Herta Müller
Bien, como tantas otras veces cuando había invitados, estábamos sentados todavía un rato a la mesa después de haber comido. No para hablar, sólo porque sí. Los hombres —que eran mi padre, mi abuelo y mi tío— fumaban. Las mujeres —que eran mi madrastra, mi abuela y mi tía— recogían con las yemas de los dedos las migas de pan y los granos de azúcar esparcidos sobre la mesa y los chupaban. Yo también, puesto que era una chica. A mi hermano no le dejaban fumar, porque sólo era un chico, no un hombre. Jugaba con las hormigas, que paseaban entre nosotros, de un codo a otro.
Entonces mi tío miró el reloj y dijo: “Creo que deberíamos empezar con las cartas.” Jugaban con cien granos de maíz y, cuando se los habían jugado todos, con dinero. Mi tío se sacó su saquito con los granos de maíz del bolsillo. Mi abuelo se dirigió a su armario y cogió su cajita de latón. La agitó y sonaron unos chasquidos. Mi padre abrió con su navaja la escalera. La apoyó contra la pared del cuarto, se puso el sombrero y subió hasta el último peldaño. Miró por encima del tejado. “A ver si hoy gano”, dijo. Mi hermano se echó a llorar.









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