Maritza Flores Hernández
Las imágenes que la realidad y la ficción revelan de la humanidad llevan a formular la pregunta: ¿el hombre podrá suponerse, alguna vez, sin ninguna clase de cuerpo?
Debatiéndose entre el miedo y la angustia, por su naturaleza dependiente y mortal, el hombre busca cualquier medio que lo ayude a superarse a sí mismo. A pesar de su finitud material, quiere atravesar todos los tiempos y espacios, o por lo menos desea ser el superhombre universal, entendido como el portador de cualidades físicas y mentales extraordinarias.
Vencido el temor a la “máquina” y descubiertas las bondades que le brinda la tecnología, espera y exige soluciones prontas, expeditas, prácticas e ideales. Convencido de que está constituido por una parte material, de cuyo funcionamiento precisa —en tanto cerebro, mente, pensamiento y alma se preserven—, entonces se sirve de su capacidad creadora para reinventarse.
La ciencia y la tecnología para curar una enfermedad, salvar una apariencia física indigna o aplazar la muerte, son cosa cotidiana. A cada descubrimiento en genética y biotecnología le sigue la ansiedad de salvar el siguiente escollo, demostrando que el cuerpo y sus funciones son remplazables y remplazados; que el intercambio es parte de su evolución natural, y la tecnología — reitera— no es más que una herramienta bajo su dominio.
El trasplante de órganos —mecanismo para continuar disfrutando o no, por muchos años más, de la vida propia o de familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo o simplemente personajes de la vida pública— se ha hecho frecuente: el animador mexicano, Raúl Velasco; el cantante español, Rafael; el CEO de Apple, Steve Jobs; la cantante norteamericana, Selena Gómez son muestra de ello.
La transformación continúa; comienza la era del Ciborg. Ideado para dotar al individuo de aquellas habilidades de las que carece desde su nacimiento, o de las que fue privado, es actualmente el vínculo hacia otra vida.
El implante coclear —un chip que, conectado al nervio auditivo por debajo del cráneo, sirve para que las personas sordas logren identificar sonidos y palabras— es usado por Lilian Corona, abogada mexicana, quien aseveró que el cerebro es una maravilla, ha aprendido a usar el implante y a recurrir a otras formas para “oír” conversaciones completas entre varias personas.
Pero no todo mundo se conforma con “tan poco”; por ejemplo, Neil Harbisson logró vencer la discapacidad de la acromatopsia gracias a un par de antenas conectadas a su cerebro que emergen de su cabeza; de este modo capta sonidos que se transforman en la variedad de colores provistos por la realidad. Sin embargo, ha expresado el deseo de que su vida sea un poco más “fantástica” que la del resto. Chris Dancy cuenta con once sensores para monitorear permanentemente sus signos vitales y muchas de las funciones de su casa. Rob Spence creó una cámara que sustituye al ojo que perdió, pero no la usa para ver sino para grabar y trasmitir imágenes.
Es claro: estas personas quieren tener acceso a cualidades portentosas y magníficas; y han invitado a otros a sumarse a las organizaciones creadas para fomentar y alentar el uso de estos dispositivos. Es decir, la humanidad está a menos de un paso de convertirse por propia voluntad en Ciborgs: seres humanos mejorados con tecnología, adaptables a cualquier medio, flexibles en toda circunstancia. Se prevé una vida sin enfermedades, más larga, más bella; llena de entretenimientos acústicos y visuales, preparados para pronosticar y enfrentar los cambios del espacio que les rodea.
Pero una vida larga y la existencia indefinida no son la misma cosa.
La película Battle Angel: la última guerrera, del realizador Robert Rodríguez, basada en el anime GUNNM de Yukito Kishiro, presenta a la protagonista Alita, una ciborg adolescente, quien ha venido sustituyendo su cuerpo por otros cuerpos a lo largo de los últimos trescientos años.
En la historia todo ciborg tiene un núcleo de cerebro humano y otro de corazón humano: en ellos se guardan cosas que ninguna tecnología puede copiar, emular ni crear: la intuición, el sentido común, la imaginación, la fantasía, la palabra, la memoria; el olvido, el amor, la felicidad, la tristeza; la compasión, el odio, la ira; la lealtad, el bien, el mal, el libre albedrío.
Y son estas cualidades las que ni siquiera en la ficción han podido reproducirse en laboratorios ni trasplantarse de un ser a otro. Aparentemente a la humanidad le es imposible fraguar el modo para separar el alma, el pensamiento y la mente de su parte material, contenedor de la esencia que lo hace humano.
Fácil de creer, pero el hombre está lejos de querer prescindir de su hermoso cuerpo, a menos que sea a cambio del de un “ángel”.









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