todos estos rituales y técnicas de trabajo la que más envidia me causa es la de Vargas Llosa, porque implica dejar de ver a la escritura como el fruto de una inspiración maravillosa, inspiración que los haraganes como yo tendemos a caracterizar como una diosa caprichosa que nos abandona la mayor parte del año y que llega a cuentagotas, misteriosamente. Muchas veces aparece cuando ya nos hartamos de ver series o películas, de leer pedazos deshilvanados de narraciones o de revisar una y mil veces las redes sociales, por si acaso nos llega un mensaje que debemos responder en el segundo inmediato a su aparición en la bandeja de entrada.
Si la historia que Vargas Llosa cuenta acerca de su forma de trabajar es cierta, implica también que aborda la literatura no como un oficio bendecido sólo en contadas ocasiones por la inspiración, sino con la constancia que otros artistas tienen para con sus obras y sus oficios. Hacer una novela no es diferente, entonces, a grandes rasgos y con muchas salvedades, a tallar una escultura en madera. Por supuesto, para escribir se necesita, como en casi todas las artes, un fulgor que active de manera apasionada la maquinaria del oficio. Pero de ahí en adelante, la diferencia entre terminar la novela o no es una cuestión de mucho esfuerzo, constancia y disciplina. Por inspiración escribes dos líneas, pero por determinación y por el deseo de ver la obra concluida se escribe lo que resta.
Y bueno, hablando de disciplina y escritura, constancia y tiempo… Es ésta, nuestra Columna cero, la primera de muchas (¡espero!) en las cuales, cada quince días, estaremos compartiendo en este espacio, al que llamamos Café Babel por el mito bíblico de las lenguas destructoras, las cuales, dicho sea de paso, me parecen ahora tan enriquecedoras como terribles fueron para los antiguos.
En Café Babel tendrán cabida cuestiones relacionadas con escritura y arte, pinceladas de cine, fotogramas de música y sonetos de filosofía. Un café posmoderno, pero con algo de orden… Con humor o seriedad, según se necesite; y quién sabe, a lo mejor algunos chismes, de esos que ya no afectan a nadie y a nosotros nos divierten y hasta nos instruyen…
Esperemos que, mientras tengamos ánimo de mantenerlo vivo, la hoja en blanco y la falta de inspiración no se insinúen en el Café Babel.









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