Mariela Arrazola Bonilla
Como tal puede decirse que el mercado del arte en México, es decir, las instituciones para la venta y promoción comercial de artistas vivos, nace tímidamente en 1930 con la apertura de las galerías de Inés Amor y la de Alberto Misrachi en la Ciudad de México. Sin embargo, los coleccionistas no eran los mexicanos sino los turistas estadunidenses. No obstante, este mercado de galerías se consolida hasta los años cincuenta y sesenta y ha sufrido tantos altibajos como la economía del país.
Consecuentemente, son pocos los coleccionistas y esto merma la producción de arte. El efecto no es sólo económico, sino que repercute directamente en la práctica artística puesto que la mayoría de los artistas no tienen la capacidad de vivir y trabajar sólo de la creación plástica, y por ello tienden a conseguir otro trabajo que sirva para costear su arte, lo cual los sumerge en condiciones económicas precarias y dividen su tiempo entre varias actividades, mermando el perfeccionamiento de su práctica.
Sin duda ha habido personas que han sido conscientes de la necesidad de impulsar el coleccionismo en México. Tal es el caso de las galeristas Inés Amor y Carmen Marín de Barreda, quienes en 1956 sentaron las bases de la colección de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), y así en 1957, con el apoyo de las artistas Angelina Beloff, Lola Cueto y Mariana Yampolsky, acopian las primeras obras de artistas como parte de una modalidad fiscal.
Durante la presidencia de Luis Echeverría, Mercedes Iturbe, directora entonces del Salón de la Plástica Mexicana retoma la instauración del Programa de Pago en Especie y el 6 de marzo de 1975 se publica finalmente en el Diario Oficial de la Federación el decreto que permite a los artistas donar obras a cambio de la condonación de impuestos. De manera singular esto consiste en que los artistas mandan a concursar sus obras y un jurado integrado por gente de las instituciones de arte del país, como el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (Conaculta), el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), entre otros, seleccionan las mejores obras y parte de su valor es condonado en impuestos a sus creadores. Las obras se integran a un acervo patrimonial que se exhibe eventualmente en el Museo de la SHCP, ubicado en el Antiguo Palacio del Arzobispado, en el Distrito Federal, aunque estas obras también salen en forma de exposiciones temporales al resto del país. Tal es el caso de la exhibición titulada Génesis — Ser y Hacer, que se exhibe ahora en Puebla en el Museo del Tecnológico de Monterrey.
Además del intercambio antes mencionado, también está el programa de Acervo Patrimonial y éste consiste en la donación gratuita de obras por parte de los artistas, eso sí, siempre y cuando sean aceptadas por un consejo cultural.
El coleccionismo de Estado tiene pros y contras. Sin duda este tipo de recaudación fiscal puede ayudar económicamente a los artistas cuyas obras son seleccionadas. Estas piezas constituyen parte del patrimonio tangible de la nación y, al ser público y tener vocación expositiva, se pone al alcance de muchos creaciones contemporáneas muy relevantes. Sin embargo, el filtro de selección sigue estando en manos de un pequeño grupo de expertos con una visión clara y parcial del arte que sesga también lo que finalmente llega al público. Cabe añadir que en un país donde no hay una cultura de coleccionar arte sería perjudicial que el Estado no tomara parte de estas iniciativas, por lo que es importante dar a conocer este programa para alentar a más y más artistas a proponer sus obras y abrir el panorama de la plástica mexicana.











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