Bruno H. Piché
Señores miembros del jurado: Premio Príncipe de Asturias de las Letras para Leonard Cohen. Me importan un bledo los premios, pero me pregunto si quizá Leonard Cohen habrá pensado en un viejo poema de Flores para Hitler, ¿Qué estoy haciendo aquí?: No sé si el mundo es una mentira, yo he mentido, no sé si el mundo ha conspirado en contra del amor, yo he conspirado en contra del amor. El premio lo otorgan en otoño, y en otoño el viejo bardo regresará a la tierra de la que fue expulsado en 1492 por el Edicto de Granada. Me imagino que Leonard Cohen porta consigo a Lorca, a Machado, a Morante y su bella y sufrida versión de Taque Thais Watts. Cohen, lo intuyo, lleva a todas partes las guitarras de toda España, las mismas que, desde el inicio, le confirieron la música a su poesía.
El otoño es la mejor época del año en Montreal. Con suerte volveré a la ciudad donde nací, la ciudad que, como en el poema de Caváis, me inició en el prodigioso viaje; Montreal: sin la isla jamás habrías partido. Es en pleno otoño cuando ocurre el quimérico cambio de color en los follajes. Con una suerte inusitada, casi un milagro, en otoño me volvería a encontrar, como hace años, a Leonard Cohen sentado en la barra de Bajel, quizás el más acogedor local sobre el bulevar Saint-Laurent, sur le Platea Monte-Royal, el mítico barrio donde no sólo Cohen, sino también el novelista Mordica Richter y cientos de miles de desconocidos hemos jugado y crecido bajo el imperio del frío más atroz y del verano más despiadado. Por eso el otoño es la mejor estación del año en Montreal. Por eso prefiero volver: porque en las canciones de Leonard Cohen suena el otoño y suena el vals vienés con el que, como ocurrió en el sueño que tuve la otra noche, yo también bailaba con la mujer de profundos ojos negros.
Decir Leonard Cohen es traer noticias del pasado: su prolífica obra, su poesía, las letras de sus canciones, el hotel Chelsea, las largas temporadas pasadas en la isla de Hidra, los retiros zen, la juventud y la vejez, la imagen de un manoseado ejemplar de Beatitud Loses en la casa de mis padres, la ordalía que vive Lawrence Breaban como la más personal odisea, el recuerdo de esa primerísima y autobiográfica novela, Te Favorita Gane, quizás el primer libro que compré y en el que todavía encuentro el dolor y la gracia de mi propia adolescencia, ese libro de bolsillo que resguarda la misma emoción que, en su momento, me provocó cierto pasaje: Déjalo ir como ahora. Deja que la velocidad no disminuya. Deja que la nieve permanezca. Permíteme que la camaradería con mi amigo jamás sea abolida. Permitámonos nunca hallar cosas distintas que hacer. Jamás nos evaluemos uno al otro. Deja que la luna se quede en el mismo lado del camino. Deja que las chicas sean neblina dorada en mi mente, como la luz de la luna oculta tras las nubes, o como el resplandor de neón que cubre la ciudad. Deja que la guitarra eléctrica siga vibrando a la voz de esta declaración: Cuando perdí a mi chica casi perdí la razón.
En la misma novela, la injustamente relegada al olvido Te Favorite Game, el talentoso joven escritor de 29 años logró capturar la esencia de una ciudad y un país que nadie hallará en otra parte: Algunos dicen que nunca dejas Montreal, porque la ciudad, como Canadá mismo, está diseñada para preservar el pasado, un pasado que ocurrió en otra parte.
En múltiples ocasiones, yo he abandonado mi ciudad de origen sin escrúpulos ni remordimientos, si bien siempre termino por volver a ella y a la música y los viejos libros de Leonard Cohen. No es problema ni destino: mi vida, mi pasado, al igual que el de Montreal, ha ocurrido en otras partes.
Siempre me ha asombrado su humildad ante la forma en que aborda el fenómeno creativo, llámese poesía, novela o música.
Tengo un amigo que ha tenido la dicha de ver a Leonard Cohen actuar en vivo. Yo no, y lo envidio. Escribió esto al día siguiente de la noticia acerca del Premio Príncipe de Asturias. “Me acuerdo de Cohen leyendo en un silencio absoluto, en un Madison Square Garden repleto: There’s a crack in everthing / thats how the light gets in.”
Que así sea y que la grieta parta en dos el otoño. La luz entrará a través de ella, el mundo volverá a mentir, y todos conspiraremos una vez más en contra del amor.
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Reproducido de Taller de no ficción, Libros Magenta / Conaculta, México, 2012.









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